La puerta terminó de abrirse.
No de golpe.
No con violencia.
Lentamente.
Como si quien estaba del otro lado supiera que no necesitaba entrar por la fuerza.
Como si tuviera la certeza de que, tarde o temprano, nosotros mismos tendríamos que permitirle pasar.
Yo no podía moverme.
Mateo estaba delante de mí.
Alejandro permanecía unos pasos detrás, pálido, apoyado contra la pared.
Y entonces la vi.
Una mujer.
No tendría más de sesenta años.
Cabello completamente blanco.
Abrigo oscuro.
El rostro marcado por el tiempo.
Pero había algo en sus ojos.
Algo que reconocí.
No sabía de dónde.
No sabía por qué.
Pero aquellos ojos me provocaron una sensación extraña.
Como si los hubiera visto antes.
Como si alguna parte de mi memoria estuviera intentando abrir una puerta que llevaba décadas cerrada.
La mujer me miró directamente.
No miró a Mateo.
No miró a Alejandro.
Solo a mí.
—Has crecido —dijo.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién es usted?
La mujer sonrió tristemente.
—Esa pregunta debería habértela respondido hace muchos años.
Mateo dio un paso adelante.
—No se acerque.
Ella levantó las manos.
—No vengo a hacerles daño.
—¿Quién es usted?
La mujer volvió a mirarme.
—Me llamo Teresa.
Alejandro dejó escapar un suspiro.
—Teresa…
Ella giró hacia él.
—Hola, Alejandro.
Él bajó la mirada.
—Creí que habías muerto.
—Eso creíste porque era necesario.
—¿Quién te hizo desaparecer?
Teresa tardó unos segundos en responder.
—La misma persona que hizo desaparecer a Isabel.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Conocía a mi madre?
Teresa me miró.
—Yo ayudé a recibirte cuando naciste.
Me quedé inmóvil.
—¿Era enfermera?
—Sí.
—¿Trabajaba en la clínica Santa Elena?
Asintió.
—Sí.
Sentí que mis manos comenzaban a temblar.
—Entonces usted sabe qué ocurrió aquella noche.
—Sé una parte.
—¿Cuál?
Teresa entró finalmente en la habitación.
Cerró la puerta detrás de ella.
—Sé que nacieron dos niñas.
La miré fijamente.
—¿Cuál de ellas soy yo?
Teresa no respondió inmediatamente.
Miró a Alejandro.
Después a Mateo.
Y finalmente volvió a mirarme.
—Eso es precisamente lo que he venido a decirte.
Nos sentamos alrededor de una mesa.
Nadie hablaba.
Teresa colocó su bolso sobre la mesa.
Sacó una carpeta.
Era vieja.
Muy vieja.
Las esquinas estaban gastadas y algunas hojas parecían haber sido dobladas cientos de veces.
—Conservé esto durante cuarenta años.
—¿Por qué?
—Porque sabía que algún día necesitarías saber la verdad.
—¿Por qué yo?
Teresa me miró.
—Porque eras la única persona que podía sobrevivir a ella.
Aquella frase me produjo un escalofrío.
—No entiendo.
—Lo entenderás.
Abrió la carpeta.
La primera página tenía una fecha.
17 DE OCTUBRE DE 1985.
Debajo aparecía un nombre.
ISABEL RIVAS.
Mi respiración se detuvo.
—Mi madre.
Teresa asintió.
—Llegó a la clínica aproximadamente a la una de la madrugada.
—¿Sola?
—No.
—¿Quién estaba con ella?
Teresa miró a Alejandro.
—Él.
Alejandro cerró los ojos.
Yo lo miré.
—¿Estuviste con ella?
—Sí.
—¿Durante todo el parto?
—Sí.
—¿Y Julián?
Alejandro negó.
—No estaba allí.
Algo se acomodó dentro de mi cabeza.
—Entonces Julián no me conoció esa noche.
—No.
—Pero después me crió.
—Sí.
—¿Por qué?
Teresa tomó aire.
—Porque Isabel sabía que algo iba a ocurrir.
—¿Qué cosa?
—Que intentarían quitarle a su hija.
Mi corazón se aceleró.
—¿A mí?
—A ti.
—¿Por qué?
Teresa bajó la voz.
—Porque tú eras importante.
—¿Importante para quién?
—Para Esteban.
Sentí un frío recorrerme la espalda.
—¿Por qué?
Teresa miró a Alejandro.
—Porque tú eras la prueba.
—¿Prueba de qué?
Nadie respondió.
Golpeé suavemente la mesa.
—¡Quiero saberlo!
Teresa abrió otra página.
—Isabel había descubierto algo.
—¿Qué?
—Documentos.
—¿Qué documentos?
—Registros de nacimientos.
—¿Y qué tenían de especial?
Teresa me miró.
—Demostraban que Esteban había estado comprando identidades durante años.
Mateo se tensó.
—¿Para qué?
—Para construir una red.
—¿De qué tipo?
—Personas sin pasado.
Aquellas palabras me hicieron estremecer.
—Niños.
Teresa asintió.
—Niños que podían convertirse en quienes ellos necesitaban.
Mateo apretó los puños.
—¿Y nosotros?
Teresa lo miró.
—Ustedes fueron los últimos.
Sentí que el aire se volvía pesado.
—¿Los últimos?
—Sí.
—¿Cuántos éramos?
Teresa pasó varias páginas.
—Cuatro niños estaban destinados a formar parte del intercambio.
La fotografía volvió a mi mente.
Elena.
Lucía.
Isabel.
Mateo.
—Nosotros cuatro.
—Sí.
—Pero yo nací a las 02:17.
—Sí.
—¿Y la otra niña?
Teresa cerró los ojos.
—03:04.
—¿Quién era?
La mujer tardó en responder.
—No lo sé.
Sentí una punzada.
—Usted estaba allí.
—Sí.
—Entonces debería saberlo.
—Yo recibí a la primera niña.
—¿A mí?
—Sí.
—¿Y qué ocurrió?
Teresa miró la carpeta.
—A las 02:17 nació una niña.
Mi corazón latía cada vez más rápido.
—Isabel la tomó en brazos.
Una lágrima apareció en sus ojos.
—Y lloró.
—¿Por qué?
—Porque sabía que quizá sería la última vez que la tendría.