A Los 46 DescubrÍ El Secreto Que CambiÓ Mi Vida

CAPÍTULO 31 La voz del hombre que debía estar muerto

—Amalia… abre la puerta.

Sentí que el corazón se me detenía.

No fue una metáfora.

Por un instante dejó de existir todo lo que había a mi alrededor: la habitación, la luz amarillenta de la lámpara, la respiración agitada de Mateo, el olor a humedad de aquella vieja casa y hasta el sonido de la lluvia golpeando los cristales.

Solo quedó aquella voz.

Una voz masculina.

Grave.

Cansada.

Extrañamente familiar.

Una voz que yo había escuchado antes.

Pero que, según todos los documentos que habíamos encontrado, pertenecía a un hombre muerto hacía cuarenta años.

Gabriel.

Marina se llevó una mano a la boca.

La vi palidecer.

—No… —susurró.

Mateo se puso delante de mí inmediatamente.

—¿Quién es?

Marina no respondió.

—Marina —insistí—. ¿Quién está detrás de esa puerta?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No abras.

Mateo miró hacia la puerta.

—¿Es él?

Marina cerró los ojos.

—Esa es su voz.

Sentí un escalofrío recorrerme desde la nuca hasta los brazos.

—¿Gabriel?

Marina asintió lentamente.

—Gabriel.

Un golpe seco hizo temblar la puerta.

¡PUM!

Mateo dio un paso hacia atrás.

Yo me aferré a su brazo.

—¿Qué hacemos?

Él me miró.

Y aunque intentó ocultarlo, pude ver el miedo en sus ojos.

—No lo sé.

Entonces la voz volvió a escucharse.

—Amalia… sé que estás ahí.

Me quedé inmóvil.

¿Cómo podía saber mi nombre?

No.

¿Cómo podía saber el nombre que durante cuarenta y seis años nadie había pronunciado delante de mí?

El nombre que apenas hacía unas horas había comenzado a recuperar.

Amalia.

Mi verdadero nombre.

O al menos eso creíamos.

—No abras —repitió Marina.

—¿Por qué?

Ella me miró.

Y entonces dijo algo que me heló la sangre.

—Porque Gabriel nunca supo que te llamabas Amalia.

Silencio.

Mateo frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Marina tragó saliva.

—Significa que el hombre que está detrás de esa puerta no puede ser Gabriel.

Otra vez un golpe.

Pero esta vez no fue fuerte.

Fue lento.

Tres golpes.

Uno.

Dos.

Tres.

Como si quien estuviera afuera supiera perfectamente que nosotros estábamos contando.

Después…

nada.

Ni una palabra.

Ni otro golpe.

Solo lluvia.

—Se fue —susurró Mateo.

Marina negó con la cabeza.

—No.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque Gabriel siempre hacía eso.

La miré.

—¿Eso qué?

Marina respiró profundamente.

—Cuando quería saber si alguien tenía miedo… dejaba de hablar.

Un frío extraño se instaló en mi pecho.

No sabía qué era peor.

Que aquella persona hubiera desaparecido…

o que siguiera ahí.

Esperando.

Mateo se acercó a la puerta.

—No —dijo Marina.

—Tengo que mirar.

—No abras.

—No voy a abrir.

Se acercó lentamente y apoyó el oído sobre la madera.

Yo observé cada movimiento.

—¿Escuchas algo?

Negó.

—Nada.

Marina caminó hacia nosotros.

—Apártense.

—¿Qué vas a hacer?

Ella sacó algo de debajo de su abrigo.

Una pequeña llave.

La reconocí inmediatamente.

Era la misma llave que habíamos encontrado junto a la fotografía de Gabriel.

La que llevaba grabado el número 17.

Marina la sostuvo entre los dedos.

—Hay otra salida.

Mateo la miró sorprendido.

—¿Otra salida?

—Sí.

—¿Dónde?

Marina señaló una pared.

—Detrás de ese armario.

Mateo corrió hacia allí.

Entre los tres comenzamos a mover el pesado mueble.

La madera crujió.

El polvo cayó sobre nosotros.

Y entonces apareció algo que no habíamos visto al entrar.

Una pequeña puerta.

Casi invisible.

Sin picaporte.

Solo tenía una cerradura.

Marina introdujo la llave.

La giró.

Clic.

La puerta se abrió.

Del otro lado había una escalera estrecha que descendía hacia la oscuridad.

Mateo encendió la linterna de su teléfono.

—¿A dónde lleva?

—A la vieja bodega.

—¿Y de ahí?

—A la calle.

—¿Cómo sabes todo esto?

Marina lo miró.

—Porque yo viví aquí.

La observé.

—¿Cuándo?

Marina tardó en responder.

—Hace cuarenta años.

Sentí que otra pieza del rompecabezas caía frente a nosotros.

—¿Con Gabriel?

Sus ojos se llenaron de tristeza.

—Sí.

Mateo bajó la voz.

—¿Él vivía aquí?

—Durante un tiempo.

—¿Y tú?

Marina asintió.

—También.

—¿Y mi padre?

Marina cerró los ojos.

—Gabriel era tu padre.

Mateo se quedó inmóvil.

Yo también.

Era la primera vez que ella lo decía sin añadir una posibilidad.

Sin decir “quizá”.

Sin hablar de documentos falsos.

Sin mencionar a Ricardo.

—¿Estás segura? —preguntó Mateo.

Marina abrió los ojos.

—Ahora mismo no puedo estar segura de nada.

Aquella respuesta me dolió más de lo que esperaba.

Mateo bajó la mirada.

Yo tomé su mano.

Él entrelazó sus dedos con los míos.

En medio de aquella oscuridad, fue el único gesto que consiguió devolverme algo de calma.

—Vamos —dijo Marina.

Descendimos.

La escalera parecía no terminar nunca.

Cada peldaño crujía bajo nuestros pies.

El aire se volvió frío.

Húmedo.

El olor a tierra era cada vez más intenso.

Mateo iba delante.

Marina detrás de él.

Yo cerraba la marcha.

Y mientras bajaba, una sensación extraña comenzó a crecer dentro de mí.

Una sensación de reconocimiento.

No sabía por qué.

Pero conocía aquel lugar.

No con la memoria.

Con algo más profundo.

Como si mi cuerpo hubiera estado allí antes.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.