A Los 46 DescubrÍ El Secreto Que CambiÓ Mi Vida

CAPÍTULO 37 El hombre que había estado a nuestro lado desde el principio

—El verdadero padre de Mateo…

Alejandro dejó la frase suspendida en el aire.

Sentí que el corazón me golpeaba con tanta fuerza que parecía querer escapar de mi pecho.

La luz del teléfono temblaba en mi mano.

No por el frío.

Por el miedo.

Alejandro señaló hacia detrás de nosotros.

—Está ahí.

Mateo se giró lentamente.

Yo también.

Y entonces vi el rostro.

Durante unos segundos no entendí lo que estaba viendo.

Porque no era un desconocido.

No era alguien que aparecía por primera vez.

Era alguien que había estado con nosotros.

Alguien que había escuchado nuestras preguntas.

Alguien que había visto nuestras lágrimas.

Alguien que había acompañado nuestra búsqueda.

Alguien que había estado allí cuando pensábamos que todo estaba perdido.

Era…

Salvador.

Pero no estaba solo.

A su lado estaba Gabriel.

Los dos permanecían inmóviles.

Y por primera vez desde que había comenzado aquella pesadilla, comprendí que ninguno de los dos estaba sorprendido.

Como si hubieran sabido que aquel momento llegaría.

Mateo miró a Gabriel.

Después a Salvador.

—¿Cuál de los dos?

Alejandro sonrió tristemente.

—Ninguno.

El silencio fue absoluto.

Entonces Alejandro señaló detrás de ellos.

Un hombre apareció lentamente desde la oscuridad.

Mi respiración se detuvo.

Era Ricardo.

—No —susurró Mateo.

Ricardo avanzó.

No llevaba arma.

No parecía amenazante.

Pero su rostro…

su rostro era completamente diferente.

No tenía la expresión arrogante que había mostrado otras veces.

Parecía derrotado.

Cansado.

Como un hombre que hubiera pasado demasiados años huyendo de algo que finalmente lo había alcanzado.

Mateo retrocedió.

—No.

Ricardo lo miró.

—Mateo.

—No me llames así.

—Es tu nombre.

—¿Eres mi padre?

Ricardo no respondió.

Mateo gritó:

—¡¿ERES MI PADRE?!

Ricardo cerró los ojos.

Y finalmente asintió.

—Sí.

Sentí que el mundo se inclinaba.

Mateo quedó inmóvil.

Gabriel bajó lentamente el arma.

Marina comenzó a llorar.

Salvador miró al suelo.

Y yo…

yo no podía dejar de mirar a Ricardo.

El hombre que había aparecido tantas veces en nuestra historia.

El hombre que había sido periodista.

El hombre que había sido aliado.

El hombre que había sido sospechoso.

El hombre que había huido.

El hombre que había ayudado a esconder documentos.

El hombre que había estado cerca de Mateo.

Todo aquel tiempo.

—No —dijo Mateo.

Ricardo dio un paso.

—Escúchame.

—¡No!

Mateo levantó una mano.

—No quiero escucharte.

—Tienes derecho a odiarme.

—¿Por qué?

Ricardo tragó saliva.

—Porque te abandoné.

—¿Cuándo?

—Cuando naciste.

Mateo se quedó helado.

—¿Por qué?

Ricardo miró a Marina.

—Porque tu madre me lo pidió.

Marina comenzó a llorar.

—No fue así.

Ricardo la miró.

—Sí fue así.

—Yo estaba intentando protegerlo.

—Y yo estaba intentando protegerte a ti.

Mateo miró a ambos.

—¿De quién?

Ricardo respondió:

—De mi propia familia.

Mateo soltó una risa amarga.

—Siempre la misma historia.

—¿Qué?

—Todos me dicen que hicieron cosas terribles para protegerme.

Miró a Gabriel.

—Tú.

Miró a Marina.

—Tú.

Después a Ricardo.

—Y ahora tú.

—Porque era cierto.

—¿Entonces por qué nunca me preguntaron qué quería?

Ricardo bajó la cabeza.

—Porque eras un niño.

—Ya no lo soy.

—Lo sé.

—Entonces habla.

Ricardo respiró profundamente.

—Tu verdadero nombre al nacer no era Mateo.

Silencio.

—¿Qué?

—Ese fue el nombre que te dieron después.

—¿Cuál era?

Ricardo lo miró.

—Samuel.

Sentí un escalofrío.

Mateo negó.

—No.

—Sí.

—Yo soy Mateo.

—Ahora sí.

—Siempre lo fui.

—No.

Ricardo dio un paso.

—Mateo fue la identidad que utilizamos para esconderte.

—¿De quién?

—De ellos.

—¿Quiénes son ellos?

Ricardo miró a Alejandro.

—Los mismos que están detrás de Amalia.

Alejandro intervino.

—No.

Ricardo se volvió.

—¿Qué?

—No los confundas.

—No estoy confundiendo nada.

—Tú fuiste parte de ellos.

Ricardo cerró los ojos.

—Sí.

Aquella palabra nos dejó paralizados.

—¿Qué significa eso? —pregunté.

Ricardo me miró.

—Que durante muchos años trabajé para la organización.

—¿La organización que manejaba las identidades?

—Sí.

—¿Y luego?

—Intenté destruirla.

—¿Por qué?

—Porque descubrí lo que estaban haciendo con los niños.

—¿Y Mateo?

Ricardo respondió:

—Mateo era uno de ellos.

—¿Un experimento?

—No.

—¿Entonces?

—Un heredero.

Sentí un escalofrío.

—¿Heredero de qué?

Ricardo miró a Salvador.

—Del archivo.

Salvador negó.

—No.

Ricardo lo miró.

—Sí.

—No sabes toda la historia.

—Sé suficiente.

—No.

—Entonces cuéntala.

Salvador guardó silencio.

Alejandro se acercó a mí.

—Amalia.

—¿Sí?

—Hay algo que debes saber.

—¿Qué?

—Tu historia y la de Mateo están unidas desde antes de que nacieran.

—Eso ya lo sé.

—No.

Negó.

—Todavía no entiendes cuánto.

—Explícame.

Alejandro miró a Ricardo.

—Tu padre y él eran hermanos.

Sentí un escalofrío.

—¿Alejandro y Ricardo?

—Sí.

—Entonces…

—Ricardo era mi hermano.

Mateo lo miró.

—¿Y tú eras mi padre?

Ricardo asintió.

—Sí.

—Entonces Gabriel…




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