A Los 46 DescubrÍ El Secreto Que CambiÓ Mi Vida

CAPÍTULO 41 La hija de la mujer que juró destruirme

—Creo que acabamos de descubrir que ninguna de las dos sabe quién es nuestra verdadera madre.

La frase de Elena quedó flotando entre nosotras.

No me moví.

No pude hacerlo.

La miré como si acabara de transformarse en alguien completamente distinto, aunque su rostro continuara siendo el mismo que me había acompañado en todas aquellas pesadillas que todavía no comprendía.

Elena.

La mujer que había vivido una vida que, según ella, me pertenecía.

La mujer que tenía mi rostro.

La mujer que acababa de aparecer en mi historia para destruir la última certeza que me quedaba.

Mi madre.

O mi enemiga.

Quizá ambas cosas.

Quizá ninguna.

A mis cuarenta y seis años, después de un matrimonio que había terminado dejándome frente a los restos de una vida que creía conocer, después de descubrir que el hombre que me había criado había mentido, después de escuchar a muertos que no estaban muertos y de encontrarme con personas que llevaban nombres que no les pertenecían, pensé que ya no existía una verdad capaz de sorprenderme.

Me equivoqué.

Porque hay descubrimientos que no llegan para cambiar lo que sabes.

Llegan para destruir lo que eres.

Y yo acababa de escuchar mi propia voz diciéndome que no confiara en la mujer que estaba frente a mí.

Mi propia voz.

Una voz que no recordaba haber pronunciado.

Una voz que parecía pertenecer a una niña que había conocido el final de aquella historia mucho antes de que yo aprendiera a leer.

—Repite lo que acabas de decir —le pedí a Elena.

Ella parpadeó.

—¿Qué?

—Que ninguna de las dos sabe quién es nuestra verdadera madre.

Elena miró la grabadora apagada.

—Es lo que acabamos de escuchar.

—No. Tú acabas de decir algo más.

—Amalia…

—Dijiste que mi voz afirmaba que tú no eras mi madre.

Elena se quedó inmóvil.

—Sí.

—Y después dijiste que quizá ninguna de las dos sabe quién es nuestra verdadera madre.

Ella asintió lentamente.

—Porque, si la grabación es auténtica, alguien construyó una historia para que creyéramos que yo era tu madre.

—¿Y si no es auténtica?

Elena no respondió.

—¿Y si alguien grabó esa voz para que desconfiara de ti?

—También es posible.

—¿Y si la voz no es mía?

Elena me miró fijamente.

—Tiene tu tono.

—Eso no significa que sea mía.

—No.

—Tiene mi manera de respirar.

—Sí.

—Pronuncia mi nombre como yo lo pronuncio.

—Sí.

—Entonces, ¿cómo puedes estar tan segura de que no es una imitación?

Elena bajó los ojos.

—No puedo estar segura de nada.

Aquella confesión me dolió más de lo que esperaba.

Porque había algo en su rostro que me resultaba insoportablemente familiar.

No era solamente el parecido físico.

Era la manera en que contenía el llanto.

La forma de apretar los labios cuando intentaba no demostrar miedo.

La costumbre de mirar hacia la puerta cuando alguien pronunciaba un nombre que podía cambiarlo todo.

Yo hacía exactamente lo mismo.

Quizá porque éramos familia.

Quizá porque alguien nos había enseñado a reaccionar de la misma manera.

O quizá porque, durante años, yo había estado viviendo una vida que no era mía.

—Quiero saber una cosa —dije.

Elena levantó la mirada.

—Pregúntame.

—Cuando llegaste aquí, ¿sabías que yo era Amalia?

Tardó demasiado en responder.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de que te encontraras con Mateo.

Sentí que el pecho se me cerraba.

Mateo se colocó a mi lado.

—¿Cuánto antes?

Elena lo miró.

—Años.

—¿Años? —repetí.

—Sí.

—¿Me conocías?

—Te había visto.

—¿Dónde?

—En distintos momentos de tu vida.

Me levanté tan rápido que la silla cayó hacia atrás.

—¿Me seguiste?

—No exactamente.

—¡No vuelvas a decirme eso!

Mi voz se quebró.

—¡No vuelvas a utilizar esas palabras para ocultarme lo que hiciste!

Elena retrocedió.

—Tienes razón.

—¿Me seguiste?

—Sí.

—¿Me observaste mientras estaba casada?

—Sí.

—¿Mientras sufría?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Sí.

—¿Mientras lloraba creyendo que no tenía a nadie?

Elena cerró los ojos.

—Sí.

Sentí una furia que no se parecía a ninguna otra.

No era la rabia que había sentido contra mi exmarido.

Ni el resentimiento que había experimentado al descubrir las mentiras de Julián.

Era algo más profundo.

Porque no conocía a aquella mujer.

Y, sin embargo, tenía la sensación de que había estado presente en los momentos más dolorosos de mi vida.

—¿Por qué? —pregunté.

Elena abrió los ojos.

—Porque tenía miedo de acercarme.

—¿Miedo de qué?

—De que me reconocieras.

Solté una risa amarga.

—¡Pero nunca te había visto!

Elena me miró con una tristeza que me hizo vacilar.

—Eso es lo que crees.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Ella abrió la boca.

Pero Valeria se interpuso.

—Basta.

Todos giramos hacia ella.

La mujer que había sido nuestra guía, nuestra protectora, nuestra supuesta madre y, en ocasiones, la principal sospechosa de cada desastre, estaba pálida.

—No pueden seguir escuchando todo lo que dice Elena como si fuera una confesión verdadera.

Elena la miró con desprecio.

—Qué conveniente.

—No estoy defendiendo a nadie.

—Llevas cuarenta años haciendo precisamente eso.

Valeria apretó los puños.

—Y tú llevas cuarenta años huyendo.

—Porque tú me enseñaste a hacerlo.

—¡Porque quería salvarte!

—¡No! —gritó Elena—. Querías decidir por mí.

El silencio que siguió fue tan intenso que pude escuchar el zumbido de la lámpara sobre nuestras cabezas.

Elena respiró profundamente.




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