100 años de redención.

Todas las cartas sobre la mesa.

Al verse acorralados y sin ninguna respuesta lógica con la que defenderse, cambiaron por completo su postura y se dirigieron directamente a mi suegra, buscando en ella un apoyo que les permitiera ganar terreno. Daiana fue la primera en acercarse, con los ojos todavía húmedos y rojos de fingida preocupación.

—Querida, ¿tú también estás de acuerdo con esto? —le dijo con voz suave, pero cargada de intención— Tu esposo dedicó toda su vida a construir esta empresa desde cero, y ahora ¿terminará en manos de personas ajenas? No puedo creer que también apruebes una decisión tan precipitada, casi diría que descabellada.

Lo curioso de las personas es que, cuanto más las acorralas, menos capaces son de ocultar sus verdaderas intenciones. Daiana ya había bajado su máscara de bondad y nos había dejado ver su verdadera esencia; pero ¿sería mi suegra lo suficientemente perspicaz para darse cuenta?

—En realidad, ese es un asunto que solo le corresponde a mi hijo y a mi nuera —respondió ella con calma y firmeza— Yo no tengo por qué entrometerme en sus vidas, y mucho menos en sus decisiones personales. Además, no me parece de buen gusto hablar de estos temas cuando apenas hace una semana perdimos al niño.

—Pero… yo solo lo menciono porque me preocupa tu bienestar —se apresuró a corregirse Daiana, sus manos no dejaban de temblar — Perdóname si he hablado sin pensar.

—No olvides que también está Jana —continuó mi suegra sin darle tregua— Ella puede dar un heredero a la familia. Y aunque no pienso rechazar ni menospreciar a los hijos que Rafael y Jazmín decidan adoptar, creo que entre todos podemos encontrar la forma en que todo funcione. ¿Para eso son las familias, no es así?

Gracias al cielo, mi suegra seguía siendo esa mujer sólida y firme como un roble. Tal vez en el fondo tampoco compartiera la idea de la adopción, pero estaba claro que no se dejaría manipular ni mandar por nadie ajeno a su hogar. Siempre había admirado esa fortaleza suya.

Volví a acercarme al lado de Rafael, apartando sutilmente a Adela para dejar bien claro que yo seguía siendo su esposa, la dueña de esta casa y que no permitiría que una recién llegada tomara el lugar que no le correspondía así de fácil.

—Creo que están malinterpretando la situación, Miguel, Daiana —dije con la mirada fija y dura sobre ambos— Este asunto solo nos concierne a nosotros. Si decidimos adoptar, ¿en qué les afecta a ustedes? Si mañana Rafael y yo nos divorciáramos, ¿qué importancia tendría para ustedes? Si ya no puedo tener hijos propios, ¿por qué les molesta tanto? Por favor, respeten nuestro dolor y este momento tan difícil que estamos pasando. Es lo mínimo que podemos esperar de amigos que dicen ser tan leales. Si ni siquiera su propia madre se muestra tan preocupada con mi condición, ¿por qué ustedes sí parece volverlos loco?

—¡Solo nos preocupamos por ustedes, Jazmín! —gritó Miguel, perdiendo por completo la compostura.

—Pero incluso para preocuparse hay formas y momentos adecuados —le respondí sin bajar el tono— Llegar aquí y soltar de golpe que “ya no podrás tener más hijos”, apenas unos días después de que perdí a mi bebé, no suena a preocupación. Suena a intriga, a maldad y a una burla hacia mí y hacia mi esposo.

—Ya veo que no llegamos en el mejor momento —intervino Adela, tomando del brazo a su padre para calmarlo— Perdón si hemos molestado, todo es culpa mía. Solo quería saludar a Rafael y decirle que estoy aquí para lo que necesite; no pensé que su esposa reaccionaría con tanta agresividad hacia mi visita.

- Discúlpame, ¿pero cuando te falte el respeto a ti? Estoy defendiendo mi postura y mi dignidad. Eso nada tiene que ver con alguien a quien recién conozco.

Adela abrazo aun más el brazo de su padre escondido su cara en el pecho de ese ser despreciable. Supongo que su mejor ataque hacia mí es lucir lamentable.

- Jazmín entiendo que estas dolida, pero mi hija es joven, lo único que deseaba era darle ánimos a Rafael, no hace falta que la trates de esta forma. _ Daiana apoyo a su hija sin dudarlo.

Allí estábamos de nuevo. Sabía que enfrentarlos así podía salirme muy caro, pero necesitaba confirmar que no estaba equivocada… y ya lo había hecho. Ahora tenía claro de quién nos había estado manipulando a su antojo, el verdadero titiritero estaba justo frente a mí. La persona que se llevó a mi hijo, el culpable de todas mis desgracias.

—Mi hija tiene razón —añadió Miguel, recuperando su falsa compostura— Solo venimos a ofrecerles nuestro apoyo y a recordarles que pueden contar con nosotros. Pero viendo que sigues tan alterada, es mejor que nos retiremos. Rafael, amigo mío, deseo que te recuperes pronto. No te preocupes por nada; yo me encargaré de que la empresa siga funcionando, aunque en el futuro termine cayendo en manos equivocadas.

Rafael solo asintió en silencio. En cuanto cerraron la puerta, ya no pude contener mi desagrado, apreté con fuerza el teléfono en mi bolsillo, esperando ese mensaje que por fin los delatara.

—Es increíble que hayan dicho semejantes cosas —se quejó Jana en voz alta— ¿Qué le pasa a Miguel? ¿Cómo se atreve a faltarnos el respeto de esa manera?

—No lo sé, pero a mí tampoco me gustó nada su actitud —agregó mi suegra, entregándole un vaso de agua a Rafael— Más que amigos de toda la vida, parecían nuestros peores enemigos. Rafael, ¿tú qué piensas?

—Fue muy extraño, no lo niego —respondió él, y luego me miró directamente— ¿En qué estás pensando tú, Jazmín?

—En nada importante —le respondí con suavidad, inclinándome para darle un beso en la frente— Solo iré a casa a buscar ropa y algunas cosas que necesites para cuidarte. Por favor, escucha al médico y cuídate bien; si no sigues el tratamiento, esto puede empeorar.

—Te haré caso, esposa —me dijo con una sonrisa cansada— Aquí te estaré esperando.

Esa sonrisa me desgarraba el alma por dentro, pero no tenía otra opción que marcharme, ahora era yo quien tenía que luchar por los dos y por todo lo que nos importaba.




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