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CAPÍTULO 53

Nicole

No había dejado de pensar en David desde nuestra última conversación.

Aunque intentaba convencerme de que haberle dado mi número había sido un error, una parte de mí sabía que tarde o temprano volveríamos a hablar. Ahora teníamos algo que nos uniría para siempre, algo que ninguno de los dos podía cambiar ni ignorar.

Emma.

Nuestra hija.

Todavía me costaba asimilar que David supiera de su existencia. Durante más de un año había sido un secreto que cargué sola, una verdad que me acompañó en cada noche de insomnio, en cada lágrima que derramé cuando sentía que no podía más y en cada ocasión en que Emma me regalaba una sonrisa que me recordaba cuánto valía la pena seguir adelante.

Y ahora él quería formar parte de su vida.

No sabía si estaba preparada para permitirlo.

Tampoco sabía si alguna vez podría confiar nuevamente en él.

Sin embargo, Emma no tenía la culpa de nuestros errores. Ella merecía conocer a su padre, aunque yo todavía no supiera cómo enfrentar aquella realidad sin sentir que estaba poniendo en peligro la pequeña estabilidad que tanto me había costado construir.

Por eso, cuando mi teléfono comenzó a sonar y vi su nombre en la pantalla, sentí un nudo en el estómago.

Respiré profundamente antes de contestar.

—¿Sí?

—Soy yo.

Como si no supiera quién era.

—Lo sé.

Hubo un breve silencio.

—Quiero ver a Emma.

Cerré los ojos.

Sabía que aquella conversación llegaría, pero escuchar aquellas palabras de su propia voz hizo que una parte de mí quisiera salir corriendo.

—¿Cuándo?

—Cuando tú puedas.

Su respuesta me sorprendió. Había esperado que me impusiera una fecha, una hora, incluso que utilizara su habitual tono autoritario para hacerme entender que no estaba dispuesto a esperar.

Pero no lo hizo.

—Mañana —respondí finalmente—. Podemos encontrarnos mañana.

—Está bien.

—En un lugar público.

—De acuerdo.

—Y yo voy a estar presente, David. No voy a dejarte a solas con ella todavía.

Hubo una pausa.

—Está bien, Nicole.

Su aceptación me dejó sin argumentos. Por un instante, incluso me sentí culpable por desconfiar tanto de él.

Pero entonces recordé el día en que me echó de su vida.

Recordé su mirada llena de desprecio, las palabras que me lanzó sin permitirme explicarme y la facilidad con la que destruyó todo lo que habíamos construido juntos.

No. No podía olvidar aquello solo porque ahora quisiera conocer a su hija.

—Mañana a las cinco —le indiqué—. En el café que está frente a la plaza.

—Ahí estaré.

La llamada terminó.

Me quedé mirando el teléfono durante unos segundos antes de dejarlo sobre la mesa.

Mañana David conocería a Emma.

Y yo tendría que enfrentarme al hombre que todavía era capaz de hacerme sentir muchas cosas que prefería mantener enterradas.

A la mañana siguiente intenté convencerme de que todo saldría bien.

Bañé a Emma, le puse un vestido bonito y preparé su bolso con pañales, toallitas, una muda de ropa y todo lo que pudiera necesitar. Ella estaba de buen humor, balbuceando mientras yo intentaba acomodarle el cabello.

—¿Sabes que hoy vas a conocer a tu papá, mi amor?

Emma me miró con sus grandes ojos y soltó una risita.

Sentí que se me encogía el corazón.

Su papá.

Aquellas palabras todavía me resultaban extrañas.

Durante meses había imaginado cómo sería el momento en que David descubriera que tenía una hija. Había pensado en su reacción, en las preguntas que me haría y en todas las cosas que tendría que explicarle.

Pero jamás imaginé que terminaríamos encontrándonos de aquella manera, después de tanto dolor y resentimiento.

Le di un beso en la frente.

—Todo va a estar bien, princesa.

No sabía si se lo estaba prometiendo a ella o si intentaba convencerme a mí misma.

Salimos de casa con tiempo suficiente para llegar tranquilas. No quería darle a David ningún motivo para pensar que estaba intentando evitarlo.

Mientras caminaba con Emma en brazos, sentía cómo la ansiedad crecía con cada paso.

Me repetía que solo sería un encuentro.

Que podría observarlos juntos.

Que, si algo me incomodaba, simplemente nos marcharíamos.

No tenía por qué salir mal.

No tenía por qué pasar nada.

Pero, al parecer, el destino tenía otros planes.

Llegué al café unos minutos antes de las cinco.

Desde la entrada pude ver a David sentado cerca de una ventana.

Estaba hablando por teléfono y, por un momento, me quedé observándolo sin que él se diera cuenta.

Llevaba una camisa impecable y el cabello perfectamente arreglado. Tenía esa expresión seria que tantas veces había visto durante nuestra relación, la misma que solía adoptar cuando estaba concentrado en algún asunto de trabajo.

Me pregunté cómo reaccionaría al ver a Emma.

¿Se emocionaría?

¿Intentaría cargarla?

¿Se daría cuenta de cuánto se parecía a él?

Una pequeña sonrisa amenazó con aparecer en mis labios, pero desapareció cuando escuché su voz.

Me detuve a unos pasos de la entrada.

No quería interrumpir su llamada. Pensé que podía acercarme cuando terminara, entonces escuché que mencionaba a su abogado.

—No quiero seguir perdiendo tiempo, prepara la documentación para el reconocimiento legal —continuó serio—. Así podremos iniciar el proceso correspondiente.

No necesitaba que dijeran su nombre para saber de quién hablaban.

De Emma.

Mi niña.

Mi hija.

—Quiero que esto se resuelva cuanto antes.

Aquellas palabras se clavaron en mi mente.

Acelerar los trámites.

Reconocimiento legal.

Resolverlo cuanto antes.

No escuché nada más.

No fui capaz de hacerlo.

Mi corazón comenzó a latir tan rápido que me costaba respirar. Miré a Emma, que descansaba tranquilamente en mis brazos, ajena a todo lo que acababa de ocurrir.




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