La esposa impostora

48

La joven abandona el aula, y me entran unas ganas enormes de salir corriendo tras ella. Me contengo a tiempo, consciente de que no desea mi presencia en su vida. Me tomo unos minutos para sopesar detenidamente todo lo ocurrido. Intento calmar mis pensamientos y le marco a Yury. Con cada tono de llamada, el corazón me golpea el pecho con mayor ímpetu. Finalmente, responde al teléfono y me voy directo al grano:

—Ulyana estuvo conmigo hace un instante. Sabe de nuestro reencuentro. ¿Acaso fuiste tú quien se lo contó?

—No, pero ayer alcanzó a ver tu mensaje de texto. Supongo que dedujo las cosas por sí sola. ¿Qué fue lo que le dijiste?

—Le me limité a confirmar que habías venido a verme, aunque ella ya lo daba por sentado.

—Esta misma noche tendré una charla definitiva con ella. Quizá sea lo mejor. Ya basta de este juego absurdo. Discutiremos la suma que exige a cambio del divorcio y cada quien seguirá su camino.

La noticia de que Yury pronto recuperará su libertad me abriga el alma. Aunque no me pertenece ni abriga intenciones de que así sea, una chispa de alegría se instala en mi corazón. Supongo que mi presencia le resulta dolorosa, pues le recuerdo a la mujer que lo traicionó, lo engañó y le dejó cicatrices profundas en el alma. Intento mentalizarme al respecto.

—Le conté que somos hermanas, pero Ulyana se niega a aceptarlo.

—No me sorprende en lo absoluto. Siempre se ha vanagloriado de su supuesto linaje condal —el tono de Yury deja entrever una abierta burla.

—Sí, hoy me tocó escucharlo de sus propios labios.

—En cuanto llegue a casa le sacaré la confesión a la fuerza. Por fin sabré para qué orquestó toda esta farsa.

La angustia me retuerce las entrañas. Me carcome la curiosidad por saber qué responderá Ulyana. Por supuesto, es capaz de inventar cualquier mentira, pero dudo mucho que Yury se deje engañar fácilmente. El resto del día transcurre sumergido en cavilaciones sobre esa conversación pendiente. Oksanka se queda dormida y yo me dispongo a descansar también. De pronto, el destello de la pantalla de mi móvil me hace saltar de la cama. Me alegro infinitamente de haberlo dejado en modo silencioso. Tomo el teléfono entre las manos y salgo a la cocina a pasos agigantados. Muero por saber cómo justificó Ulyana su estafa. Respondo en un susurro:

—¿Hola?

—¡Es increíble, se dio a la fuga! —resuena la voz enfurecida de Yury al otro lado de la línea.

—¿Quién? —me froto los ojos soñolienta, intentando hilar la información.

—Ulyana. Tomó un vuelo a España. Tenemos una residencia allá.

Me dejo caer sobre una silla. La noticia me espanta el sueño al instante.

—¿Entonces no hablaron?

—No. Le estuve marcando y terminó enviándome un mensaje diciendo que iba rumbo a España. Llevaba tiempo con ganas de irse para allá. En pocas palabras, huyó como una cobarde.

—Eso significa que tiene mucho que ocultar. ¿Volarás detrás de ella?

Aguardando su respuesta, el corazón me late desbocado. Me resulta insoportable la sola idea de que vuelvan a estar juntos. El pecho me duele por dentro y me doy cuenta, con amargura, de que estoy ardiendo en celos. Aunque sé perfectamente que no tengo ningún derecho, no puedo evitar sentir celos de Yury respecto a su esposa. Aprieto los puños y me ordeno mantener la calma. A través del auricular me llega su pesado suspiro:

—No. No le veo el menor sentido. No tengo ganas de escuchar otra secuela de sus mentiras. De todos modos nos vamos a divorciar, así que ahora poco importa el motivo por el cual actuó así. La verdad saldrá a la luz tarde o temprano.

Durante los días posteriores, Yury me llama varias veces al día. Se interesa genuinamente por mi rutina diaria y me voy acostumbrando a su constante presencia virtual. Me duele admitirlo, pero nos hemos vuelto increíblemente cercanos. En lugar de arrancar de raíz el amor que siento por él, me descubro enamorándome todavía más. Lo echo de menos de una manera desmedida. Extraño su aroma, la calidez de sus caricias, sus abrazos, sus besos... Probablemente jamás volveré a sentir sus labios sobre los míos. Es el esposo de mi hermana. Incluso si llegan a divorciarse, eso no altera la realidad.

Ya es de noche y me encuentro preparando el equipaje. Guardo la ropa de mi hija. Mi teléfono suena y soy incapaz de disimular la sonrisa que se me dibuja en el rostro al ver su nombre en la pantalla. Es la tercera vez que me llama en el día, al margen de varios mensajes de texto. No sé a ciencia cierta qué existe entre nosotros; nos tratamos con enorme dulzura, pero no pasa de ahí. Respondo gustosa y escucho esa voz tan familiar:

—¡Hola! Por fin logré desocuparme de los pendientes de hoy y voy camino a casa. ¿Qué estás haciendo?

—Preparando una maleta.

—¿Qué maleta? —Yury se pone en alerta de inmediato.

—Mañana viajo con Oksanka a Kiev para una revisión médica. Nos atenderá el mismo cirujano que la intervino. Confío en que todo saldrá bien.

Un silencio prolongado se apodera de la línea. Yury no dice nada y me pongo a verificar si no se ha cortado la señal. De pronto, su voz retumba con fuerza:

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Me enteré hoy mismo. Se liberó un espacio en la agenda del doctor y nos adelantaron la cita para mañana.

—¿En qué piensan viajar? —pregunta con un tono sensiblemente más calmado.

—En autobús. Tarás no puede llevarnos; me dijo que tiene un asunto de trabajo impostergable.

—Yo iré por ustedes y las llevaré —me deja sin aliento con su afirmación—. ¿A qué hora tienen que estar en el hospital?




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