A Los 46 DescubrÍ El Secreto Que CambiÓ Mi Vida

Capítulo 56: Antes de que yo naciera, tú ya me estabas esperando

—Que él ya había conocido a Amalia antes de que Amalia naciera.

Las palabras de Julián quedaron suspendidas sobre nosotros, más pesadas que la lluvia que golpeaba las lápidas, más oscuras que la sombra de los cipreses y mucho más dolorosas que cualquiera de las confesiones que habíamos escuchado durante aquellas semanas interminables.

Miré a Mateo.

Él me miró a mí.

No había reconocimiento en sus ojos. No había una memoria recuperada ni una sonrisa que anunciara que, de pronto, todo encajaba. Solo había desconcierto, miedo y una desesperación que me resultaba insoportablemente familiar.

—Explíquese —dije.

Mi voz salió tan baja que apenas pude reconocerla.

Julián guardó el documento en el bolsillo de su abrigo.

—No aquí.

—No.

El anciano se detuvo.

—¿Cómo?

Me acerqué a él.

—He pasado cuarenta años sin saber quién era. He escuchado a desconocidos hablar de mi nacimiento como si hubieran estado allí, he visto a personas asegurar que eran mis padres y he descubierto que quienes me criaron escondieron cosas que podrían haber cambiado toda mi vida. No voy a seguir a nadie a otra habitación, otra casa o un sótano para escuchar una nueva versión de mi historia.

Señalé el documento que acababa de guardar.

—Quiero saber ahora qué significa que Mateo me conociera antes de que yo naciera.

Julián observó a Mateo.

—Significa que él estuvo presente cuando tu madre llegó al sanatorio.

—¿Qué edad tenía?

—Tres años.

—¿Y yo todavía no había nacido?

—No.

Mateo negó lentamente con la cabeza.

—Eso es imposible. Yo no recuerdo ese lugar.

—Precisamente —respondió Julián—. Te llevaron allí para que dejaras de recordarlo.

Mateo se apartó de nosotros y caminó entre las tumbas.

Lo seguí con la mirada, pero no fui tras él inmediatamente. Sabía que necesitaba unos segundos para enfrentarse a aquella revelación sin sentir que todos esperábamos una reacción determinada.

Yo también los necesitaba.

Tres años antes de mi nacimiento.

Mateo había sido un niño.

Un niño que había conocido a una mujer embarazada, que había estado en un sanatorio y que después había perdido los recuerdos de aquella época.

Pero ¿qué podía significar eso?

¿Había conocido a mi madre biológica?

¿Había conocido a otra niña que más tarde recibiría mi nombre?

¿Había sido testigo de algo que alguien necesitaba ocultar?

¿O todo aquello era otra mentira diseñada para mantenernos atrapados?

—¿Qué hacía un niño de tres años en Santa Aurelia? —pregunté.

Julián tardó en contestar.

—Su madre había muerto.

Mateo se volvió bruscamente.

—¡No sabe nada de mi madre!

—Sé lo que figuraba en el expediente.

—¡Todos dicen que mi madre está muerta! Primero me dijeron que era Inés. Después que era otra mujer. Luego apareció Marina. Ahora resulta que Marina no era mi madre biológica. ¿Cuántas madres más van a inventarme?

Julián aceptó el golpe de aquellas palabras sin defenderse.

—No estoy inventándote una madre, muchacho. Estoy intentando explicarte por qué te llevaron al sanatorio.

—¿Quién me llevó?

—Una mujer llamada Marina.

Mateo soltó una risa amarga.

—La misma Marina que me crio.

—Sí.

—¿Y por qué me llevaría a un lugar así?

Julián bajó la mirada.

—Porque creyó que era la única manera de mantenerte con vida.

Mateo se quedó inmóvil.

Yo sentí un nudo en la garganta.

Otra vez la misma frase.

Mantenerte con vida.

Salvarte.

Protegerte.

Las palabras favoritas de quienes habían destruido nuestras vidas.

—¿De quién intentaba protegerlo? —pregunté.

Julián me miró.

—De Salvador.

El nombre pareció enfriar el aire.

Incluso después de todo lo que habíamos descubierto, Salvador seguía apareciendo en el centro de la historia como una sombra que nunca terminaba de desaparecer.

—¿Qué quería de Mateo? —insistí.

—Quería que el niño olvidara a su madre.

—¿Por qué?

—Porque ella había descubierto algo sobre el programa de identidades. Algo que podía demostrar que varios de los niños registrados como muertos seguían vivos y que algunas de las personas que figuraban como padres no tenían relación biológica con ellos.

—¿Y Mateo sabía eso a los tres años?

—No sabía explicarlo. Pero había visto algo que no debía.

Mateo volvió a acercarse.

—¿Qué había visto?

Julián respiró profundamente.

—A una mujer cambiando las pulseras de dos bebés.

Sentí que el mundo se detenía.

Las pulseras.

Los registros.

Las identidades intercambiadas.

La escena que mi madre adoptiva había dejado escondida en aquella grabación.

—¿Mateo vio a mi madre adoptiva? —pregunté.

—Sí.

—¿Cambió las pulseras delante de él?

—No exactamente. La vio entrar en una habitación con dos bebés y salir con uno solo. Después vio a Marina llevarse al otro.

Mateo se llevó una mano a la cabeza.

—Yo no recuerdo nada.

—Lo sé.

—¿Y cómo sabe que era yo?

Julián sacó una fotografía del bolsillo.

Estaba doblada por la mitad y tenía una mancha oscura en una esquina.

La abrió con cuidado.

En ella aparecía un niño pequeño, de cabello castaño, sentado en el suelo de una habitación blanca. Tenía los ojos grandes y una expresión de tristeza que me apretó el corazón.

A su lado, una mujer joven sostenía a un bebé envuelto en una manta.

La mujer era Marina.

El niño era Mateo.

No había ninguna duda.

Reconocí la pequeña marca de su muñeca y la forma en que inclinaba la cabeza cuando estaba asustado.

En el reverso de la fotografía aparecía una fecha.

17 de octubre de 1985.

Debajo, una frase escrita a mano:

Samuel no debe olvidar a la niña que todavía no ha nacido.




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