—Y yo era la única persona que todavía podía recordar su rostro.
Las palabras de Salvador quedaron suspendidas entre nosotros.
No sabía qué sentir.
No sabía si debía acercarme a él o alejarme.
No sabía si estaba delante de mi padre, de un impostor o de otro hombre dispuesto a añadir una nueva mentira a la interminable colección de mentiras que había sido mi vida.
Solo sabía una cosa:
había reconocido sus ojos.
No el rostro.
No el nombre.
No la voz.
Los ojos.
Porque esos ojos habían aparecido en mis recuerdos de niña.
Los había visto junto a un árbol.
En una casa blanca.
En una habitación iluminada por el sol.
Había sentido una mano sobre mi cabeza.
Y una voz diciéndome:
—No tengas miedo, Amalia.
Amalia.
Mi verdadero nombre.
El nombre que había sido enterrado junto con tantos otros.
—Tú me llamaste Amalia —dije.
Salvador asintió.
—Porque ese era tu nombre.
—¿Por qué lo borraron?
—Porque era la única manera de mantenerte viva.
—Siempre dicen eso.
Mi voz salió llena de rabia.
—Todos me dicen que hicieron cosas terribles para salvarme.
Miré a Valeria.
—Ella.
Después a Aura.
—Julián.
—Ricardo.
—Alejandro.
Y finalmente a Salvador.
—Todos dicen que me protegieron.
Respiré profundamente.
—Pero nadie me preguntó si yo quería ser protegida.
Salvador bajó la mirada.
—Eras una niña.
—Ahora soy una mujer.
—Lo sé.
—Entonces háblame como a una mujer.
Salvador levantó los ojos.
—Está bien.
—Quiero saberlo todo.
—No estás preparada.
Sentí una risa amarga.
—¿Otra vez?
Di un paso hacia él.
—Tengo cuarenta y seis años.
Otro.
—He perdido un matrimonio.
Otro.
—He enterrado a una mujer creyendo que era mi madre.
Otro.
—He descubierto que mi nombre no es mío.
Otro.
—He amado a un hombre mientras todo el mundo intentaba convencerme de que podía ser mi hermano.
Me detuve frente a él.
—¿Y todavía crees que no estoy preparada?
Salvador me miró.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después respondió:
—No.
—¿No qué?
—Ya estás preparada.
Mateo se colocó a mi lado.
No delante de mí.
No detrás.
A mi lado.
Como siempre.
—Entonces empieza —dijo.
Salvador lo miró.
—Tú también mereces conocer la verdad.
Mateo endureció el rostro.
—No quiero otra versión.
—¿Qué quieres?
—Pruebas.
Salvador sonrió.
—Tu padre habría dicho exactamente lo mismo.
Mateo se quedó inmóvil.
—¿Conociste a mi padre?
—Sí.
—¿Ricardo?
Salvador negó.
—No.
—Entonces ¿a quién?
—Al verdadero.
Mateo apretó los puños.
—¿Quién era?
Salvador lo miró directamente.
—Se llamaba Gabriel.
El nombre cayó sobre nosotros.
Gabriel.
Nunca había escuchado ese nombre relacionado con Mateo.
Nunca.
—¿Gabriel qué? —preguntó Mateo.
Salvador negó.
—Su apellido fue borrado.
—¿Por qué?
—Porque era el cuarto hermano.
Mateo dio un paso.
—¿De quién?
Salvador respondió:
—De mí, de Ricardo y de Alejandro.
Sentí un escalofrío.
Cuatro hermanos.
Cuatro identidades.
Cuatro historias.
Y un hombre eliminado de todas ellas.
—¿Dónde está? —preguntó Mateo.
Salvador guardó silencio.
—¡¿Dónde está mi padre?!
—Murió.
Mateo cerró los ojos.
—¿Cuándo?
—La noche en que ustedes nacieron.
—¿Cómo?
Salvador miró a Valeria.
—Intentó salvarlos.
Valeria comenzó a llorar.
—No digas eso.
—Es la verdad.
—No sabes toda la verdad.
—Sé más que tú.
—No.
Valeria se acercó.
—Tú sabes lo que él te permitió saber.
Salvador sonrió tristemente.
—Y tú sabes lo que necesitabas creer para sobrevivir.
Sentí que la tensión podía romperse en cualquier momento.
—Basta.
Todos me miraron.
—Estoy cansada de que hablen como si yo no estuviera aquí.
Salvador asintió.
—Tienes razón.
—¿Quién era Gabriel?
—El hombre que descubrió el archivo.
—¿El archivo original?
—Sí.
—¿Qué encontró?
—Los nombres verdaderos.
—¿De quién?
—De todos los niños cuyas identidades habían sido cambiadas.
—¿Cuántos?
Salvador tardó en responder.
—Ciento treinta y siete.
El número me golpeó.
Ciento treinta y siete vidas.
Ciento treinta y siete niños.
Ciento treinta y siete historias.
—¿Qué ocurrió con ellos?
—Algunos recuperaron sus identidades.
—¿Y los demás?
Salvador bajó la mirada.
—Nunca supieron quiénes eran.
Sentí una profunda tristeza.
De repente comprendí que nuestra historia no era única.
Éramos apenas cuatro nombres dentro de una lista mucho más grande.
—¿Gabriel intentó destruir el sistema?
—Sí.
—¿Y lo mataron?
—Sí.
—¿Quién?
Salvador respondió:
—Yo.
El silencio fue absoluto.
Mateo lo miró horrorizado.
—¿Tú mataste a mi padre?
Salvador no apartó la mirada.
—Sí.
Mateo avanzó hacia él.
—¿Por qué?
—Porque creí que estaba traicionándonos.
—¿Y no lo hacía?
—No.
Salvador cerró los ojos.
—Descubrí demasiado tarde que Gabriel tenía razón.
Mateo apretó los dientes.
—Entonces lo mataste por una mentira.
—Sí.
—Y después viviste cuarenta años con eso.
—Sí.
—¿Y esperas que te perdone?
Salvador negó.
—No.
—¿Entonces qué quieres?
Salvador me miró.
—Que tu hija sepa la verdad.
Mateo quedó inmóvil.
—¿Mi hija?