—Aura.
Mi cuerpo dejó de responderme.
No fue miedo.
Fue reconocimiento.
Un reconocimiento tan profundo que parecía venir de un lugar mucho más antiguo que mis recuerdos.
La voz había atravesado la habitación y había llegado directamente a una parte de mí que yo no sabía que existía.
Miré hacia la puerta.
La mujer estaba allí.
No podía ver completamente su rostro porque la luz del pasillo estaba detrás de ella.
Solo distinguía su silueta.
Su cabello.
La forma en que sostenía una mano contra el marco de la puerta.
Y aquellos ojos.
Aquellos ojos que, aun desde la distancia, me resultaban terriblemente familiares.
Mateo se colocó delante de mí.
—No te acerques.
La mujer sonrió.
—Sigues protegiéndola.
—Siempre.
—Incluso ahora.
—Especialmente ahora.
Aura permanecía inmóvil.
El anciano que nos había hablado de Valeria retrocedió.
—No…
La mujer giró la cabeza hacia él.
—Tú.
El anciano palideció.
—Pensé que habías muerto.
—Todos lo pensaron.
—¿Quién eres? —preguntó Mateo.
La mujer dio un paso hacia nosotros.
La luz iluminó finalmente su rostro.
Y sentí que el corazón me golpeaba con tanta fuerza que tuve que apoyarme contra la pared.
Era una mujer mayor.
Pero no demasiado.
Tal vez sesenta años.
Tenía el cabello oscuro con algunas canas.
Una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda.
Y una mirada idéntica a la de las fotografías que habíamos encontrado.
Era ella.
La mujer de los documentos.
La mujer de los sueños.
La mujer que había aparecido junto a Valeria.
La mujer cuyo rostro había estado oculto durante décadas.
—Me llamo Valeria —dijo.
Nadie respiró.
Yo tampoco.
—No.
Mi voz salió apenas como un susurro.
—Tú no puedes ser Valeria.
Ella me miró.
—¿Por qué?
—Porque Valeria murió.
—No.
Negó lentamente.
—Valeria desapareció.
Sentí un escalofrío.
—Eso es diferente.
—Exactamente.
Mateo no bajó la guardia.
—¿Eres la madre de Elena y Aura?
Valeria lo miró.
—Soy la madre de una niña.
Su mirada se dirigió hacia mí.
—Y esa niña eres tú.
Aura dio un paso adelante.
—¿Y yo?
Valeria la observó durante unos segundos.
—Tú eres la niña que debía morir.
Aura palideció.
—¿Qué?
—Pero sobreviviste.
—¿Por qué?
Valeria bajó la mirada.
—Porque alguien decidió desobedecerme.
El anciano levantó la cabeza.
—Yo.
Valeria lo miró.
—Sí.
—No pude hacerlo.
—Y por eso murieron otras personas.
El anciano cerró los ojos.
—Lo sé.
Yo sentía que no podía procesar todo.
—Espera.
Todos me miraron.
—Quiero saber la verdad desde el principio.
Valeria se acercó.
—No existe un principio sencillo.
—Entonces dame el más antiguo que recuerdes.
Valeria suspiró.
—Todo comenzó mucho antes de que nacieras.
—¿Con Salvador?
—No.
—¿Con Julián?
—Tampoco.
—¿Con Ricardo?
Valeria negó.
—Comenzó conmigo.
El silencio fue absoluto.
—Yo creé el primer archivo.
Sentí un vacío.
—¿El archivo de identidades?
—Sí.
—¿Por qué?
Valeria miró a Aura.
Después a Mateo.
Finalmente a mí.
—Para salvar niños.
—¿De quién?
—De hombres que compraban niños para darles nuevas identidades.
Mateo frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Dinero.
—¿Herencias?
—Herencias, propiedades, negocios, matrimonios, nombres.
Valeria caminó lentamente por la habitación.
—Había familias que necesitaban un heredero.
—Y ustedes conseguían niños.
—Sí.
—¿Eso hizo Salvador?
—Salvador convirtió mi sistema de protección en un negocio.
Sentí un escalofrío.
—Entonces él tomó tu idea.
—Y la corrompió.
—¿Julián trabajaba para él?
Valeria negó.
—Julián trabajaba para mí.
La noticia me golpeó.
—¿Mi padre?
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijo?
—Porque le pedí que no lo hiciera.
—¿Por qué?
Valeria me miró directamente.
—Porque tú eras la única persona que podía destruir todo.
—No entiendo.
Valeria se acercó.
—Cuando naciste, ya existía una red de identidades falsas.
—Pero yo era un bebé.
—Precisamente.
—¿Qué podía hacer?
—Nada.
—Entonces ¿por qué era peligrosa?
Valeria sonrió tristemente.
—Porque llevabas algo contigo.
—¿Qué?
—Tu memoria.
—Era un bebé.
—No hablo de recuerdos.
Valeria tocó el centro de su pecho.
—Hablo de una marca.
Miré mi brazo.
La cicatriz.
—¿Esta?
Valeria asintió.
—Esa marca no es una cicatriz accidental.
—¿Qué es?
—Un código.
Mateo se acercó.
—¿Un código?
—Sí.
—¿Qué significa?
Valeria respondió:
—Significa que Elena era la niña número diecisiete.
—A-17.
—No.
Negó.
—D-17.
Sentí un escalofrío.
—Entonces Julián tenía razón.
—No completamente.
—¿Qué significa D-17?
Valeria me miró.
—La última niña registrada.
—¿Registrada como qué?
—Como alguien que no debía existir.
La habitación parecía cada vez más pequeña.
—¿Por qué?
Valeria tardó en responder.
—Porque naciste después de tus hermanas.
Miré a Aura.
—¿Mis hermanas?
Valeria asintió.
—Tú y Aura nacieron primero.
—¿Y Lucía?
—Lucía nació después.
—¿Mateo?
Valeria miró al muchacho que amaba.
—Mateo nació la misma noche.
Mateo dio un paso adelante.
—Entonces somos cuatro.
—Sí.
—¿Y por qué nos separaron?
Valeria respondió: