Un mes había pasado sin que ninguno de los dos lo sintiera exactamente así.
Más bien había pasado como pasan las cosas cuando uno está viviendo de verdad, sin contarlas, sin estar pendiente de que transcurran, simplemente ocurriendo mientras uno está ocupado siendo parte de ellas.
Mila se había mudado a México con una maleta grande, no tenía nada que perder y mucho que ganar. Mila no se despidió ni de sus padres ni de sus hermanas, si se enteraron fue por la prensa.
Por el trabajo no se preocupaba, ahora trabajaba con Mateo. Y ahora que se tomará un tiempo fuera de la pantalla ella también se tomará un tiempo, Mila había pagado todo lo que le debía y por consejo de Horus lo va a invertir y le hará caso.
Madison estaba feliz de volver a casa, de estar con su abuelo y sus tíos, se habia mundo a dos casas una parte de su ropa se fue a casa de su tío Horus y la otra a su nueva casa y a la recámara más grande donde había más luz.
Mila despertó sin alarma, ya no la necesitaba, cuando abrió los ojos Mateo estaba a su lado ya despierto.
—Buenos días amor.
—Buenos días amor —le respondió Mila.
—¿Tienes hambre?
—Algo.
—Ire a la cocina a preparar algo.
—¿Tu?
—Si, no te preocupes no voy a quemar la cocina.
—Me bañare y te ayudaré, no quiero llamar a los bomberos.
—De acuerdo.
—¿Vas a bajar a si?
Mateo está en boxer y sin playera.
—Madison no está, y no vendrá en todo el día, tiene todo lo necesario con su tío, tiene una habitación solo para ella.
Mateo le da un beso a Mila, y baja a la cocina, no tiene idea de lo que hará, pero para su sorpresa, hay comida recién preparada. Encontró una pequeña nota que decía que disfrutaran el desayuno, eso solo podía ser obra de tía Sonia. Había huevos revueltos, hotcakes, fruta picada. Jugo y la cafetera está puesta.
Cuando Mila bajó, Mateo estaba poniendo los platos con el desayuno en la mesa.
—¿hiciste todo eso? ¿Cuánto tiempo estuve en la ducha?
—Cortecia de tia Sonia.
—¿Estuvo aquí? — Mila miro la desnudez de su novio.
—Vino antes de que yo bajara. Ya sabes que las puertas no tienen llaves.
—Huele todo delicioso.
—Lo esta.
—¿Qué hacemos hoy?
Mateo le pasó el café antes de responder.
—Nada —dijo.
Mila lo miró.
—¿Nada?
—Nada planeado — tenemos el día completo y ningún plan. —La miró—. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste eso?
Mila pensó en la pregunta de verdad.
No encontró una respuesta concreta.
—No lo recuerdo —dijo.
—Entonces empecemos por aquí. —Mateo tomó su café—. Por hacer nada durante un rato y ver qué ocurre después.
Lo que ocurrió después fue que estuvieron en la cocina más tiempo del que habría sido necesario para tomar café con calma, con la mañana entrando despacio por las ventanas.
Fue Mila quien lo dijo primero.
—¿Salimos?
—¿A dónde?
—A ningún lado específico. —Mila encogió un hombro—. Solo salir.
Mateo sonrió.
Salieron sin plan. Eso era lo que Mila había pedido y eso era lo que Mateo había entendido sin necesitar más explicación.
Subieron al coche sin rumbo, el dia era solo para ellos, no tenían prisas y habían decidido dejar los celulares, los guardaespaldas se iban a ocupará de cualquier problema y Madison estaba en buenas manos, Mila miró la ciudad desde la ventana las calles y la gente y los colores que México tenía de una forma que ningún otro lugar tenía exactamente igual.
—¿Has venido mucho aquí? —preguntó Mila.
—Desde que me casé con Alaia. —. Antes no conocía nada. Ella me enseñó la ciudad como solo puede enseñarla alguien que la quiere.
—¿Qué te mostró primero?
Mateo pensó en eso con una sonrisa pequeña.
—Un mercado —dijo—. Dijo que los mercados te decían más de un lugar que cualquier guía turística. Que si querías entender una ciudad tenías que ver qué comía.
—¿Y tenía razón?
—Siempre tenía razón con ese tipo de cosas.
El coche se detuvo.
Mila miró afuera.
Un mercado.
Grande, ruidoso, con esa energía de los mercados que llevan décadas siendo lo que son sin necesitar actualizarse porque lo que son ya funciona perfectamente.
—¿Lo elegiste sin pensar? —dijo Mila.
—Completamente sin pensar —dijo Mateo.
Se miraron.
Y los dos sonrieron al mismo tiempo, con esa complicidad de quien comparte algo sin necesitar explicarlo.
Caminaron sin destino entre los puestos.
Mateo saludaba a la gente hoy en especial no le importaba si alguien se acercaba a pedirle fotografías o a platicar, si bien quería pasar el día sin interrupciones su trabajo no se lo iba a impedir, y Mila iba a su lado mirando todo con esa curiosidad suya de las cosas que genuinamente le interesaban.
Se detuvieron en un puesto de flores.
La señora detrás del mostrador tenía esa energía de quien lleva décadas en el mismo lugar y ha decidido que eso es exactamente lo que quería, con las manos rápidas y una opinión muy específica sobre qué flores iban bien con qué.
—¿Para la señora? —le dijo a Mateo, mirando a Mila.
—Para ella —dijo Mateo.
—Las dalias —dijo la señora, sin dudar—. Con ese vestido y ese color de piel, las dalias naranjas. No lo piense más.
Mateo miró a Mila.
Mila miró las dalias.
—De acuerdo —dijo.
La señora armó el ramo con esa velocidad de los expertos que no necesitan pensar lo que hacen porque sus manos ya lo saben, y se lo entregó a Mila con esa satisfacción de quien ha resuelto algo que consideraba evidente.
—Bonita pareja —dijo, como si fuera un dato objetivo que estaba reportando.
Mateo pagó con una sonrisa.
—Gracias —le dijo a Mateo.
Siguieron caminando.
Encontraron comida en un puesto pequeño donde una mujer hacía tlayudas con esa eficiencia de quien ha hecho lo mismo durante años y ha llegado a la perfección sin proponérselo, y se sentaron en los banquitos de plástico que había afuera con las tlayudas entre las manos y el mercado alrededor con todo su ruido y su vida propia.