—Valeria.
Pronuncié su nombre y sentí que algo dentro de mí se partía.
No porque acabara de descubrirlo.
Sino porque, en algún lugar de mi memoria que llevaba cuarenta años enterrado, yo ya lo sabía.
Lo había sabido siempre.
Solo que alguien había conseguido convencerme de que no.
El cementerio permanecía en silencio.
El viento movía las ramas de los árboles.
Las primeras luces de la mañana apenas comenzaban a atravesar la niebla.
Y frente a mí estaba Lucía.
Mi hermana.
La niña de la pulsera roja.
La niña que durante tantos años había creído perdida.
La niña que había aparecido en mis recuerdos como un fantasma.
La niña que ahora era una mujer.
Lloraba.
Yo también.
Nos abrazamos nuevamente.
Esta vez con desesperación.
Como si las dos supiéramos que, si nos separábamos, alguien podría volver a quitarnos la una de la otra.
—Pensé que habías muerto —le dije.
Lucía cerró los ojos contra mi hombro.
—Yo también pensé que tú habías muerto.
Me aparté lentamente.
—¿Qué?
—Durante muchos años.
—¿Por qué?
Ella me miró.
—Porque eso fue lo que me dijeron.
—¿Quién?
Lucía bajó la mirada.
—Valeria.
Sentí un escalofrío.
Gabriel dio un paso hacia nosotros.
—Lucía, tenemos que irnos.
Ella lo miró.
—No.
Gabriel se detuvo.
—¿Qué?
—Esta vez no.
Su voz cambió.
Ya no era la de una mujer que acababa de reencontrarse con su hermana.
Era la voz de alguien que había esperado demasiado tiempo para decir algo.
—Durante cuarenta años todos han decidido cuándo podía hablar.
Miró a Marina.
—Tú.
Después a Gabriel.
—Tú.
Finalmente a Ricardo.
—Y tú.
Ricardo bajó la mirada.
—No fue así.
Lucía soltó una risa amarga.
—Siempre dicen lo mismo.
Me tomó de las manos.
—Pero ahora estoy frente a Amalia.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Y ahora voy a contarle la verdad.
Nos alejamos de la tumba.
Nos sentamos bajo un árbol viejo.
Nadie hablaba.
Yo no podía dejar de mirar a Lucía.
Había algo en sus facciones que me resultaba dolorosamente familiar.
La forma de sonreír.
La manera de fruncir el ceño.
Incluso el modo en que inclinaba la cabeza cuando estaba nerviosa.
Era como verme a mí misma en otra vida.
—¿Cuánto recuerdas? —pregunté.
Lucía respiró profundamente.
—Más de lo que debería.
—¿Qué significa eso?
—Que también intentaron borrar mi memoria.
—¿Quién?
—Valeria.
Otra vez aquel nombre.
Sentí que el corazón me golpeaba.
—¿Por qué?
Lucía miró hacia Gabriel.
—Porque yo fui la primera en descubrirlo.
—¿Descubrir qué?
—Que el archivo no era un archivo.
Fruncí el ceño.
—No entiendo.
—Todos hablaban de él como si fuera una caja con nombres, fotografías y documentos.
—¿Y no lo era?
—No completamente.
Lucía se inclinó hacia mí.
—El verdadero archivo era una memoria.
Sentí un escalofrío.
—¿La memoria de quién?
Lucía me miró.
—De nosotros.
Mateo se acercó.
—¿Los cinco?
Lucía negó.
—De muchos más.
—¿Cuántos?
—Ciento treinta y siete.
El mismo número.
El número que Valeria había mencionado.
Pero ahora tenía un significado diferente.
—¿Qué recuerdas? —pregunté.
Lucía cerró los ojos.
—Una habitación.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—¿Qué había allí?
—Camas.
—¿Un hospital?
—No.
Negó lentamente.
—Era un lugar donde nos enseñaban cosas.
—¿A niños?
—Sí.
—¿Qué cosas?
Lucía abrió los ojos.
—A olvidar.
Sentí un frío intenso.
—¿Cómo?
—Nos enseñaban a responder a nombres diferentes.
Mateo frunció el ceño.
—¿A todos los niños?
—Sí.
—¿Por qué?
—Para que nadie pudiera encontrarlos.
—¿Quiénes?
Lucía miró a Gabriel.
—Los compradores.
Mateo palideció.
—¿Compradores?
Gabriel intervino.
—Lucía…
—No.
Ella levantó una mano.
—Ya no.
—No es tan sencillo.
—Nunca fue sencillo.
Lucía se puso de pie.
—Los niños no eran vendidos como personas.
Me quedé inmóvil.
—¿Entonces?
—Eran vendidos como identidades.
El silencio fue absoluto.
—Explícate.
—Una persona podía desaparecer.
—¿Desaparecer?
—Morir legalmente.
—¿Y después?
—Alguien podía asumir su identidad.
Sentí náuseas.
—¿Por dinero?
—Por dinero.
—¿Poder?
—También.
—¿Protección?
Lucía asintió.
—Algunas veces.
—¿Y quién lo controlaba?
Lucía miró hacia la tumba.
—Al principio, Elvira.
—¿Elvira?
—Sí.
—Pero Gabriel dijo que Valeria…
—Valeria llegó después.
—¿Y qué hizo?
Lucía respiró profundamente.
—Valeria creyó que podía utilizar el sistema para proteger a los niños.
—¿Y después?
—Después descubrió que el sistema era demasiado poderoso.
—¿Quién lo controlaba?
—Nadie.
Lucía me miró.
—Hasta que ella decidió hacerlo.
Sentí una presión en el pecho.
—Entonces Valeria sí fue la creadora.
Lucía negó.
—No.
—Pero…
—Ella fue la creadora de una parte.
—¿Cuál?
—La memoria.
Aquella palabra volvió a aparecer.
Memoria.
Siempre memoria.
Como si toda nuestra vida hubiera sido construida alrededor de ella.
—¿Qué significa?
Lucía tomó una rama del suelo y dibujó una línea sobre la tierra.
—Había dos sistemas.
—¿Dos?
—Uno cambiaba documentos.
—Identidades.
—Sí.
—¿Y el otro?
Lucía levantó la mirada.
—Cambiar recuerdos.