A Los 46 DescubrÍ El Secreto Que CambiÓ Mi Vida

CAPÍTULO 1 EL HOMBRE QUE CONOCÍA MI SECRETO

—Sé quién era tu padre.

Las palabras de Mateo quedaron suspendidas entre nosotros.

Durante unos segundos no fui capaz de reaccionar.

Ni siquiera escuchaba la lluvia.

Ni el ruido de los automóviles que pasaban por la avenida.

Ni el latido acelerado de mi propio corazón.

Solo podía escuchar aquella frase una y otra vez.

Sé quién era tu padre.

Lo miré intentando encontrar alguna señal de mentira en sus ojos.

Pero no encontré ninguna.

Había algo en su expresión que me inquietaba.

No parecía estar jugando conmigo.

Tampoco parecía haber venido a provocarme.

Parecía… asustado.

—¿Qué acabas de decir? —pregunté finalmente.

Mateo tragó saliva.

—Que sé quién era tu padre.

—Eso es imposible.

—No.

—Sí. Es imposible.

Negué con la cabeza.

—Mi padre murió hace muchos años.

—Lo sé.

—Entonces no entiendo de qué estás hablando.

Mateo miró nuevamente hacia la casa.

—No aquí.

—¿Por qué?

—Porque no sé quién puede estar observándonos.

Aquella respuesta consiguió que sintiera un escalofrío.

Miré alrededor.

La calle parecía completamente normal.

Una mujer caminaba con un paraguas.

Un hombre esperaba el colectivo en la esquina.

Dos adolescentes conversaban frente a una cafetería.

Nada extraño.

Nada amenazante.

Sin embargo, la manera en que Mateo miraba a su alrededor me hizo sentir que, de pronto, todos podían ser sospechosos.

—¿Quién nos estaría observando?

—No lo sé.

—Entonces ¿por qué lo dices?

—Porque durante mucho tiempo me dijeron que nunca debía hablar contigo.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Quién?

Mateo bajó la mirada.

—Mi familia.

Aquellas dos palabras me dejaron sin respuesta.

Mi familia.

Su familia.

Una historia que parecía unirnos antes de que nosotros siquiera supiéramos que existía.

—No entiendo.

—Lo sé.

—Necesito que me expliques.

—Voy a hacerlo.

—Ahora.

Mateo levantó la mirada.

—No puedo hacerlo aquí.

—¿Por qué?

—Porque hay cosas que necesitas escuchar en un lugar donde nadie pueda interrumpirnos.

Me quedé mirándolo.

Era extraño.

Hasta hacía unas semanas, Mateo no significaba nada para mí.

Era simplemente un hombre al que había conocido por casualidad.

Un hombre más joven.

Amable.

Educado.

Demasiado atento para mi gusto.

Yo había intentado mantener distancia desde el primer momento.

No quería volver a cometer errores.

Después de mi divorcio me había prometido algo:

No volvería a depender emocionalmente de ningún hombre.

Había pasado diecinueve años intentando ser la esposa perfecta.

Había dejado proyectos personales.

Había rechazado oportunidades.

Había aprendido a poner las necesidades de los demás por delante de las mías.

Y cuando finalmente descubrí la traición de mi marido, comprendí algo que me dolió más que la infidelidad.

Había desaparecido dentro de mi propio matrimonio.

Durante años había vivido para alguien más.

Ahora quería aprender a vivir para mí.

Por eso Mateo era peligroso.

No porque fuera malo.

Sino porque hacía que mi corazón recordara algo que yo había decidido olvidar.

La ilusión.

Las mariposas.

Las conversaciones que se prolongaban más de lo necesario.

La sensación de esperar un mensaje.

La sonrisa involuntaria cuando aparecía.

Todo aquello me parecía absurdo.

A los cuarenta y seis años, después de un divorcio, ¿qué derecho tenía a comportarme como una adolescente?

Pero entonces descubrí que el corazón no consulta la edad.

Simplemente siente.

Y Mateo había conseguido que sintiera.

Ahora estaba frente a mí diciéndome que conocía el secreto de mi padre.

Y aquello cambiaba completamente las reglas.

—¿Dónde quieres hablar? —pregunté.

—En mi casa.

Retrocedí un paso.

—No.

Mateo pareció sorprendido.

—¿No?

—No voy a ir a la casa de un hombre que apenas conozco.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Eso está bien.

—¿Qué cosa?

—Que todavía tengas sentido común.

—No bromees.

—No estoy bromeando.

Por primera vez desde que había aparecido, su rostro se suavizó.

—Podemos ir a otro lugar.

—¿Dónde?

—Al café de la esquina.

Miré hacia allí.

Había algunas mesas ocupadas.

Personas conversando.

Un lugar público.

Era suficiente.

—Está bien.

Caminamos juntos.

No hablamos.

Yo llevaba la carta de mi madre dentro del bolso.

Sentía que pesaba como una piedra.

Cada paso que daba parecía acercarme a una verdad que quizá no estaba preparada para conocer.

Cuando entramos al café, Mateo eligió una mesa alejada de las ventanas.

Me senté frente a él.

—Ahora habla.

Él pidió dos cafés.

—No quiero café.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué lo pediste?

—Porque necesitas algo que hacer con las manos.

Lo miré.

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Como si supieras lo que los demás necesitan.

Mateo sonrió.

—No.

—¿Entonces?

—Solo contigo.

Aquella frase me incomodó.

Bajé la mirada.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Decirme cosas que no sé cómo responder.

—No era mi intención.

—Pues lo parece.

El camarero dejó los cafés sobre la mesa.

Mateo esperó hasta que se alejó.

Entonces respiró profundamente.

—Tu madre conoció a mi abuelo.

Fruncí el ceño.

—¿Tu abuelo?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hace muchos años.

—Eso no explica nada.

—Lo sé.

Mateo sacó una pequeña fotografía de su billetera.

La colocó sobre la mesa.




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