100 años de redención.

Tiempo de guerra.

De pie frente a ese gran pizarrón, me quedé observando fijamente un punto marcado en rojo. No parecía tener mucha importancia, pero de alguna forma captó toda mi atención. De pronto, recordé estos últimos cinco años junto a Rafael, todos esos momentos tan especiales, ese amor del que me sentía tan orgullosa. Habían sido tiempos tranquilos, placenteros; en realidad, nunca habíamos tenido problemas ni discusiones de gravedad. Esta era la primera vez en cinco años que nos enfrentábamos a un obstáculo real, y por eso mismo no sabíamos cómo defendernos ni cómo actuar.

En mi mente vino a la cabeza esa vieja frase que suelen repetir las abuelas: En tiempo de guerra, todos aprecian la paz. Pero en tiempo de paz, todos olvidan lo dura que fue la guerra.

Si podríamos volver a ser como antes después de todo lo que estaba pasando era un misterio completo. Pero de algo estaba segura, durante todo este tiempo solo habíamos sido dos niños jugando a ser adultos, y por fin nos había llegado la hora de madurar.

—Quiero verla —dije al fin con decisión— Quiero ver a Eva.

—¿Por qué te rebajarías a su nivel? —insistió mi madre, tratando de disuadirme.

—Porque es necesario hacerlo, y mejor ahora que dejarlo para mañana. Por favor, llévame con ella.

Mi madre miró a Ignacio, y luego tomó mi brazo con firmeza para guiarme por un pasillo largo y estrecho. Al final había una puerta pesada de acero macizo; al abrirse, emitió un sonido chirriante y desagradable. El interior estaba en completa oscuridad, y en el centro solo se distinguía una silla y una silueta encorvada sobre ella.

Al escuchar nuestros pasos acercarse, la mujer alzó la vista por reflejo. Era la primera vez que la veía con detalle. En cuanto reconoció quién era, Eva escupió un poco de sangre justo sobre mi zapato.

—Jajá… al fin la reina baja de su trono para ver cómo se ejecuta su propio plan —dijo con desdén y rabia en cada palabra— La amante es tratada como carne de cañón, pero el infiel sigue siendo su príncipe, perdonado y amado hasta el final. Qué patética eres.

—Solo quiero entender por qué lo hiciste —le respondí manteniendo la calma— Te ves tan joven… ¿por qué aguantas tanto dolor y riesgos por alguien que no vale la pena?

—Yo te hago la misma pregunta —me devolvió con frialdad _ ¿Por qué sigues al lado de un hombre que disfruta acostándose con otras mujeres? ¿Tienes tan poca autoestima como para perdonar lo imperdonable?

—¡HABLO DE MIGUEL! —grité, perdiendo la paciencia.

—Jajá… no lo conozco —respondió con una sonrisa burlona.

Tomé su rostro con la mano para levantarle la cara y mirarla directamente a los ojos, pero lo que vi me heló la sangre en las venas. Retrocedí asustada, chocando contra el cuerpo de mi madre. Eva volvió a sonreír, mostrando sus dientes manchados de sangre.

Salí a tropezones de ese lugar, acompañada solo por el sonido seco de los tacones de mi madre siguiéndome de cerca.

—¿Qué te pasa, Jazmín? —preguntó Ignacio al verme aparecer pálida como una hoja de papel.

Lo empujé suavemente a un lado y corrí sin mirar atrás, deteniéndome solo cuando la luz intensa del sol de la mañana me golpeó con fuerza en el rostro. En ese momento, Marcel, que bajaba de su auto, llegó corriendo a mi lado y me abrazó con firmeza.

—¿Qué sucede? ¿Qué haces aquí afuera? —en sus ojos se notaba una preocupación absoluta. Yo solo me refugié con más fuerza en su pecho.

—Dime, por favor… ¿has averiguado algo? —le rogué con voz temblorosa.

—Sí, ya lo he hecho —respondió al fin, con calma— Creo que he encontrado el lugar donde tienen a tu hijo.

Mis puños se cerraron con fuerza sobre su camisa, podía escuchar claramente cómo su corazón latía con rapidez.

—¿Lo has conseguido, Marcel? —la voz de mi madre llegó de inmediato— ¿Dónde tienen a mi nieto?

—Está en una clínica clandestina —explicó él— Como el bebé nació prematuro, lo mantienen conectado a una incubadora. Logré localizar una dirección IP mediante una red oculta, me hice pasar por un posible comprador y me confirmaron que el niño estará disponible para la venta dentro de dos meses.

—¡Hijos de perra! ¿Cómo se atreven a tratar así a alguien de mi propia sangre? —gritó mi madre, llena de rabia.

—Tranquila, Elvira —la calmó Marcel— Les dije que quería quedarme con el niño, y ofrecí una suma mucho mayor que la de los demás interesados. Usé una identidad falsa, así que no podrán rastrearme a mí, pero yo sí he podido acceder a sus sistemas para vigilarlos mediante un programa oculto.

Después de todo, Marcel era un genio en el mundo de la informática, creador de software muy avanzado para empresas de alto nivel y sistemas de seguridad extremadamente estrictos. Solo alguien como él podía haber llegado tan lejos sin ser descubierto.

—Gracias… de verdad —dije con emoción— Estaría dispuesta a darte mi propia vida a cambio de este favor tan grande.

—No digas eso —me respondió con seriedad— Ya lo hablamos, solo quiero ayudarte a recuperar a tu hijo, sin pedir nada a cambio.

—¿Estás seguro de que no sospecharán de ti? —intervino Ignacio con precaución.

—Mi identidad real siempre ha sido confidencial —explicó Marcel— Desde que empecé a trabajar en seguridad nacional, uso un nombre en clave y todos mis datos personales están protegidos por restricciones gubernamentales. Por más que busquen información sobre mí, solo encontrarán registros de un empleado común y corriente, sin cargos importantes, sin privilegios ni contactos influyentes. Una persona totalmente normal.

—Incluso yo no sabía nada de esto —dije con asombro. Era increíble darme cuenta de cuánto desconocía a las personas que más quería.

—Nadie lo sabe —añadió él acariciando mi cabello — Son los protocolos estrictos de mi trabajo.

—Y aun así, estás arriesgando todo para ayudarme.

—Bueno… por una vez en la vida tenía que hacer algo que no fuera solo por obligación —respondió con una leve sonrisa.




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