Lo Que El Dinero No Compro

CAPÍTULO 52

David

99.9% positivo, Emma es mi hija.

Un millón de sentimientos se arremolinan dentro de mí en este momento y no sé por cuál empezar. Desde la alegría y la ilusión hasta la rabia. Es una mezcla tan intensa que por momentos siento que voy a perder la cabeza. Tengo una hija. Una niña de carne y hueso que lleva dos años existiendo sin que yo tuviera la más mínima idea de su existencia. Una niña que tiene mis genes, mi sangre y, aunque todavía me cueste asimilarlo, una parte de mí en cada pequeño gesto.

Emma es mi hija.

Todavía me cuesta procesarlo. Repito esas palabras en mi cabeza una y otra vez, como si necesitara escucharlas cientos de veces para terminar de creerlas. Tengo una hija a la que no he visto dar sus primeros pasos, a la que no he escuchado decir sus primeras palabras y a la que no he podido sostener entre mis brazos cuando llegó a este mundo.

Y entonces la alegría comienza a mezclarse con la rabia.

Rabia porque Nicole me robó dos años de la vida de mi propia hija. Dos años que jamás podré recuperar, por mucho dinero que tenga o por muchos recursos que estén a mi disposición. Me perdí su nacimiento, sus primeras sonrisas, sus primeras noches y cada uno de esos pequeños momentos que cualquier padre daría lo que fuera por vivir. Mientras yo seguía con mi vida creyendo que Nicole había quedado atrás, mi hija estaba creciendo en algún lugar, completamente ajena a mi existencia.

Y eso es algo que no sé si algún día podré perdonarle.

El investigador que Cassie me había recomendado estuvo siguiéndolas durante aproximadamente una semana para conseguir muestras de Emma y llevarlas al laboratorio para realizar una prueba de paternidad. Debo admitir que el cabrón es un profesional, ya que consiguió todo lo que necesitaba sin que Nicole descubriera que estaban siendo vigiladas. Cuando me entregó el sobre con los resultados, no pude abrirlo de inmediato. Por primera vez en mucho tiempo, sentí miedo de enfrentarme a una verdad que podía cambiar mi vida para siempre.

Aunque, siendo sincero, en el fondo ya sabía cuál sería el resultado. Había algo en Emma que me resultaba demasiado familiar, algo que no podía explicar y que me había hecho sospechar desde el primer instante en que la vi.

Ahora tengo la confirmación que necesitaba.

Noventa y nueve coma nueve por ciento de probabilidad de paternidad.

No es un simple número. Es la respuesta a una pregunta que ni siquiera sabía que debía hacerme. Es la confirmación de que esa pequeña niña que tiene los ojos de Nicole y ciertos gestos que me recuerdan a Ethan y Liam, efectivamente, mi hija.

Y ahora solo necesito ir a buscar a Nicole para exigirle que me permita formar parte de la vida de Emma por las buenas, porque, si no lo hace, con todo el dolor de mi alma, me veré obligado a recurrir a las vías legales. Y Nicole sabe que no tiene cómo ganar.

Al menos, eso es lo que me repito para mantener la calma y convencerme de que tengo la situación bajo control. Porque, aunque me cueste reconocerlo, hay una parte de mí que teme que Nicole se niegue a todo, que vuelva a mirarme con ese desprecio que tanto me duele y que termine obligándome a enfrentar una batalla que jamás imaginé tener que librar para conocer a mi propia hija.

Es por eso que primero quiero llegar a un acuerdo con ella de manera pacífica, aunque quiera gritarle y exigirle un montón de explicaciones. Quiero saber por qué me lo ocultó, cómo fue capaz de tomar una decisión semejante sin siquiera darme la oportunidad de conocer la verdad y si alguna vez pensó en lo que significaría para mí descubrir, dos años después, que tengo una hija.

Pero no. Primero vayamos por el lado pacífico.

Respiro profundamente y trato de convencerme de que puedo mantener la cabeza fría. No quiero que mi primer acercamiento como padre de Emma termine convertido en una guerra con su madre. Por mucho que me duela admitirlo, Nicole sigue siendo una parte importante de la vida de mi hija, y lo último que necesito es que nuestra primera conversación termine cerrándome todas las puertas.

La veo hacer su rutina de lo más normal porque sí, llevo siguiéndola desde hace unos días para asegurarme de abordarla en el mejor momento. No ha sido precisamente fácil mantenerme a distancia mientras la observo continuar con su vida como si nada hubiera pasado, como si no existiera un hombre al otro lado de la ciudad que acaba de descubrir que tiene una hija con ella.

La he visto salir de casa, hacer sus compras y caminar por las calles con Emma en brazos. He observado cómo le acomoda la ropa, cómo se detiene para hablarle y cómo su rostro cambia por completo cada vez que la pequeña le sonríe. Son detalles insignificantes para cualquiera, pero para mí se han convertido en recordatorios constantes de todo lo que me he perdido.

Y cada vez que las veo juntas, siento una mezcla extraña de ternura y dolor. Quiero acercarme, quiero conocer a mi hija, quiero saber cómo suena su risa cuando algo le hace gracia y qué hace cuando tiene sueño. Quiero tener la oportunidad de ser ese hombre al que ella pueda reconocer como su padre.

Pero, por encima de todo, quiero respuestas.

Ella se encuentra haciendo sus compras en el supermercado y es cuando ya no lo soporto más. Estoy cansado de observarla desde la distancia, de esperar el momento perfecto y de tener que conformarme con verla de lejos cuando debería poder acercarme a mi propia hija sin sentir que estoy cometiendo una falta.

Así que me acerco a ella y, cuando estoy lo suficientemente cerca, la veo tomar a Emma en brazos, como si ya supiera que algo va a pasar. El instinto de protección de una madre.

Ese gesto me hace detenerme por una fracción de segundo. Nicole abraza a la pequeña contra su pecho y la acomoda con una naturalidad que me recuerda que ellas llevan dos años siendo un mundo entero la una para la otra. Emma parece no comprender lo que sucede, pero se aferra a su madre con una tranquilidad que me provoca una punzada de envidia. Yo también quiero que algún día se sienta así conmigo. Quiero que mis brazos sean un lugar seguro para ella, que pueda buscarme cuando tenga miedo y que sepa que siempre voy a estar ahí.




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