100 años de redención.

Juntos en el mismo infierno

Aunque me mantenía en silencio, mi mirada no se apartaba de ella ni un solo instante; pero Jazmín seguía ignorándome con esa frialdad que comenzaba a volverse insoportable.

—¿Me dirás qué sucedió allí adentro? —pregunté, sintiendo que ya no podía aguantar más la incertidumbre.

—Quiero que retires la denuncia contra Andrés —me respondió sin siquiera volverse a mirarme, con la vista perdida en el cristal empañado de la ventana del taxi.

—¡¿QUÉ ACABAS DE DECIR?! —exclamé, con la voz quebrada por la furia y la confusión— ¡Eso jamás ocurrirá! Ese desgraciado pagará por lo que hizo… por todo lo que nos hizo.

—Fui yo, Rafael… —sus palabras cayeron como un golpe seco sobre mi pecho— Él nunca mintió. Fui yo quien lo dejó entrar, yo quien le envió el mensaje con el pase especial, yo quien se insinuó para que algo ocurriera entre nosotros. Si sigues adelante con la denuncia, todo el mundo lo sabrá. ¿De verdad quieres que todos conozcan la clase de mujer que soy?

Golpeé con tanta fuerza el respaldo del asiento del conductor que el vehículo por poco se desvía, frenando de golpe al borde de la carretera y haciendo que el hombre se asustara de verdad.

—¿Están bien? —preguntó con cautela, mirándonos por el retrovisor.

—¡Bájese ahora mismo! —le ordené, apretando los dientes hasta que me dolieron las mandíbulas.

—Pero… señor…

—¡YA! —le arrojé mi billetera sobre el asiento delantero y, al verme tan alterado, no dudó en obedecer y salir corriendo.

Tomé a Jazmín de los brazos con firmeza, obligándola a volverse y mirarme a la cara.

—¿Qué diablos estás diciendo ahora? Explícate de una vez antes de que pierda la razón por completo.

Jazmín intentó desviar la mirada, pero luego clavó sus ojos en los míos con una intensidad helada. Esos ojos que una vez amé con devoción absoluta… en ese momento no lograba reconocerlos en absoluto.

—Quería que sintieras exactamente lo mismo que yo he sentido —comenzó a hablar sin titubear, sin que su voz se quebrara— Vi tu cuaderno de anotaciones y no dudé ni un segundo en enviarle esa invitación. Quería que al llegar a casa me encontraras entre los brazos de tu peor enemigo. Pero en el último instante me invadió el miedo, así que fingí todo el ataque. Fui yo quien lo sedujo, todo fue planeado por mí. Andres es inocente y no merece pagar por algo que no hizo.

—Estás mintiendo… —le supliqué con voz rota— Dime que todo esto es una mentira, Jazmín.

— Ja ja ja ¿Por qué lo haría? —respondió con una risa amarga y vacía— ¿Qué sentido tendría inventar algo así en este punto, cuando la verdad puede salir a la luz en cualquier momento?

—Tú no eres esa clase de mujer —insistí, negándome a creerlo— Por mucho que me odies, jamás renunciarías a tus principios ni te rebajarías de esta forma solo para vengarte de mí.

—Te equivocas en algo, Rafael —me cortó con frialdad— Puede que antes no fuera así, pero tú mismo me mataste. Esa Jazmín que conociste murió el mismo día en que perdimos a nuestro hijo. La que tienes frente a ti es una mujer sin corazón, sin sentimientos, dispuesta a cualquier cosa con tal de devolverte hasta la última gota del dolor que tú me provocaste. Hubo un tiempo en que tenías todo mi amor, pero ahora solo queda rencor entre nosotros y una deuda imposible de saldar. ¿Quieres seguir teniéndome a tu lado sabiendo esto? ¿O me dejarás marcharme de una vez por todas?

La solté lentamente, sintiendo cómo se me desmoronaba el suelo bajo los pies. Ella no dudó ni un instante, no hubo ni una sola pausa en sus palabras. Así que esa era la verdad absoluta, la mujer que me amaba con toda su alma ya no existía, y en su lugar quedaba alguien rota, llena de resentimiento y sedienta de venganza. Pero ya sabía muy bien lo que tenía que hacer.

La abracé con todas las fuerzas que me quedaban, apretándola contra mi pecho para que pudiera sentir cómo latía mi corazón, hecho pedazos tras cada palabra suya.

—Nunca te dejaré ir —le susurré con la voz cargada de dolor, pero firme— No importa si conviertes mi vida en un infierno, si pasas el tiempo buscando la forma de lastimarme. Yo no me iré, y tú tampoco lo harás. Solo te pido… te lo suplico, que no vuelvas a acercarte ni a involucrarte con ese hombre. Es peligroso, demasiado peligroso. No te hagas daño a ti misma solo para herirme a mí; no es justo para ti.

Noté cómo su cuerpo comenzó a temblar levemente, un reflejo involuntario que no pudo controlar. Pero Jazmín no tardó en recomponerse, recuperando esa postura fría y distante que había adoptado, y se apartó de mi lado.

—¿De verdad estás dispuesto a quedarte en este infierno a mi lado?

—Ya te lo he dicho, en las buenas y en las malas —respondí con seguridad, sin vacilar— Hagamos de este infierno nuestro nuevo hogar. Conviértete en mi verdugo todo el tiempo que creas necesario, pero ten por seguro que nunca te dejaré, esposa mía.

Mis palabras salieron claras y decididas, igual que ella había dejado claras sus intenciones.

—Entonces… ¿retirarás la denuncia?

—Lo haré. Por ti lo haré, sin dudarlo —acepté con un nudo en la garganta— Solo con la condición de que me prometas que nunca más te acercarás ni te involucrarás con esa rata.

—Vamos a casa —dijo ella, bajando la mirada— Me duele mucho la cabeza.

Volví a bajar la ventanilla y le hice señas al conductor para que reanudara la marcha. Esa noche había sido mucho más dura de lo que mi alma podía soportar, y mi cuerpo ya estaba al límite de sus fuerzas. Pero mi mente no logró asimilar todo lo sucedido hasta que cerré los ojos por un instante, buscando un poco de descanso.

En mi cabeza seguían resonando una y otra vez las palabras de Jazmín: “Todo fue mi culpa, yo quería que pasara. Quería que sufrieras lo mismo que yo”.

¿Acaso el castigo no estaba siendo ya lo suficientemente duro? Recorría cielo y tierra buscando respuestas, ni siquiera había tenido tiempo de llorar y honrar la memoria de nuestro hijo, y justo entonces descubría que esta pesadilla apenas acababa de comenzar.




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