A Los 46 DescubrÍ El Secreto Que CambiÓ Mi Vida

CAPÍTULO 24 LA MUJER QUE QUERÍA RECUPERAR MI VIDA

“Hola, Elena.

Ha llegado el momento de devolverte mi vida.

Ven sola.”

Leí el mensaje una vez.

Después otra.

Y otra.

No podía apartar los ojos de aquellas palabras.

La fotografía seguía en mi mano.

La mujer que aparecía allí tenía algo que me resultaba imposible ignorar.

Sus ojos.

No eran simplemente parecidos a los míos.

Eran iguales.

Había algo en aquella mirada que parecía pertenecerme.

Como si estuviera viendo una versión de mí misma que hubiera envejecido en otra vida.

Una vida que no había vivido.

—¿Qué dice? —preguntó Mateo.

No respondí.

—Elena.

Le entregué el teléfono.

Mateo leyó.

Su rostro se endureció.

—No vas a ir.

—Tengo que hacerlo.

—No.

—Dice que es la verdadera Aura.

—Eso no significa que lo sea.

—Necesito saberlo.

—Y ella sabe que necesitas saberlo.

Levanté la mirada.

—¿Qué quieres decir?

—Que puede estar manipulándote.

—Todos me han manipulado.

—Precisamente.

Se acercó.

—No puedes ir sola.

—El mensaje dice que vaya sola.

—Entonces no irás.

—Mateo…

—No.

Su voz no era autoritaria.

Era desesperada.

—No puedo perderte ahora.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Y si esa mujer realmente es Aura?

—Entonces la encontraremos.

—¿Y si no?

—Entonces también.

—¿Y si sabe quién soy?

—Lo descubriremos.

—¿Y si tiene pruebas?

Mateo me tomó las manos.

—Las pruebas no desaparecen porque tú vayas acompañada.

Lo miré.

Tenía razón.

Pero había algo que no le estaba diciendo.

Había una parte de mí que necesitaba enfrentar aquella mujer a solas.

No porque confiara en ella.

Sino porque necesitaba escuchar de su propia boca quién decía ser.

Necesitaba mirarla a los ojos.

Necesitaba saber si aquella extraña sensación que había experimentado al ver su fotografía era miedo…

o reconocimiento.

—Voy a ir —dije.

Mateo negó.

—No sola.

—Sí.

—No.

—Mateo…

—No puedo permitirlo.

—No tienes que permitirme nada.

Sus ojos se humedecieron.

—No estoy intentando controlarte.

—Entonces no lo hagas.

—Estoy intentando protegerte.

—Ya pasé toda mi vida siendo protegida.

Mi voz se quebró.

—Y mira dónde terminé.

Mateo guardó silencio.

—No quiero otra persona decidiendo por mí.

—Entonces decide tú.

—Eso haré.

—¿Y qué decides?

Lo miré.

—Que voy.

Mateo respiró profundamente.

—Entonces yo iré contigo.

—No.

—No me importa lo que diga el mensaje.

—Si vienes, quizá no aparezca.

—Entonces encontraremos otra forma.

—¿Y si esa mujer es peligrosa?

—Por eso voy.

—¿Y si intenta hacerte daño?

—No pienso dejarte sola frente a ella.

Nos quedamos mirándonos.

Finalmente bajé la mirada.

—Está bien.

—¿Qué?

—Puedes acompañarme.

Mateo sonrió ligeramente.

—Sabía que terminarías aceptando.

—No te acostumbres.

—Nunca.

Y durante unos segundos sonreí.

Una sonrisa pequeña.

Frágil.

Pero real.

Porque, después de todo lo ocurrido, todavía existía algo que nadie había podido destruir.

Nosotros.

La dirección estaba a casi una hora.

Era una zona antigua, alejada del centro.

Una calle estrecha.

Casas viejas.

Árboles enormes.

La ubicación señalaba una propiedad abandonada.

Cuando llegamos, Mateo apagó el motor.

Miré por la ventana.

La casa me produjo una sensación inmediata.

La conocía.

No sabía cómo.

Pero la conocía.

—Aquí estuve.

Mateo me miró.

—¿Segura?

—Sí.

—¿Cuándo?

—No lo sé.

La casa tenía una puerta azul.

Una ventana redonda.

Y un pequeño jardín.

Me bajé del automóvil.

Cada paso hacia la entrada hacía que algo dentro de mí se moviera.

Recuerdos.

Fragmentos.

Una bicicleta.

Una muñeca.

Una mujer.

Una niña corriendo.

Mateo caminaba detrás.

—¿Qué recuerdas?

—Una canción.

—¿Cuál?

Comencé a tararearla.

Mateo abrió los ojos.

—Yo conozco esa canción.

—¿Cómo?

—Mi madre la cantaba.

Sentí un escalofrío.

—¿Marina?

Asintió.

—Sí.

Nos miramos.

La misma canción.

El mismo lugar.

Dos niños.

Una historia que todavía no comprendíamos.

La puerta estaba abierta.

Entramos.

El olor a humedad llenaba la casa.

Había polvo.

Muebles cubiertos.

Fotografías rotas.

Y en la pared…

un retrato.

Me acerqué.

Era una fotografía de cuatro niños.

La misma fotografía.

Pero esta vez pude reconocerlos.

Lucía.

Mateo.

Isabel.

Y una niña que no era yo.

—Ella es Aura.

Mateo se acercó.

—Sí.

—¿Cómo sabes?

—Porque ya la vi.

—¿Dónde?

—En mis recuerdos.

Me quedé helada.

—¿Qué recuerdas?

Mateo señaló la fotografía.

—Ella estaba allí cuando éramos niños.

—¿Y yo?

—Tú también.

—¿Cómo?

—No lo sé.

Entonces escuchamos un ruido.

Una puerta se cerró arriba.

Mateo me miró.

—Hay alguien.

Subimos.

Cada escalón crujía.

Llegamos a un pasillo.

Al final había una puerta.

La abrimos.

La habitación estaba vacía.

Excepto por una silla.

Sobre la silla había una caja.

Y sobre la caja…

una fotografía.

Me acerqué.

Era yo.

Pero tenía seis años.

Estaba sentada en aquella misma habitación.

Y junto a mí había otra niña.

La verdadera Aura.

Nos mirábamos.

Y ambas sonreíamos.




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