100 años de redención.

Sospecha confirmada.

—Jazmín, mi hijo ya ha despertado… está preguntando por ti. _ la voz apagada de mi suegra me puso en alerta.

—Gracias, en un minuto iré a verlo. _ le respondi dejando mi bandeja a un lado de la mesa.

Así que ya despertó. Eso fue un alivio inmenso. No sabía qué hacer cuando, al llegar a casa, Rafael no reaccionó a mis llamados; por un segundo llegué a pensar que, con mis palabras, lo había matado de verdad. Pero en ese momento no tenía otra opción que mentir, la vida de mi bebé dependía de ello.

No entendía por qué esa persona me había exigido liberar a ese ser despreciable, pero estaba claro que de eso dependía la posibilidad de volver a tener a mi hijo entre mis brazos. Y por él estaba dispuesta a cualquier cosa. Sin embargo, sentía con angustia que solo era una marioneta más en esta trama, que día tras día mi cordura se me escapaba sin piedad. Me sentía paranoica, siempre mirando por encima del hombro, temiendo a cada persona que se acercaba a mí.

Intenté mantener la compostura y caminé con pasos lentos hasta la habitación donde estaba Rafael. Saber su diagnóstico fue otro golpe duro, una carga más sobre mis hombros. Todo se volvía tan difícil y complicado que ya no sabía hasta cuándo podría seguir sosteniendo esta mentira sin que se derrumbara todo.

—Veo que ya has abierto los ojos —le dije al acercarme, sosteniendo su mano con cuidado— ¿Cómo te sientes?

—Me alegra verte aquí —respondió él con voz débil.

—No podía dejarte solo en este estado —le respondí, aunque por dentro todo era confusión.

La puerta se abrió de nuevo, entró Miguel acompañado de Daiana y su hija menor, Adela.

—Amigo, qué susto nos has dado —dijo Miguel, acercándose con una sonrisa — Por poco… mejor no mencionarlo, para no atraer la mala suerte.

—Gracias por venir, viejo amigo —respondió Rafael— Daiana, siempre tan elegante.

—¡Ja, ja! Querido, es una lástima que no pueda decir lo mismo de ti —contestó ella con tono de broma— ¿Quién te ha dejado en este estado tan lamentable?

—Nada importante, solo una pelea sin sentido —respondió él, y luego miró a la joven— ¿Adela? ¿Eres tú?

La chica se acercó con soltura, deslizándose entre nosotros para tomar mi lugar junto a la cama.

—Claro que soy yo, Rafael. Llegué hace dos días, y mira en qué condiciones me recibes. Realmente sabes cómo dar bienvenidas inolvidables.

—Perdóname, niña…

—Ya no soy una niña —lo interrumpió ella con una sonrisa — Tengo veintitrés años.

Todos rieron a la vez, pero yo me sentía totalmente ajena a esa complicidad. Lo único que sabía de la familia de Miguel era que llevaba treinta años casado con Daiana, que tenían dos hijos, el mayor de veintiocho años y esta joven, y que ambos estudiaban en el extranjero. ¿Por qué, de repente, aparecía ella aquí?

Miguel notó mi mirada fija en él y se acercó con una sonrisa amable, pero que a mí ya no me inspiraba ninguna confianza. Me rodeó con sus brazos, sentí un rechazo inmediato que no pude disimular.

—Jazmín, querida, espero que no sientas celos de mi bella Adela —dijo con tono relajado— Rafael la ha visto crecer desde pequeña; ella lo considera casi como un hermano mayor.

Lo aparté de un movimiento rápido, marcando mis límites con claridad, sin importarme las miradas de todos los presentes.

—No he dicho ni una sola palabra —le respondí con frialdad— ¿Por qué asumes que estoy celosa de tu hija? ¿Que la haya visto crecer tiene algo que ver conmigo?

Miguel se quedó desconcertado, con las manos suspendidas en el aire, hasta que Daiana intervino tomándome suavemente del brazo.

—Jazmín, lamento tanto todo lo que has tenido que pasar —dijo con voz suave y compasiva— Perdóname por no ir antes a verte y ofrecerte ayuda; creí que lo mejor era darte tiempo para sanar y asimilar lo ocurrido. Después de todo una noticia así es muy dura de escuchar.

—¿De qué noticia estás hablando? —pregunté, ya con la alerta al máximo.

—De que ya no podrás tener más hijos —respondió ella, bajando la voz como si me diera una mala noticia— No me imagino lo duro que ha sido para ti, y más cuando acabas de perder al único que pudiste concebir.

Daiana era una actriz consumada, de inmediato se llevó las manos a la boca y dejó caer lágrimas que parecían tan reales que cualquiera le creería. Una actuación digna de un premio. En ese momento ya no tenía dudas, sospechaba cada vez más de Miguel y de la verdadera razón por la que su querida hija había regresado. Al decirlo así, delante de todos, era como si estuviera anunciando. “Ya que ella no puede darle descendencia, yo tengo una hija joven, sana y hermosa para reemplazarla”.

Después de todo, así unirían más estrechamente a ambas familias, consolidarían los negocios y la empresa seguiría en manos de Miguel y Rafael, dejando un legado “seguro” sin extraños de por medio.

Eran tan evidentes que me provocaban asco. Pero yo ya no era aquella mujer que sonreía y se quedaba callada por educación o por miedo.

—Siempre podemos adoptar un bebé más adelante —dije con calma, pero con firmeza— Cuando Rafael se recupere, comenzaremos el proceso. Podemos darle hogar y amor a uno o a muchos niños; dinero y cariño no nos faltan.

Todos abrieron los ojos sorprendidos y se volvieron hacia Rafael, que se incorporó lentamente en la cama.

—Es verdad —afirmó él sin dudarlo, apoyándome de inmediato— Tenemos todas las condiciones para ofrecer un hogar estable y feliz a quien lo necesite. Todos los niños que mi esposa desee, serán bienvenidos.

Gracias al cielo, me respaldó sin vacilar.

—Pero dejar el legado a alguien ajeno no es lo más conveniente, Rafael —intervino Miguel, rompiendo el silencio— Si incluso los hijos de sangre a veces se desvían, no quiero imaginar qué puede pasar con alguien que no lleva tú misma sangre.

—Tienes razón, querido —lo apoyó Daiana con tono de advertencia— Los hijos adoptivos son como cuervos, no dudan en sacarte los ojos cuando menos te lo esperas. Ya que no sienten ese lazo de familia, ese que solo la sangre da.




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