La esposa impostora

49

Una ráfaga de calor me recorre el cuerpo entero. Muero por ver a Yury. Lo he echado de menos de una manera desmedida. Sin embargo, no quiero destrozarme el corazón a sabiendas de lo que implica. Resultará extremadamente difícil mirarlo a los ojos y no tener la libertad de tocarlo. Es el esposo de mi hermana. Aunque solo lo sea en el papel, jamás debo perder de vista esa realidad. Dejo caer las mallas de la niña que sostenía en las manos:

—No te preocupes, nosotras podemos arreglárnoslas solas. Te resultará demasiado pesado andar yendo y viniendo. No quiero convertirme en una carga para ti.

—Lo que resultará pesado será andar viajando en autobuses y en el metro con una niña tan pequeña. Iré por ustedes y eso no está sujeto a discusión.

Semejante rotundidad en su tono me pone en alerta, pero reconozco que tiene toda la razón. Emprender el viaje por mi cuenta, cargando a una niña enferma en brazos y con dos maletas a cuestas, dista mucho de ser la mejor idea. Con la pura ilusión del reencuentro, el corazón me revolotea en el pecho repleto de alegría. En el fondo, me muero por volver a ver a Yury. Formulo una tímida sugerencia:

—¿Quizá podrías esperarnos en la estación? Claro, únicamente si no te resulta un inconveniente.

—No, iré directamente por ti a Zhytómyr, de modo que me veo en la necesidad de reiterar la pregunta: ¿a qué hora tienen fijada la cita en el hospital?

—La tenemos programada para las once —confieso al fin. Su tono imperioso termina por arrancarme cualquier secreto.

—Perfecto. Pasaré por ustedes temprano por la mañana.

—¡Muchísimas gracias! —exclamo conmovida—. Me da un apuro enorme molestarte.

—A mí lo que me da apuro es saber que pretendes andar de arriba para abajo con una niña enferma a bordo de autobuses.

La atención de Yury me abriga el alma. La tenue esperanza de no resultarle del todo indiferente cobra fuerza dentro de mi pecho. Ningún hombre estaría dispuesto a trasladarse hasta otra ciudad y disponer de su tiempo únicamente por cortesía. Tal vez le gusto aunque sea un poco, o quizás abriga motivos ocultos. Intercambiamos unas cuantas palabras más y damos por terminada la llamada. Antes de conciliar el sueño, me llega un mensaje de texto deseándome dulces sueños. Se siente ridículamente bien saber que alguien piensa en ti, y más aún si se trata del hombre del que estás enamorada.

A la mañana siguiente me arreglo frente al espejo con un cuidado especial. Anhelo lucir hermosa para el hombre que amo. Por fin volveré a contemplarlo. Tal como lo habíamos pactado, Yury se presenta en mi puerta. El repique del timbre me dispara los nervios. Abro la puerta y me encuentro de frente con él. Aguarda de pie sosteniendo una bolsa de compras y un enorme oso de peluche blanco y esponjoso. Sus ojos ostentan un destello desbordante de alegría, mientras que sus labios provocativos se curvan en una sonrisa apenas perceptible. Guapo, seductor... y ajeno. Me extiende la bolsa:

—¡Hola! Esto es para ustedes.

—¿Qué es? —pregunto con cierta cautela, aunque acepto el detalle entre mis manos.

—Frutas. Ignoro qué cosas tiene permitidas comer la niña, así que compré un poco de todo.

—Muchas gracias, pero en verdad no era necesario. Ya te estamos generando bastantes molestias.

—Son molestias sumamente grata —responde Yury fijando en mí una mirada tan intensa que hace que mis mejillas ardan al instante. Un cosquilleo cálido y profundo se apodera de mi vientre, haciéndome comprender que lo extrañaba mucho más de lo que imaginaba. Me hago a un lado para cederle el paso hacia el interior del apartamento:

—Pasa, por favor. Ya casi estamos listas. Solo te pido un par de minutos. Únicamente nos falta ponernos el abrigo. ¿Te apetece un café? ¿O prefieres tomar alguna otra cosa? —pestañeo con candidez, sin saber con certeza qué más ofrecerle. Yury niega con la cabeza:

—No te preocupes, no hace falta.

Llevo la bolsa hacia la cocina y me encamino hacia la recámara. Yury me sigue los pasos con calma. Mi madre se encuentra ayudándome a vestir a la niña. Al notar la presencia del hombre, se pone de pie al borde de la cama. La emoción me hace vacilar notablemente:

—Permítanme presentarlos. Él es Yury —digo señalándolo ligeramente—, y ella es mi madre, Lidiya Ivánivna.

—Le agradezco enormemente que se haya ofrecido a llevar a Marichka y a la pequeña —expresa mi madre regalándole una amplia sonrisa.

Ayer, mientras le ponía al tanto sobre Yury, me invadía una angustia terrible. Sin embargo, mamá pareció tomarse la noticia con sincera alegría. Me tranquilizó argumentando que, a fin de cuentas, no éramos unos extraños. Después de todo, sigue siendo el esposo de mi hermana. Ternovsky se aproxima a la cama:

—No es molestia alguna —dice mientras se pone a la altura de la niña. Yo aguardo con el corazón en un puño, temerosa de cómo resultará la primera interacción entre ambos—. ¡Hola! Yo soy Yury. ¿Cómo te llamas tú?

—Oksana —responde mi hija. A pesar de la timidez inicial, contesta de inmediato sin desviar la mirada del juguete. El hombre le acerca el oso de peluche:

—Esto es para ti. ¿Te gusta?

Oksanka asiente en silencio y estrecha el peluche fuertemente contra su pecho. Termino de vestir a la niña. Me arreglo rápidamente y nos disponemos a abandonar el apartamento. Yo llevo a Oksanka en brazos, mientras Yury se encarga del equipaje y del oso recién regalado, pues la niña insistió en llevarlo consigo. No preparé maletas voluminosas ya que el viaje está contemplado para un solo día; únicamente empaqué un cambio de ropa para la pequeña por cualquier imprevisto. Descendemos a la calle y nos acomodamos en el vehículo. Me ubico junto a la niña en el asiento trasero, mientras Yury acomoda el equipaje en la cajuela y toma su lugar al volante. El automóvil emprende el viaje. Conversamos ameno a lo largo del trayecto y me invade una dicha genuina al volver a estar al lado del hombre que amo. A hurtadillas, me dedico a contemplar sus facciones a través del espejo retrovisor.




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