Mateo estaba esperando al abuelo, lo invitó a tomar el té a media mañana, solo ellos dos, sabía que extrañaba su vida de antes, a la familia. Estaba en casa y no tenía ganas de marcharse.
—Mateo, siempre tan puntual, eso me h a gustado de ti, yo ya estoy viejo pero hago lo que puedo.
—Estas excelente abuelo, mejor que Horus y yo juntos. —le sonríe al abuelo.
—Por suerte Horus encontró a Lily porque no sé qué sería de él ahora mismo.
—Seguiría saliendo desnudo en más de una revista —se ríen divertidos.
La tía Sonia entra con una bandeja de té.
—La comida ya casi estará, vamos a comer en el jardín, el día está agradable—. Lily ha invitado a Caroline así que tendremos casa llena.
—Me gusta tener la casa llena.
—Lo se papa. Ahora los dejo a solas, necesito checar el pollo que tengo en el horno.
Horus Alarcon es un hombre muy protector con su familia, para él lo más importante es mantener una familia unida, hace muchos años tuvo un duro golpe por la muerte de los padres de Horus, después vino la muerte de Alaia, vio con sus propios cómo Mateo se hundía en su dolor, de las noches que pasaba sin dormir, de la culpa que muchas veces sentía. Mateo es un buen hombre la familia lo sabía, amaba a Alaia a un con todos sus problemas el la cuido hasta donde Alaia se lo permitió, su muerte no fue su culpa.
—¿Qué vas hacer? —lo miro a los ojos, Mateo entendió la pregunta.
—Por el momento no quiero hacer ningún proyecto, quiero descansar mi imagen después de esta última serie la verdad termine agotado.
—Lily me puso al día con tu protagonista, es un caso perdido, mujeres así no valen la pena.
—No me alegra por lo que está pasando, es difícil que tu carrera se destruya de esa manera pero fueron las consecuencias de sus propios actos.
—La gente no perdona.
—No lo hace, en este medio deben de saber comportarse y ser fiel a sus valores.—dijo Mateo.
—En fin, cambiemos de tema a otras más agradables.
El abuelo tomó una carpeta y hasta ahora Mateo no le había tomado importancia.
—¿Que es esto?
—Abrelo.
—Esto no…
—Lo es Mateo y no puedes negarte, Horus ya arregló todo, solo falta tu firma.
En la carpeta estaban las escrituras de su nueva casa.
—No estoy entendiendo nada abuelo.
—Estas empezando una nueva historia, así que necesitas una nueva casa, la antigua casa será para Madison, siempre seras de la familia, y ser parte de esta familia tienes derecho a una casa propia aquí, y con esto no te estoy diciendo que vengas a vivir, solo digo que aqui tienes un hogar y una familia.
Mateo no pudo evitar sonreír y dejó correr por su mejilla una lágrima.
—Esto es demasiado.
—Ya sabes como soy con los míos.—Además Mila se merece algo solo para ella, donde sea su historia.
—Se merece todo.
Mateo abrazo al abuelo, no necesita palabras, el abrazo lo dice todo.
—Gracias —dijo Mateo, cuando se separaron.
Se despidieron con otro abrazo.
Mateo llegó a la casa con la carpeta bajo el brazo. Madison lo escuchó llegar y corrió a los brazos de su padre.
Mateo la abrazó sin soltar la carpeta, ese equilibrio específico de los padres que aprenden a hacer dos cosas al mismo tiempo.
—¿Ya te dijo el abuelo? —dijo Madison, contra su hombro.
Mateo se separó levemente para mirarla.
—¿Lo sabías?
—El abuelo me pidió mi opinión. —Madison lo miró.—. Te quiero, papá.
—Yo te amo más.
Madison consideró esto durante exactamente dos segundos.
—Imposible —dijo.
Mila estaba en el salón, sentada viendo la escena un poco emocional.
Mateo se acercó.
Se sentó a su lado sin decir nada todavía, con la carpeta sobre las rodillas, Mateo pensó por un momento en su relación, Mila no le había dicho nada sobre su propuesta de venir a vivir con él, ¿Y si ella no quería vivir en México?
—¿Cómo estuvo con el abuelo? —dijo Mila.
—Bien. —Una pausa—. Muy bien.
Le extendió la carpeta.
Mila la miró. Luego lo miró a él.
—¿Qué es esto?
—Nuestra casa —dijo Mateo.
Mila lo miró durante un segundo.
Abrió la carpeta despacio.
—No entiendo —dijo.
—El abuelo —dijo Mateo, en voz baja— quiere que tengas un lugar que sea tuyo. Que sea nuestro. —Una pausa—. Aquí, en esta familia, en este lugar donde siempre vas a ser bienvenida.
Mila miró las escrituras.
Luego miró a Mateo.
Luego miró a Madison que había aparecido a su lado
—El abuelo dijo que Mila se merece algo solo para ella —dijo Madison —. Yo estoy de acuerdo.
Pensó en toda su vida sin un lugar completamente suyo. En las habitaciones prestadas y los espacios que sobraban y los años de existir en el margen de la historia de alguien más.
—Es demasiado —dijo, con esa voz rota.
—No lo es —dijo Mateo—. Es lo mínimo. —La miró de frente —. Llevas toda la vida mereciendo un lugar donde quedarte. Ahora tienes uno.
Mila miró la carpeta.
Las escrituras con su nombre.
—Deberíamos ir a ver la casa, es tan bonita es más grande que esta casa —Madison camino hacia la puerta. Era la más emocionada por vivir en su nueva casa, ahora tenía una familia completa de nuevo.
Mila abrió la puerta, la casa era grande, jamás se imaginó vivir en una casa así. Parece un castillo.
—Wow —dijo Mila.
Solo eso.
Mateo estaba a su lado mirándola mirar la casa, le gustaba verla sonreír como una niña con juguete nuevo.
—¿Wow bueno o wow demasiado? —dijo.
—Wow —repitió Mila, porque era la única palabra que tenía en ese momento y las otras no habían llegado todavía.
Entró despacio.
El suelo era de mármol claro que resonaba levemente bajo los pasos, y la sala principal era tan grande que la casa de sus padres en su totalidad habría cabido dentro de ella con espacio de sobra.
Mila caminó hacia el centro del salón.
Giró despacio, mirando todo, los techos y las ventanas y la escalera que subía hacia el piso de arriba.