La puerta comenzó a abrirse lentamente.
Contuve la respiración.
El pequeño cuarto donde Clara me había escondido apenas tenía espacio para una cama, un armario y una ventana que daba al jardín trasero.
Tenía la carta de Alejandro apretada contra el pecho.
No sabía si aquello podía salvarme.
Tampoco sabía si podía condenarme.
Solo sabía que no estaba dispuesta a soltarla.
Escuché los pasos acercándose por el pasillo.
Uno.
Dos.
Tres.
Después, silencio.
La puerta del cuarto se abrió unos centímetros.
Una sombra apareció.
Retrocedí.
Pero antes de que el hombre pudiera entrar, escuché la voz de Clara.
—No tienes derecho a entrar aquí.
El hombre respondió con una calma que me produjo más miedo que cualquier grito.
—Después de tantos años, Clara, todavía sigues creyendo que tienes derecho a decidir quién puede entrar en esta casa.
—Esta casa no es tuya.
—Tampoco era tuya cuando Alejandro te la dejó.
Sentí un escalofrío.
Alejandro le había dejado aquella casa a Clara.
¿Por qué?
¿Qué relación había entre ellos?
—¿Qué quieres? —preguntó Clara.
—Lo mismo que quería hace cuarenta y seis años.
—Ya es demasiado tarde.
—Nunca es demasiado tarde para corregir un error.
—No lo llames error.
El hombre soltó una pequeña risa.
—¿Cómo quieres que lo llame?
—Crimen.
Hubo un silencio.
Después escuché un golpe seco.
Mi corazón se aceleró.
Quise salir.
Pero recordé la orden de Clara.
No salgas.
Me acerqué a la puerta.
La abrí apenas unos centímetros.
Pude ver parte del pasillo.
Clara estaba de pie frente a un hombre de unos setenta años.
Elegante.
Cabello gris.
Abrigo oscuro.
Una mirada fría.
Lo reconocí.
Era el hombre que había visto en la fotografía junto a Alejandro.
El hombre del automóvil.
El hombre que me había llamado.
El padre de Mateo.
Mi respiración se cortó.
Él no sabía que yo estaba allí.
Todavía.
—¿Dónde está? —preguntó.
—No sé de qué hablas.
—Sabes perfectamente de quién hablo.
—No está aquí.
—Mientes.
—No.
El hombre dio un paso hacia ella.
—Elena está aquí.
Sentí que mi corazón dejaba de latir.
¿Cómo lo sabía?
Clara no respondió.
—Puedo oler el miedo —dijo él—. Y el miedo no es tuyo.
Clara levantó la barbilla.
—No vas a tocarla.
—No quiero tocarla.
—Entonces ¿qué quieres?
—Quiero hablar con ella.
—No te creerá.
—No necesito que me crea.
—¿Entonces?
El hombre bajó la voz.
—Necesito que deje de buscar.
Me quedé inmóvil.
—¿Por qué? —preguntó Clara.
—Porque la verdad destruirá a más personas de las que ella imagina.
—La verdad no destruye.
—A veces sí.
—Las mentiras también.
El hombre permaneció en silencio.
Entonces dijo:
—Julián lo entendió.
El nombre de mi padre adoptivo me atravesó.
Clara se estremeció.
—No vuelvas a mencionarlo.
—¿Por qué? ¿Porque sabes que hizo lo correcto?
—No hizo lo correcto.
—Salvó a la niña.
—Y condenó a todos los demás.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
¿A qué se refería?
¿Qué había hecho realmente Julián?
El hombre continuó:
—Alejandro eligió mal.
—Alejandro eligió proteger a su hija.
—Alejandro eligió destruir una familia.
—¡Porque tú lo obligaste!
Silencio.
Un silencio profundo.
Entonces el hombre dijo algo que me hizo sentir frío.
—Yo no fui quien tomó la decisión aquella noche.
Clara lo miró.
—No.
—Fue él.
—No mientas.
—Pregúntale a Elena.
Clara quedó inmóvil.
—¿Qué estás diciendo?
—Que si quiere saber la verdad, debería preguntarle a su madre.
Sentí lágrimas en los ojos.
Mi madre estaba muerta.
No podía preguntarle nada.
Él lo sabía.
—Mi madre ya no está.
El hombre giró bruscamente hacia la puerta.
Me quedé inmóvil.
Había hablado en voz alta.
Él había escuchado.
Nuestros ojos se encontraron.
Durante unos segundos ninguno se movió.
El hombre sonrió.
No era una sonrisa amable.
Era la sonrisa de alguien que acababa de confirmar una sospecha.
—Hola, Elena.
Sentí un nudo en la garganta.
Salí lentamente del cuarto.
Clara intentó detenerme.
—No.
Pero ya era demasiado tarde.
Me quedé frente a él.
—¿Quién es usted?
—Sabes quién soy.
—Quiero escucharlo de su boca.
—Ricardo.
El nombre me golpeó.
Ricardo Salvatierra.
El periodista.
El hombre cuyo nombre había encontrado en el viejo recorte.
Pero también el hombre que había estado relacionado con Alejandro.
—Usted escribió el artículo sobre la desaparición de mi padre.
—Sí.
—Y usted lo conocía.
—Sí.
—¿Era amigo de él?
Ricardo me observó.
—Fui muchas cosas para Alejandro.
—¿Su enemigo?
—A veces.
—¿Su socio?
—También.
—¿Su familia?
Ricardo guardó silencio.
—No entiendo.
—No tienes que entenderlo todo hoy.
—Estoy cansada de que todos me digan eso.
Mi voz se quebró.
—Durante cuarenta y seis años todos decidieron qué podía saber y qué no. Mi madre. Mi padre. Su familia. La familia de Alejandro. Ahora usted.
Ricardo bajó la mirada.
—Tienes razón.
Aquella respuesta me sorprendió.
—Entonces hable.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque algunas personas todavía viven.
—¿Y?
—Y no todas tienen buenas intenciones.
—¿Está hablando de Mateo?
Ricardo levantó la mirada.
—También.
Sentí una punzada en el pecho.