—Porque esa niña… eres tú.
Las palabras de Aura quedaron suspendidas en el aire.
No entendí lo que estaba viendo.
No entendí cómo podía estar allí, frente a mí, después de todo lo que acababa de ocurrir.
Julián estaba en el suelo.
La sangre comenzaba a extenderse debajo de su cuerpo.
Mateo presionaba la herida con ambas manos.
Y yo sostenía entre mis dedos aquel pequeño medallón.
La fotografía de una bebé.
Una fecha.
17 de octubre de 1985.
Y una frase:
Esta niña nunca murió.
Miré a Aura.
Ella no parecía sorprendida.
Parecía haber estado esperando ese momento durante años.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
Aura dio un paso hacia nosotros.
—Significa que finalmente encontraste la prueba.
—¿La prueba de qué?
—De quién eres.
—¿Quién soy?
Sonrió con tristeza.
—Eso es precisamente lo que llevas toda la vida intentando descubrir.
Mateo levantó la mirada.
—Aléjate.
Aura lo ignoró.
—No tienes derecho a estar aquí —dijo Mateo.
—Tengo más derecho que tú.
Mateo se puso de pie.
—No te acerques a ella.
Aura lo miró.
—¿Todavía crees que puedes protegerla?
—Sí.
—¿Incluso si descubres que no es quien crees?
Mateo dio un paso hacia ella.
—No me importa quién sea.
Sentí un estremecimiento.
—Mateo…
Él se volvió hacia mí.
—Me importa quién eres para mí.
Sus palabras me atravesaron.
Después miró nuevamente a Aura.
—Y eso no puede cambiarlo ningún documento.
Aura soltó una pequeña risa.
No era una risa alegre.
Era una risa cansada.
—Eso mismo decía él.
Señaló a Julián.
—Hasta que llegó el día en que tuvo que elegir.
Miré a Julián.
—¿Elegir qué?
Aura respondió:
—Entre salvarte a ti o salvarme a mí.
Julián abrió los ojos.
—No…
Su voz apenas era audible.
Me arrodillé junto a él.
—Papá.
Él volvió a mirarme.
—No…
—Estoy aquí.
—No la escuches.
Aura dio otro paso.
—Dile la verdad.
Julián cerró los ojos.
—Todavía no.
—Ya no puedes protegerla.
—Sí puedo.
Aura negó.
—No después de esta noche.
Mateo se acercó.
—¿Quién disparó?
Aura permaneció callada.
—¡¿Quién disparó?!
—No fui yo.
—Entonces, ¿quién?
Ella miró hacia la ventana rota.
—Alguien que también está buscando la respuesta.
—¿Quién?
Aura no contestó.
Mateo sacó su teléfono.
—Voy a llamar a una ambulancia.
Julián lo sujetó del brazo.
—No.
—Estás perdiendo sangre.
—No llames a nadie.
—¿Por qué?
—Porque si viene alguien…
Julián respiró con dificultad.
—…vendrán ellos.
Sentí miedo.
—¿Quiénes?
Julián me miró.
—Los que todavía trabajan para Salvador.
Aura intervino:
—Salvador no está muerto.
Julián la miró.
—Eso ya lo sé.
Silencio.
Mateo y yo nos miramos.
—¿Cómo? —pregunté.
Julián respiró lentamente.
—Porque yo lo vi.
Sentí un escalofrío.
—¿Cuándo?
—Hace siete años.
—¿Dónde?
Julián cerró los ojos.
—En el lugar donde comenzó todo.
—¿Dónde?
No respondió.
—¡Papá!
Abrió los ojos.
Y dijo:
—En la clínica Santa Elena.
La clínica.
El nombre volvió a mi memoria como una puerta que alguien hubiera abierto de golpe.
Santa Elena.
El lugar donde, según los documentos, había permanecido mi madre antes de mi nacimiento.
El lugar donde había registros de niños.
El lugar que aparecía en tantas historias contradictorias.
—¿Qué ocurrió allí? —pregunté.
Julián intentó incorporarse.
Mateo lo ayudó.
—No podemos quedarnos aquí.
—¿Por qué?
—Porque ya saben que encontramos la caja.
—¿Quiénes?
Julián miró a Aura.
—Ella lo sabe.
Aura cruzó los brazos.
—Lo sé desde hace años.
—Entonces habla.
Aura respiró profundamente.
—La clínica no era una clínica.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué era?
—Una puerta.
—¿Una puerta hacia dónde?
—Hacia una red.
Mateo frunció el ceño.
—La red de identidades.
Aura asintió.
—Personas sin pasado. Niños con nombres falsos. Familias que desaparecían. Herencias transferidas. Propiedades cambiadas de dueño.
—Salvador —dije.
Aura negó.
—No.
—¿Entonces quién?
—Eso es lo que todavía no sabemos.
Julián soltó una risa débil.
—Ella sabe más de lo que dice.
Aura lo miró.
—Y tú sabes menos de lo que crees.
Julián palideció.
Yo los miré a ambos.
—Basta.
Los dos guardaron silencio.
—Estoy cansada de que todos sepan algo menos yo.
Mi voz se quebró.
—Estoy cansada de que me hablen como si fuera una niña. Como si no pudiera soportar la verdad.
Miré a Aura.
—Quiero saber quién soy.
Después miré a Julián.
—Quiero saber quién era mi madre.
Luego a Mateo.
—Y quiero saber por qué nuestras vidas fueron cruzadas de esta manera.
Mateo tomó mi mano.
—Lo sabremos.
—No.
Lo miré.
—Esta vez no quiero promesas.
Respiré profundamente.
—Quiero pruebas.
Julián señaló el medallón.
—La prueba está ahí.
Lo miré.
—¿La fotografía?
—No.
—¿La inscripción?
—Tampoco.
—Entonces, ¿qué?
Julián señaló el interior del medallón.
Había una pequeña pieza metálica que nunca había notado.
—Ábrelo.
—Ya está abierto.
—No ese lado.
Mateo tomó el medallón.
Lo examinó.
—Hay una segunda tapa.
Con la punta de una navaja consiguió levantar una diminuta placa.
Debajo había algo.