No abras.
Las palabras de mi madre seguían resonando en mi cabeza.
Pero había algo todavía más fuerte.
El sonido de aquellos golpes.
Tres.
Pausa.
Tres.
Era la misma señal que habíamos escuchado horas antes.
La misma señal que había utilizado alguien de la familia de Mateo.
La misma señal que, según mi madre, podía significar que quien estaba detrás de la puerta sabía perfectamente cómo entrar en nuestras vidas.
Me quedé inmóvil.
Mi mano estaba a pocos centímetros del picaporte.
Al otro lado estaba el hombre que todos creíamos muerto.
Alejandro.
Mi padre.
El hombre cuya existencia había cambiado mi vida sin siquiera estar presente.
El hombre que había escrito cartas para mí.
El hombre que había amado a mi madre.
El hombre que, según todos los documentos, había muerto siete años atrás.
Y ahora estaba allí.
Vivo.
O eso parecía.
—No abras —repitió mi madre.
Me volví.
—¿Por qué?
Ella estaba pálida.
—Porque no sé quién es.
—Acabas de decir que es Alejandro.
—Dije que se parece a él.
—¿No sabes reconocer al hombre con quien estuviste casada?
Mi madre cerró los ojos.
—Han pasado más de cuarenta años.
—Pero…
—Elena, hay cosas que tú todavía no entiendes.
—Entonces explícame.
Mi madre me miró con una tristeza profunda.
—No todo el que lleva el rostro de una persona es esa persona.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
Volvieron a llamar.
Tres golpes.
Pausa.
Tres golpes.
—Gabriela —dijo una voz desde afuera.
Mi madre dejó de respirar.
Yo también.
Aquella voz era masculina.
Grave.
Tranquila.
Pero tenía algo familiar.
Demasiado familiar.
Mi madre se levantó lentamente.
—No.
—¿Qué pasa?
—No puede ser.
—¿Qué?
—Esa voz…
Volvió a escucharse.
—Gabriela, sé que estás ahí.
Mi madre retrocedió.
—Es él.
—¿Alejandro?
Ella asintió.
—Sí.
—Entonces tenemos que hablar con él.
—No.
—¿Por qué?
Mi madre me agarró del brazo.
—Porque la última vez que vi a Alejandro…
Su voz se quebró.
—Estaba muerto.
Sentí un frío terrible.
—¿Qué?
—Yo lo vi morir.
El mundo pareció detenerse.
—Entonces…
—El hombre de afuera no puede ser Alejandro.
Retrocedimos hacia la habitación.
Yo no podía dejar de mirar la puerta.
Mi mente intentaba encontrar una explicación.
Un hermano.
Un gemelo.
Un impostor.
Una persona idéntica.
Cualquier cosa.
Pero ninguna parecía posible.
—¿Tenía un hermano? —pregunté.
Mi madre negó.
—No.
—¿Un primo?
—No tan parecido.
—¿Alguien que pudiera hacerse pasar por él?
Mi madre permaneció callada.
—Mamá.
Ella respiró profundamente.
—Había un hombre.
—¿Quién?
—Su nombre era Esteban.
—¿Esteban qué?
—Esteban Salvatierra.
El apellido me golpeó.
—¿De la familia?
—Sí.
—¿Qué relación tenía con Alejandro?
Mi madre dudó.
—Eran demasiado parecidos.
—Eso no responde.
—Eran hermanos.
Me quedé inmóvil.
—Pero dijiste que Alejandro no tenía hermanos.
—Eso es lo que todos creían.
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
—Entonces…
—Esteban era un hijo oculto.
—¿De quién?
Mi madre me miró.
—Del padre de Alejandro.
Sentí que las piezas comenzaban a formar otra figura.
—¿Y qué pasó con él?
Mi madre bajó la mirada.
—Desapareció.
—¿Cuándo?
—Antes de que nacieras.
—¿Y podría ser él?
—No lo sé.
—Pero tú lo conocías.
—Sí.
—¿Cómo era?
Mi madre cerró los ojos.
—Cruel.
Una palabra.
Solo una.
Pero fue suficiente.
Escuchamos el motor del automóvil de Mateo.
Mi madre respiró aliviada.
—Gracias a Dios.
Me acerqué a la ventana.
Mateo bajó del vehículo con una bolsa.
Pero entonces vi algo.
Miró hacia el automóvil negro estacionado frente a la casa.
Se quedó quieto.
Después miró hacia la puerta.
Y comprendí que sabía que alguien estaba allí.
Mateo sacó su teléfono.
Lo observó.
Luego guardó la bolsa.
Se acercó.
La puerta se abrió antes de que pudiera tocarla.
El hombre estaba allí.
Lo vi claramente.
Y mi corazón se detuvo.
Porque realmente parecía Alejandro.
No una fotografía.
No un recuerdo.
No una imagen borrosa.
Alejandro.
Más viejo, por supuesto.
El cabello gris.
El rostro marcado.
Pero los ojos…
Los mismos ojos que aparecían en todas las fotografías.
Los ojos que yo había heredado.
El hombre miró a Mateo.
—Tú.
Mateo quedó inmóvil.
—¿Quién eres?
El hombre sonrió.
—Deberías saberlo.
—No.
—Tu padre te habló de mí.
Mateo dio un paso atrás.
—Mi padre está muerto.
El hombre negó.
—Tu padre no es quien tú crees.
Mateo apretó los puños.
—Eso ya me lo han dicho demasiadas veces.
El hombre lo miró.
—Entonces empieza a escuchar.
Mi madre apareció detrás de mí.
Cuando el hombre la vio, su expresión cambió.
—Gabriela.
Mi madre no respondió.
—Pensé que estabas muerta.
Ella sonrió tristemente.
—Lo mismo pensé de ti.
El hombre dio un paso hacia nosotros.
Mateo se interpuso.
—No te acerques.
El hombre lo miró.
—Sigues protegiéndola.
Mateo frunció el ceño.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque siempre lo hiciste.
Mi respiración se detuvo.
—¿Siempre?
El hombre miró hacia mí.
—Desde niño.
Mateo quedó confundido.
—¿Qué quieres decir?