No dormí.
Cada vez que cerraba los ojos veía la misma fotografía.
Alejandro.
Mi madre.
La mujer desconocida.
El bebé.
Y aquel hombre que había aparecido durante unos segundos detrás del volante del automóvil negro.
Había pasado casi toda la noche intentando recordar dónde había visto su rostro.
No era una impresión.
No era una semejanza.
Yo conocía ese rostro.
Lo había visto en alguna de las cajas de mi madre.
Pero no conseguía recordar dónde.
A las cuatro de la mañana dejé de intentarlo.
Me levanté, preparé café y me senté frente a la ventana.
La ciudad comenzaba lentamente a despertar.
Un colectivo pasó por la avenida.
Después otro.
Una mujer caminaba apresurada con una bolsa de pan.
Un hombre abría el negocio de la esquina.
La vida continuaba.
Y, sin embargo, para mí todo había cambiado.
Hasta hacía apenas unos días mi mayor preocupación era reconstruir mi vida después del divorcio.
Ahora estaba intentando descubrir quién era realmente.
A los cuarenta y seis años.
Cuando pensé que ya conocía mi historia.
Qué ironía.
Había pasado años creyendo que conocerse a uno mismo era saber de dónde veníamos.
Ahora comprendía que quizá también significaba atreverse a descubrir aquello que otros habían intentado ocultarnos.
Miré nuevamente el mensaje.
“Si quieres saber quién eres realmente, mañana ve sola al lugar donde comenzó todo.”
No decía quién lo había enviado.
No decía qué encontraría.
Solo una dirección.
La casa donde había nacido.
La casa que no recordaba.
Y una palabra escrita al final:
CLARA.
No sabía quién era Clara.
Pero comenzaba a sospechar que aquella mujer de la fotografía tenía algo que ver con ella.
A las siete de la mañana recibí un mensaje de Mateo.
“¿Dormiste?”
Sonreí sin querer.
Respondí:
“No.”
Su respuesta llegó casi inmediatamente.
“Yo tampoco.”
Me quedé mirando la pantalla.
Escribí:
“Voy a ir.”
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Finalmente llegó su respuesta.
“No.”
Fruncí el ceño.
Escribí:
“No te pregunté.”
Contestó:
“Lo sé.”
“Entonces no intentes decidir por mí.”
Pasaron unos segundos.
“No intento decidir por ti. Intento protegerte.”
Apagué el teléfono.
No quería que nadie me protegiera.
Durante demasiados años había permitido que otros tomaran decisiones por mí.
Mi esposo.
Mi familia.
Incluso mi madre.
No.
Esta vez sería diferente.
Esta vez decidiría yo.
Tomé una ducha.
Me vestí con unos jeans oscuros, una camisa blanca y un abrigo.
Nada elegante.
Nada llamativo.
Quería pasar desapercibida.
Guardé la carta de mi madre en el bolso.
También la fotografía.
Y la pequeña llave.
Antes de salir miré el espejo.
—Vamos, Elena.
Mi reflejo parecía una mujer distinta.
Una mujer que todavía tenía miedo.
Pero que había comenzado a caminar a pesar de él.
Tomé las llaves del automóvil.
Y salí.
La casa donde había nacido estaba a unos cuarenta minutos de distancia.
Durante el trayecto no escuché música.
Necesitaba pensar.
La dirección me llevó hacia una zona que había cambiado mucho con los años.
Calles nuevas.
Edificios.
Comercios.
Pero, al llegar a la última parte del recorrido, algo cambió.
Casas antiguas.
Árboles enormes.
Calles tranquilas.
Y finalmente apareció.
Una vivienda de dos plantas.
Fachada blanca.
Ventanas verdes.
Un jardín descuidado.
Me detuve frente a ella.
No sabía qué sentir.
No recordaba aquella casa.
Sin embargo, algo dentro de mí reaccionó.
Una sensación extraña.
Como si mi cuerpo reconociera un lugar que mi memoria había olvidado.
Bajé del automóvil.
Miré la fachada.
Entonces vi algo.
Una pequeña placa metálica junto a la puerta.
C. R.
Clara.
Sentí un escalofrío.
Subí los escalones.
Antes de tocar el timbre, la puerta se abrió.
Me quedé inmóvil.
Una mujer de aproximadamente setenta años estaba frente a mí.
Cabello completamente blanco.
Ojos claros.
Rostro sereno.
Me observó durante varios segundos.
Y entonces dijo:
—Llegaste.
Mi corazón se aceleró.
—¿Me estaba esperando?
La mujer sonrió tristemente.
—Desde hace muchos años.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Quién es usted?
—Clara.
El mundo pareció detenerse.
La mujer de la fotografía.
La mujer que había desaparecido de la historia de mi madre.
La mujer que todos habían borrado.
Estaba frente a mí.
—¿Clara… qué?
—Clara Rivas.
No pude moverme.
—¿Conoció a mi madre?
—Sí.
—¿Conoció a Alejandro?
Clara bajó la mirada.
—También.
—¿Y a mi padre?
—A Julián, sí.
—¿Quién era realmente Alejandro?
Clara me miró.
Y durante un instante pareció decidir si debía decirme la verdad.
—Entra.
La casa olía a madera y flores.
Era extrañamente acogedora.
Había fotografías por todas partes.
Pero ninguna de ellas mostraba a Alejandro.
Ninguna mostraba a mi madre.
Era como si aquellas personas nunca hubieran existido.
Clara me indicó un sillón.
Me senté.
Ella se acomodó frente a mí.
—Te pareces mucho a tu madre.
—Eso me han dicho.
—No.
Clara negó lentamente.