Volver a Amar

CAPITULO 49

El avión aterrizó a las cinco de la tarde, Mila estaba nerviosa, había dormido muy poco, Horus y Mateo le había recalcado que no tenía que tener nervios de conocer a la familia de Alaia,

—Van a quererte —le había dicho, antes de dormirse.

—Es la familia de Alaia —había dicho Mila, en voz baja.

—Sí.

—¿No les parece raro que tú...?

—Mila. —Su voz era tranquila—. Horus los llamó antes de que compráramos los boletos. Y el abuelo le dijo que si yo había elegido a alguien era porque esa persona lo merecía. Ademas te acepto el más difícil de la familia los demás son pan comido

Mila había procesado eso en silencio.

—¿Y si no les caigo bien?

—Les vas a caer bien.

—Pero si no—

—Mila. —Mateo la había mirado de frente—. Horus les habló de ti durante cuarenta y cinco minutos. El abuelo preguntó cuándo llegábamos antes de que Horus terminara de explicar quién eras.

Eso la había callado.

Aunque no del todo, porque algunas preocupaciones no se resuelven con palabras sino con el tiempo y con la evidencia de que lo que uno teme no era lo que iba a ocurrir.

Madison pegó la nariz al vidrio de la ventanilla antes de que aterrizaran, estaba feliz de ver a su familia, extrañaba al abuelo y a sus tías.

Los trillizos estaban dormidos. Martina tenía los audífonos puestos. Máxima miraba por la ventana de Lily, todo el vuelo estuvo inquieta, pero nada que su madre no pudiera controlar.

En la salida estaba la familia Alarcon, el primero era el abuelo Horus, a su lado estaba la tía Sonia y la tía Elizabeth.

El abuelo Horus Alarcón fue el primero en moverse. Primero abrazó a su nieta.

—Haz crecido tanto mi niña.

— Ya no soy una niña abuelito.

—Lo serás para mi siempre.

Después saludo a todos los demás con el mismo entusiasmo

Y el abuelo miró a Mila. El abuelo Horus Alarcón la miró durante un momento largo.

Y luego hizo algo que Mila no esperaba.

Abrió los brazos.

Mila tardó un segundo.

Solo uno.

Y luego fue hacia ese abrazo.

—Bienvenida a la familia —dijo el abuelo, en voz baja

Mila cerró los ojos.

—Gracias —dijo Mila, con la voz levemente rota en los bordes.

—No me agradezcas —dijo el abuelo, con esa firmeza suave—. Eres exactamente lo que Horus describió. Y Horus nunca exagera.

Mila se separó.

Tenía los ojos brillantes y no hizo nada por esconderlo porque esta vez no había ninguna razón para hacerlo.

Mateo estaba a su lado, también estaba feliz que su familia política aceptara a su novia.

El caos de los reencuentros se instaló alrededor de todos, los abrazos y las voces y los trillizos de Horus despertando de golpe con esa energía de siempre, y Enzo, Renzo y Renn siendo exactamente lo que parecían desde lejos, ruidosos y cálidos y completamente incapaces de estar quietos más de treinta segundos. Las tías tomaron del brazo a Mila para entablar conversaciones lejos de los hombres.

— Así que por fin decidiste continuar con tu vida, me alegra mucho hijo, eres joven y te mereces ser feliz.

— Gracias abuelo, no había encontrado a la persona indicada.

— Y ella lo es, no tengo duda.

Mila por supuesto se fue solo con Mateo tenían un auto preparada solo para ellos, fue idea de Lily quería que Mila no se sintiera ahogada con tanta familia queriéndola conocer.

— Que bonita está la ciudad.

— Cuando descanses del viaje te llevaré a conocer muchos lugares, pero por el momento te llevaré a mi casa, pero si sientes incomodidad por que es la casa de Laia solo dimelo y podemos ir a un hotel.

— No esta bien asi.

Ellos llegaron antes que todos, entraron a la casa, a Mila se le hizo espectacular, lo que le sorprendió es que no tenía llave.

— No le ponemos seguro nunca es solo nuestra privada, nadie entra más que la familia.

— Esta hermosa.

— Ven te muestro todo.

Recorrieron cada rincón, en todos lados había cosas de Alaia y no es que Mila tuviera celos de una mujer muerta pero por un momento tuvo miedo que Mateo siga pensando en ella.

— Hace mucho que no venía, tal vez lo estaba evitando, hay muchos recuerdos aquí, pero en esta ocasión, siento paz, Alaia es parte de mi vida, me dio a Madison y la voy amar toda la vida por eso, pero— guardó silencio por un momento— . He dejado de pensar en ella.

Mila lo miró.

No dijo nada de inmediato porque había cosas que necesitaban un momento antes de poder responderse, y esta era una de ellas.

Mateo estaba mirando el cuarto donde había una foto de Alaia en la mesita, una de esas fotos que existen en todos los hogares de las personas que han amado y perdido, sin drama, simplemente ahí como parte del paisaje de una vida que había sido real.

—No tienes que decirme eso —dijo Mila finalmente.

—Lo sé. —Mateo la miró—. Te lo digo porque es verdad. No para que te sientas mejor sino porque me parece que te lo mereces escuchar de frente.

Mila miró la foto.

—¿Sientes culpa por eso? —preguntó Mila. —De haber dejado de pensar en ella.

Mateo lo pensó de verdad.

—Al principio sí —dijo—. Pero ya no. —Una pausa—. Creo que amarla bien significa dejarla descansar. No cargarla como un peso que me impida vivir sino dejar que sea lo que fue, algo real y bueno que ya terminó y que me dejó a Madison y algunos años buenos.

—Esta casa —dijo Mila, mirando el cuarto— tiene mucha paz. No lo esperaba.

—Yo tampoco —dijo Mateo—. Por eso la evitaba. Pensé que iba a doler más de lo que duele. —Una pausa—. Pero contigo aquí se siente diferente. Como si fuera posible que las dos cosas existan al mismo tiempo.

—¿Cuáles dos cosas?

—Quererla a ella y quererte a ti. —Lo dijo sin énfasis.—. Sin que una quita espacio a la otra.

Mila lo miró durante un momento largo.

Pensó en todas las veces que había tenido miedo de ser comparada con alguien que ya no estaba, de no ser suficiente frente a un recuerdo que con el tiempo siempre se vuelve más perfecto que cualquier persona real.



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En el texto hay: amor, amistad

Editado: 18.09.2026

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