A Los 46 DescubrÍ El Secreto Que CambiÓ Mi Vida

CAPÍTULO 42 La madre que nos había unido con una mentira

—Tu madre biológica fui yo.

No sé cuánto tiempo permanecimos inmóviles después de escuchar aquellas palabras.

Quizá unos segundos.

Quizá una eternidad.

El viento movía las hojas secas del jardín, la puerta de madera crujía suavemente y, en algún lugar de la casa, un reloj continuaba marcando los segundos con una indiferencia que me pareció cruel.

El mundo seguía funcionando.

La noche seguía avanzando.

La vida continuaba.

Pero la mía acababa de detenerse.

Miré a Mateo.

Él me miró a mí.

Y comprendí que los dos estábamos pensando lo mismo.

No.

No podía ser.

No después de todo lo que habíamos atravesado.

No después de las fotografías, los documentos, los recuerdos fragmentados, las identidades falsas y las amenazas que habían intentado convencernos de que nuestro amor estaba construido sobre una prohibición.

No después de haber luchado para descubrir que no éramos hermanos.

No después de habernos prometido que, aunque el mundo entero cambiara nuestros nombres, jamás permitiríamos que alguien decidiera por nosotros a quién debíamos amar.

Y ahora Inés, la mujer que decía ser mi madre, acababa de afirmar que también era la madre biológica de Mateo.

Sentí que sus dedos abandonaban lentamente los míos.

No porque quisiera soltarme.

Sino porque ninguno de los dos sabía si todavía tenía derecho a sostener al otro.

—No —dije.

Mi voz fue apenas un susurro.

Inés me miró desde el umbral.

—Amalia…

—No.

Negué con la cabeza.

—No vuelvas a pronunciar mi nombre como si tuvieras derecho a hacerlo.

La mujer recibió mis palabras sin defenderse.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Lo entiendo.

—No entiendes nada.

Sentí que el dolor comenzaba a transformarse en rabia.

—¡No tienes idea de lo que acabas de hacer!

Mateo permanecía a mi lado, inmóvil, con el rostro completamente pálido.

—¿Es verdad? —preguntó.

Inés cerró los ojos.

—Sí.

—¿Eres mi madre biológica?

—Sí.

—¿Me diste a luz?

—Sí.

Mateo retrocedió un paso.

No gritó.

No lloró.

No hizo ninguna de las cosas que yo habría esperado de una persona que acababa de descubrir semejante secreto.

Simplemente dejó de mirarla.

Y aquella reacción me dolió más que cualquier grito.

Porque Mateo era un hombre que había pasado gran parte de su vida intentando encontrar un lugar al que pudiera llamar hogar.

Había creído que Gabriel era su padre.

Después había descubierto que Ricardo era su padre biológico.

Había aprendido que Samuel era el nombre que le habían dado al nacer.

Había aceptado que Marina, la mujer que lo había criado y amado, no necesariamente era quien decía ser.

Y ahora la mujer que afirmaba haberme dado la vida decía haberlo dado a luz también a él.

¿Cómo podía alguien soportar tantos comienzos nuevos?

¿Cuántas veces podía una persona descubrir que su propia historia era una mentira antes de dejar de confiar incluso en sus recuerdos más queridos?

—¿Dónde está Marina? —preguntó Mateo.

Inés bajó la mirada.

—No lo sé.

—¿Qué le hiciste?

—Nada.

—¿Qué le hiciste a mi madre?

La palabra salió de su boca con una fuerza que hizo temblar a Inés.

Mi madre.

No la mujer que acababa de aparecer en la puerta.

No la mujer que afirmaba haberlo dado a luz.

Marina.

La mujer que lo había criado.

La mujer que lo había protegido.

La mujer que había estado presente cuando nadie más parecía dispuesto a quedarse.

Inés comprendió la diferencia.

—Marina te quiso más de lo que yo habría podido imaginar —dijo.

Mateo apretó los puños.

—No te pregunté cuánto me quiso.

—Lo sé.

—Te pregunté qué le hiciste.

Inés respiró profundamente.

—La ayudé a esconderte.

Mateo soltó una risa amarga.

—¿Esconderme de quién?

—De las personas que querían utilizarte.

—¿Y quiénes eran esas personas?

Inés miró a Ricardo.

Él no levantó la cabeza.

Después miró a Valeria.

Valeria comenzó a llorar.

Finalmente volvió a mirar a Mateo.

—Tu padre.

Ricardo cerró los ojos.

Mateo lo observó con una expresión que jamás olvidaré.

—¿Tú?

Ricardo no respondió.

—¿Tú querías utilizarme?

—No.

—Entonces ¿por qué mi madre biológica dice que me escondió de ti?

Ricardo levantó lentamente la cabeza.

—Porque hay cosas que hice de las que no estoy orgulloso.

Mateo dio un paso hacia él.

—Eso no responde a mi pregunta.

—No.

Ricardo tragó saliva.

—No la responde.

Y por primera vez desde que lo conocía, no intentó escapar de su propia culpa.

No entramos inmediatamente en la casa.

Nadie parecía dispuesto a cruzar aquella puerta.

La casa de Inés había dejado de ser una promesa de respuestas.

Ahora era otra habitación cerrada.

Otro lugar donde alguien había guardado una parte de nuestra vida.

Otro escenario en el que probablemente descubriríamos que la verdad era más cruel de lo que habíamos imaginado.

Mateo se apartó de mí.

Lo vi caminar hasta el jardín y detenerse junto a un árbol.

Se pasó las manos por el rostro.

Respiró.

Después volvió a hacerlo.

Yo conocía aquella manera de luchar contra el dolor.

Lo había visto muchas veces intentar aparentar fortaleza cuando por dentro se estaba derrumbando.

Quise acercarme.

Quise abrazarlo.

Quise decirle que todo estaría bien.

Pero ¿cómo podía prometerle algo semejante?

¿Cómo podía asegurarle que seguiríamos juntos si ni siquiera sabíamos qué lugar ocupábamos en nuestras propias familias?

Me quedé inmóvil.

Mateo levantó la cabeza y me miró desde el otro extremo del jardín.

Nuestros ojos se encontraron.




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