—Ahora ya sabes quién soy.
Leí el mensaje una vez.
Después otra.
Y una tercera.
Mis dedos dejaron de obedecerme.
La pantalla del teléfono temblaba entre mis manos mientras aquellas palabras permanecían allí, inmóviles, crueles, imposibles.
SOY TU MADRE.
Sentí que el aire desaparecía del automóvil.
—Elena…
La voz de Mateo llegó desde mi lado, pero parecía venir desde muy lejos.
Le entregué el teléfono sin decir una palabra.
Él lo tomó.
Leyó.
Su rostro cambió.
Por primera vez desde que lo conocía, vi algo diferente en sus ojos.
No era miedo.
No era sorpresa.
Era algo mucho más profundo.
Culpa.
—¿Qué? —pregunté.
Mateo levantó lentamente la mirada.
—No lo sé.
—No me mientas.
—No te estoy mintiendo.
—Entonces dime por qué tienes esa cara.
Apretó la mandíbula.
—Porque esta posibilidad también existe.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué posibilidad?
Mateo volvió a mirar el teléfono.
—Que tu madre no haya muerto.
Solté una risa nerviosa.
No porque me causara gracia.
Porque mi mente necesitaba desesperadamente negar aquello.
—Mi madre murió hace ocho meses.
—Lo sé.
—Estuve en su funeral.
—Lo sé.
—Vi su ataúd.
Mateo no respondió.
—Vi cómo la enterraban —insistí—. Vi cómo bajaban el cajón. Vi las flores. Vi a las personas llorando. Estuve allí.
—Elena…
—¡Estuve allí!
Mi voz quebró el silencio del automóvil.
Mateo estacionó lentamente a un costado del camino.
Apagó el motor.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Afuera, la noche parecía haberse tragado el mundo.
Solo se escuchaba el viento golpeando contra los árboles.
Mateo dejó el teléfono sobre sus piernas.
—Hay algo que necesitamos comprobar.
—¿Qué?
—Todo.
Lo miré.
—¿Todo qué?
—La muerte de tu madre. El certificado. La clínica. El médico que firmó. El cementerio. Todo.
Sentí que mi corazón se aceleraba.
—¿Crees que alguien pudo haber fingido su muerte?
—No lo sé.
—Entonces dime qué estás pensando.
Mateo respiró profundamente.
—Estoy pensando que durante años alguien hizo todo lo posible para que tú creyeras una historia determinada.
Miré por la ventanilla.
Las luces lejanas de la ciudad parecían pequeñas estrellas perdidas.
—Mi madre me amaba.
—Nunca dije lo contrario.
—Ella me protegió.
—También lo creo.
—Entonces ¿por qué habría fingido su muerte?
Mateo tardó unos segundos en contestar.
—Tal vez no fue ella.
Volví la cabeza.
—¿Qué quieres decir?
—Tal vez la mujer que murió no era quien tú creías.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—No.
—Elena…
—No.
—Tenemos que considerar todas las posibilidades.
—Yo reconocí a mi madre.
—¿Estás segura?
La pregunta me golpeó como una bofetada.
—¿Cómo puedes preguntarme eso?
—Porque estamos descubriendo cosas que parecían imposibles.
—¡Era mi madre!
—Lo sé.
—Conocía su rostro.
—Lo sé.
—Conocía su voz.
—Lo sé.
—Conocía sus manos.
Mateo guardó silencio.
—Conocía la cicatriz que tenía junto al hombro —continué—. Sabía cómo olía su perfume. Sabía cómo caminaba. Sabía cómo me miraba cuando estaba preocupada. ¡Era ella!
Mateo me tomó suavemente de la mano.
—Entonces vamos a demostrarlo.
Retiré la mano.
No porque no quisiera sentirlo.
Sino porque necesitaba pensar.
Necesitaba recuperar el control de mi propia vida.
Había pasado cuarenta y seis años creyendo conocer mi historia.
Y ahora cada recuerdo parecía tener una segunda versión.
Mi padre no era mi padre.
Mi verdadero padre podía ser Alejandro.
Alejandro había tenido otra hija.
Lucía había desaparecido.
Mateo podía ser hijo de Alejandro.
La familia de Mateo estaba relacionada con todo aquello.
Mi madre había ocultado secretos.
Julián había guardado silencio.
Y ahora una mujer que aparecía en una fotografía antigua decía ser mi madre.
Sentí ganas de gritar.
Pero no grité.
Solo pregunté:
—¿Dónde vamos?
Mateo encendió nuevamente el motor.
—A tu casa.
—No.
Me miró.
—¿No?
—A la casa de mi madre.
Sus ojos se endurecieron.
—Es peligroso.
—Más peligroso es seguir sin saber.
—Puede estar vigilada.
—Entonces iremos con cuidado.
—Elena…
—Mateo, si esa mujer realmente es mi madre, necesito saber por qué.
Hizo una pausa.
—Y si no lo es —continué—, necesito saber quién está jugando conmigo.
Mateo arrancó.
—Entonces iremos.
La casa de mi madre parecía diferente de noche.
Mucho más oscura.
Mucho más pequeña.
Mucho más triste.
Me quedé dentro del automóvil observándola durante varios minutos.
La fachada estaba iluminada apenas por una lámpara amarillenta.
Allí había pasado tantas tardes.
Allí había tomado café con mi madre.
Allí había escuchado sus historias.
Allí había llorado después de mi divorcio.
Allí ella me había dicho:
“A veces la vida no nos quita algo. A veces nos libera.”
En aquel momento no entendí aquella frase.
Ahora comenzaba a preguntarme si había sido una despedida.
—¿Estás lista? —preguntó Mateo.
No.
No estaba lista.
Pero abrí la puerta.
Bajé.
El aire frío me golpeó el rostro.
Mateo caminó junto a mí.
Antes de abrir la puerta principal, me detuve.
—Tengo miedo.
Él me miró.
—Yo también.
—Nunca te había escuchado decir eso.
—Porque nunca había tenido tanto que perder.
Lo miré.
Por un instante olvidé todo.