100 años de redención.

El rostro del mal.

Al llegar a casa no me sentí tranquila en lo absoluto. Sentía que había cámaras o micrófonos en cada rincón de este lugar que yo consideraba mi hogar; no podía dar ni un paso seguro, como si estuviera caminando sobre un campo minado. Subí a toda prisa, echando sin mirar unas cuantas prendas en un bolso, fingiendo estar alterada, mientras en mi mente armaba un plan infalible. Me acerqué al tocador y seguí representando que buscaba algo importante.

—Maldición… tendré que salir a comprar uno nuevo —dije en voz alta, tomando mi billetera y las llaves del auto. Si ellos querían jugar, entonces aceptaba el reto.

Después de dar unas cuantas vueltas para asegurarme de que nadie me seguía, llegué al centro comercial. Entré en una librería y, entre varios libros, tomé un cuaderno de notas. Luego bajé hasta la cafetería y esperé pacientemente a Marcel. Por miedo a que incluso mi teléfono estuviera siendo vigilado, el mensaje que le envié fue totalmente discreto.

“¿Podemos vernos? Siento que ya no aguanto más. Ya no sé si quiero seguir al lado de mi esposo.”

Elegí una mesa apartada, pero en el centro del local, rodeada de otras personas, con un libro en la mano y el cuaderno abierto. Con calma, comencé a escribir con todo detalle mis descubrimientos y pensamientos. No podía pasar ni el más mínimo detalle por alto.

—Hola, hermosa… ¿haciendo la tarea? —la voz de Marcel me sacó de mi concentración absoluta.

—Gracias por venir tan rápido —le respondí, recibiéndolo con un abrazo fuerte que reflejaba la confianza y cercanía que nos unían. Todo estaba planeado, pero en realidad necesitaba ese abrazo con desesperación.

—Ya te lo dije, si me necesitas, aquí estaré —me dijo mientras se sentaba muy cerca de mí. Su mirada se detuvo en el título del libro que tenía frente a él— ¿Tratamientos para sanar un riñón? ¿Quién está enfermo?

—Así es… mira, este es el remedio más efectivo que he encontrado hasta ahora —le dije con voz normal.

Ambos bajamos la vista hacia las anotaciones, donde ya había escrito con letra clara “Es posible que nos estén vigilando. Actúa con total normalidad y solo lee lo que está escrito”.

—Ya veo, pero aquí tienes un pequeño error —respondió él en voz alta, tomando el bolígrafo para añadir una frase en el cuaderno “Tengo a una persona de confianza cuidando nuestras espaldas. Puedes hablar con más tranquilidad”.

Solté un suspiro de alivio, aunque seguía atenta a cada movimiento a mi alrededor.

—Qué bueno que entendiste mi mensaje —le dije en voz baja— Antes de salir de la tienda, tiré mi teléfono al lavabo del baño, por si acaso.

—Esto es más grave de lo que me imaginaba, Jazmín.

—No tienes ni idea —confesé, sintiendo que me faltaba el aire— Siento que me vigilan a cada instante, que no puedo confiar en nadie… Rafael está en el hospital.

—Ya veo… ¿se recuperará?

—Sí, estará bien. Pero ahora necesito que veas esto, todo este tiempo estuvimos equivocados. Nunca fue Andrés la amenaza; el peligro llegó desde adentro, de la persona en la que más confiamos. Marcel… mi hijo está vivo. Ellos lo tienen retenido y me están amenazando para que haga lo que quieren, como lo que tuve que hacer anoche al dejarte y volver con Rafael.

Marcel se quedó pensativo un momento mirando a la nada.

—¿Y has hablado de esto con tu madre o con tu hermano?

—No —negué con la cabeza— Siento que todos tienen sus propios intereses ocultos. Mi madre, por ejemplo, usará esta situación para convencerme de que me divorcie y me case contigo, para llevarme de regreso y seguir la vida que ella ya tenía planeada para mí. Me siento como una muñeca en manos de todos los que me rodean, y nadie parece preocuparse por lo más importante, la vida de un inocente que nació prematuro y fue arrancado de los brazos de su propia madre.

—Te entiendo perfectamente —respondió con voz firme— Gracias por confiar en mí, Jazmín. Yo te ayudaré a recuperar a tu hijo, no importa lo que tenga que hacer. No descansaré hasta que lo tengas de vuelta entre tus brazos. Ahora, muéstrame qué es lo que has descubierto.

Aunque sentía que no podía confiar ni en mi propia sombra, decidí creer en Marcel. La vida me había enseñado que la traición siempre viene de quienes más amas, pero a él le daba mi último voto de confianza.

—Mira esto —le señalé la primera línea de la cronología que había logrado armar— La noche del gran banquete, la primera vez que Rafael se encontró con esa mujer, en sus anotaciones dejó escrito todo lo que recordaba. También pude ver las grabaciones que obtuvo. Todo parecía indicar que el culpable era ese desgraciado de Andrés, solo porque fue quien la llevo esa noche. Pero en realidad, Eva nunca se acercó a las bebidas; se mantuvo todo el tiempo bailando lejos de la mesa.

—Una coartada perfecta.

—Exacto —asentí— Pero quien sí estuvo siempre cerca de las copas fue Miguel. Nadie sospechaba de él, y eso le sirvió para pasar desapercibido en cada momento clave de esta trama. La segunda vez, durante el viaje de negocios, había siete hoteles en esa misma ciudad… ¡siete! Y casualmente, esa mujer terminó alojándose justo en el mismo que ellos dos. Una vez más, fue Miguel, en quien Rafael confiaba ciegamente, quien lo invitó a brindar y a relajarse luego de cerrar el contrato.

—¿Pero por qué haría algo así? ¿Qué gana con todo esto?

—No lo entendía del todo hasta hace poco —le expliqué— hasta que apareció en el hospital con su hija de veintitrés años y, sin ningún pudor, dijeron abiertamente que yo “ya no servía como esposa”. Cuando mencioné la idea de adoptar, perdieron el control y soltaron una frase que lo dijo todo. “Cría cuervos y te sacarán los ojos”. Ellos siempre fueron esos cuervos que esperaban el momento justo para atacar.

—¿Me estás diciendo que su verdadero objetivo es quedarse con la empresa? _ Marcel abrió grande los ojos casi sin poder creerme, pero yo estaba más segura que nunca.




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