100 años de redención.

La mejor actuación.

Miguel sabía perfectamente que mientras Rafael me amara de verdad, jamás aceptaría a su hija a su lado. Por eso me está obligando a actuar de tal forma que logre que mi propio esposo me odie, para sacarme del camino de una vez por todas. Quiere que sea yo misma quien provoque ese rechazo, pero jamás le perdonaré que ponga sus sucias manos sobre lo que más amo en este mundo, solo por pura ambición y codicia.

Golpeé la mesa con tanta fuerza que los papeles y la tazas estuvieron a punto de derramarse sobre mis anotaciones. Marcel reaccionó al instante, deslizando su mano con rapidez para evitar que todo se arruinara.

—¿Cómo puede alguien llegar a ser tan malvado…? —dije apretando los dientes hasta que me dolieron las mandíbulas— Por dinero y por poder son capaces de lastimar a un ser inocente e indefenso… Los mataré, Marcel, te lo juro, no descansaré hasta verlos caer a todos.

—Tranquila, perder el control ahora no te dará ninguna ventaja —me respondió con calma— Mejor guarda toda esa rabia y esa energía para la batalla que se nos viene encima.

—Tienes razón… por el momento no gano nada con gritos ni amenazas vacías —asentí, respirando hondo para recuperar la compostura— Pero me prepararé hasta el último detalle, y al final seré la única que quede en pie.

—Jazmín, en verdad has hecho un trabajo increíble _ dijo con admiración— Pero no puedo evitar hacerte una pregunta, ¿estás completamente segura de que es ese hombre quien se llevó al bebé?

—Eso lo verás en la página siguiente —respondí, pasando la hoja con cuidado y mostrándole mis anotaciones más recientes— Anoche recibí una llamada anónima; la voz estaba distorsionada, pero sin duda era la de un hombre. Aproveché que estaba en el hospital y revisé los registros médicos de Miguel.

—¿Qué hiciste que cosa? —exclamó, sorprendido— ¡Eso es demasiado arriesgado!

—Ya tenía sospechas firmes sobre él, y no podía dejar pasar esa oportunidad —le expliqué con serenidad— No te preocupes, nadie me vio, me cubrí con una capucha, me moví solo por los pasillos más vacíos y sé muy bien que él se atiende siempre en este mismo centro.

Marcel se llevó ambas manos a la cabeza, asombrado por mi determinación y frialdad.

—¿Qué más puedo decirte? Cuéntame, ¿qué fue lo que encontraste?

Sonreí con complicidad y señalé con el dedo el punto exacto en mi cuaderno.

—Miguel siempre se hacía un chequeo general una sola vez al año, pero hace tres meses comenzó a venir dos veces al mes, siempre con el mismo especialista. Que yo sepa, no sufre ninguna enfermedad grave, nunca ha mencionado dolencias ni tratamientos prolongados.

—¿Pero por qué cambiar su rutina justo ahora?

—Tal vez antes daba por hecho que yo nunca lograría quedar embarazada —reflexioné en voz alta— Pensó que era estéril y dejó que su hija viviera su vida con tranquilidad antes de traerla a escena. Pero al ver que ya faltaban pocas semanas para el parto, no le quedó más remedio que actuar con maldad. Por más que yo me divorciara, mi hijo por ley y por derecho sería el heredero de todo. Esperó tantos años con paciencia… no podía permitir que en el último momento, cuando su preciada hija ya estaba lista para ocupar mi lugar, un niño viniera a arruinar todos sus planes.

—Te has convertido en una detective excepcional, Jazmín —me dijo con orgullo— Pocas personas en el mundo habrían llegado tan lejos y tan rápido como tú. Has ido desentrañando cada trampa y cada misterio casi por tu cuenta. Eres realmente increíble.

—No lo sé… todavía quedan varios cabos sueltos que me quitan el sueño —respondí con preocupación— ¿Cómo desenmascarar a Miguel sin poner en peligro la vida de mi hijo? ¿Por qué Eva le es tan leal a él, a pesar de que mi hermano ha hecho todo lo posible por hacerle daño y ella sigue callada? ¿Y si hay algo más terrible oculto en las sombras que todavía no hemos descubierto? ¿Y si me estoy equivocando de camino?

—No lo estás —Marcel apretó mi mano con fuerza y seguridad— Yo te ayudaré a encontrar al niño. Nadie sospecha de mí, puedo mover a mi gente en silencio y poner esta ciudad de cabeza si hace falta, hasta dar con su paradero.

—Gracias, Marcel… no sé qué haría sin ti en estos momentos — respondi con los ojos húmedos— Gracias por creerme, por escucharme y, sobre todo, por ponerte de mi lado sin dudar.

—Te quiero, Jazmín, y eso lo sabes muy bien —respondió con voz suave y sincera— Siempre te he querido, y no pienses que hago esto para ganarme tu cariño. Mi afecto es real, y mi mejor recompensa será verte feliz y tener a tu hijo de vuelta en tus brazos.

Acaricié su rostro con suavidad, perdiéndome un instante en esos ojos claros que me resultaban tan familiares desde la infancia. Sabía que Marcel no mentía; su amor era auténtico, y yo también lo quería mucho… pero no de la misma forma en que él esperaba. Ojalá pudiera cambiar mi corazón, olvidar todo lo vivido con Rafael y entregarme por completo a este hombre maravilloso que tenía delante. Pero no podía hacerlo… al menos no todavía.

—No merezco tu amor —susurré con tristeza.

—Y aun así, te pertenece por completo —respondió él con ternura.

Mi corazón comenzó a latir con tanta fuerza que por un instante temí que hasta él pudiera escucharlo. Pero en ese momento su teléfono vibró sobre la mesa. Leyó el mensaje en silencio y luego se inclinó hacia mí para susurrarme al oído.

—Mi hombre de confianza dice que el intruso ya está aquí. Está sentado en la mesa junto a la ventana, con un periódico abierto entre las manos. Lleva cinco minutos ahí y ya ha tomado varias fotografías. ¿Qué quieres que hagamos?

Me acerqué un poco más a él y dejé un beso suave en su mejilla, lo suficiente para que pareciera un gesto cariñoso natural. Vi cómo se sonrojaba ligeramente.

—Entonces demosle exactamente lo que ha venido a buscar —respondí con calma y decisión.

Comencé a organizar mis libros y papeles con tranquilidad, Marcel me ayudó a guardarlos. Luego pasó su mano por mi cintura y caminamos despacio por el local, hablando entre risas y frases cotidianas, como si fuéramos una pareja que solo quería pasar un rato agradable. Mientras tanto, su guardaespaldas nos informaba que ese hombre nos seguía de cerca, registrando cada movimiento. Por dentro, un nudo se me formaba en la garganta al pensar en cuánto dolor le causaría esto a Rafael. Pero era el precio que tenía que pagar para recuperar a mi bebé, y también para reunir las pruebas necesarias que me permitieran destruir por completo a ese desgraciado de Miguel.




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