La alarma comenzó a sonar con una intensidad insoportable.
Una luz roja se encendió sobre la cama.
Los aparatos comenzaron a emitir sonidos rápidos, desesperados.
Y yo solo podía mirar al hombre que estaba frente a mí.
Al hombre que había esperado toda mi vida sin saber que lo estaba esperando.
Al hombre que había aparecido en mis sueños de niña.
Al hombre cuya fotografía había guardado mi madre.
Al hombre que todos habían enterrado con una identidad que quizá nunca le perteneció.
Alejandro.
Mi padre.
O eso quería creer.
—¡Hagan algo! —grité.
Ricardo corrió hacia los aparatos.
—¡Hay que estabilizarlo!
Julián cerró la puerta.
—¡Tenemos que sacarlo de aquí!
—¿Adónde? —preguntó Mateo.
—A la habitación de al lado.
—¡No hay tiempo!
Alejandro abrió nuevamente los ojos.
Me miró.
Y, a pesar del caos, volvió a pronunciar mi nombre.
—Elena…
Me acerqué.
—Estoy aquí.
Su mano se movió débilmente.
La tomé.
Era una mano fría.
Demasiado delgada.
Pero cuando sus dedos rodearon los míos, sentí algo que no podía explicar.
Una sensación de reconocimiento.
Como si una parte de mí hubiera estado esperando ese contacto durante cuarenta y seis años.
—Papá…
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Hija…
Aquella palabra me atravesó.
No sabía si debía creerle.
No sabía si tenía derecho a llamarlo así.
Pero en ese instante no me importó.
Solo quería que siguiera respirando.
—No te mueras ahora —susurré.
Él intentó sonreír.
—He esperado demasiado…
—Entonces quédate.
—No sé cuánto tiempo…
—Quédate.
Apreté su mano.
—Por favor.
Alejandro cerró los ojos.
Los aparatos seguían sonando.
Ricardo se inclinó sobre él.
—Alejandro, tienes que resistir.
Alejandro abrió los ojos lentamente.
Miró a Ricardo.
Y por primera vez vi algo diferente en su rostro.
No era cariño.
No era miedo.
Era desprecio.
—Tú…
Ricardo bajó la mirada.
—Sí.
—¿Por qué… la trajiste?
Ricardo me miró.
—Porque tenía que saber.
Alejandro volvió a mirarme.
—No.
Su voz apenas era audible.
—Todavía no.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Todavía no qué?
Alejandro intentó incorporarse.
—No debes saber…
—¿Qué?
—Quién…
Se quedó sin fuerzas.
—¿Quién qué?
No respondió.
La alarma aumentó.
Julián gritó:
—¡Hay que moverlo!
Mateo y Ricardo comenzaron a levantar la cama.
Yo no solté la mano de Alejandro.
No quería volver a perderlo.
No después de encontrarlo.
No otra vez.
Lo trasladamos a una habitación más segura.
Allí había un pequeño equipo médico.
No entendía de dónde había salido.
No entendía quién había mantenido a Alejandro allí durante siete años.
No entendía nada.
Pero mientras los demás intentaban estabilizarlo, yo permanecí a su lado.
Observándolo.
Buscando en su rostro alguna respuesta.
Alguna señal.
Algo que pudiera decirme si realmente era el hombre que había imaginado durante tantos años.
Finalmente, el sonido de los aparatos comenzó a estabilizarse.
Una persona que estaba con nosotros salió de la habitación.
—Está fuera de peligro inmediato.
Sentí que podía volver a respirar.
—¿Podemos hablar con él?
—Muy poco.
—¿Está consciente?
—Sí.
—Necesito verlo.
La persona asintió.
Entré.
Alejandro estaba despierto.
Me miró.
—Ven.
Me acerqué.
—¿Cómo te sientes?
Sonrió débilmente.
—Como un hombre que debería haber muerto hace mucho tiempo.
—¿Por qué no moriste?
—Porque hubo personas que se negaron a dejarme morir.
—¿Quiénes?
Miró hacia la puerta.
—Algunas personas que hoy están aquí.
Me senté.
—Necesito respuestas.
—Lo sé.
—No quiero que vuelvas a desaparecer.
—No puedo prometerte que no lo haré.
Sentí un vacío.
—¿Por qué?
—Porque hay personas que todavía me buscan.
—¿Esteban?
Alejandro cerró los ojos.
—Esteban es solo una parte del problema.
—¿Quién más?
—Alguien que todavía no conoces.
—¿Quién?
—Una mujer.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
Alejandro me miró.
—La mujer que realmente comenzó todo.
No podía soportarlo.
Toda mi vida había sido una sucesión de respuestas incompletas.
Cada secreto abría otro.
Cada nombre escondía otro nombre.
Cada muerte tenía otra identidad.
Cada padre parecía no ser mi padre.
Cada madre parecía no ser mi madre.
—Alejandro…
—¿Sí?
—¿Eres mi padre?
Me miró durante varios segundos.
No respondió inmediatamente.
Finalmente dijo:
—Sí.
Sentí que algo dentro de mí se quebraba.
No sabía si era dolor.
O alivio.
—¿Biológico?
—Sí.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Entonces todo lo que me dijeron…
—No todo fue mentira.
—Pero me dijeron que Julián era mi padre.
—Julián fue tu padre.
—Pero no biológico.
—No.
—Y Gabriela…
Alejandro bajó la mirada.
—La mujer que te crió te amó.
—¿Era mi madre?
—Sí.
—¿Biológicamente?
Silencio.
Mi corazón se aceleró.
—Alejandro.
Él respiró profundamente.
—No.
Sentí que el mundo se detenía.
—Entonces Clara…
—Clara es tu madre biológica.
Las lágrimas siguieron cayendo.
—¿Y por qué Gabriela me crió?
—Porque Clara no podía hacerlo.
—¿Por qué?
Alejandro miró hacia la ventana.
—Porque había cometido un error.
—¿Qué error?
—Se enamoró del hombre equivocado.