A Los 46 DescubrÍ El Secreto Que CambiÓ Mi Vida

CAPÍTULO 20 EL SECRETO QUE NOS UNIÓ ANTES DE CONOCERNOS

Durante varios minutos nadie dijo una palabra.

Yo seguía mirando la fotografía que Esteban había enviado.

Mateo y yo.

Juntos.

Niños.

Sonriendo.

Uno al lado del otro.

Como si nuestras vidas nunca hubieran sido separadas.

Como si todo aquello que habíamos considerado casualidad hubiera estado escrito mucho antes de que nosotros pudiéramos entenderlo.

Pero había algo más.

La frase.

Nunca fueron hermanos. Esa fue la mentira que los mantuvo separados.

Volví a leerla.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

—Entonces era mentira —dije finalmente.

Mateo seguía mirando la pantalla.

—Eso parece.

—Pero Alejandro dijo…

—Alejandro no sabía toda la verdad.

—¿Y Esteban?

Mateo levantó la mirada.

—Esteban sabe mucho más de lo que quiere admitir.

El hombre del laboratorio se acercó.

—Hay algo que deben entender.

Lo miré.

—¿Qué?

—Una fotografía no demuestra parentesco.

—Pero demuestra que estuvimos juntos.

—Sí.

—Cuando éramos niños.

—Sí.

—Entonces alguien nos separó.

El hombre asintió.

—Eso sí parece evidente.

Teresa tomó la fotografía.

—Miren el fondo.

Nos acercamos.

Detrás de nosotros había una pared.

Una escalera.

Y una ventana.

Mateo palideció.

—La casa de mi abuelo.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Señaló la ventana.

—Ese vitral lo recuerdo.

Yo miré la fotografía.

Y algo volvió a aparecer dentro de mi memoria.

Una escalera.

Una niña.

Un niño.

Una puerta cerrándose.

Una voz.

“No deben saber que se conocen.”

Abrí los ojos.

—Recuerdo algo.

Mateo me miró.

—¿Qué?

—Nos separaron delante de mí.

—¿Quiénes?

—No lo sé.

—¿Qué más?

—Había una mujer.

—¿Isabel?

—No.

Me llevé una mano a la frente.

—Otra mujer.

—¿Cómo era?

—Cabello oscuro.

—¿Edad?

—Joven.

—¿La conocías?

Negué.

—Pero ella me conocía.

—¿Qué te dijo?

Cerré los ojos.

La imagen volvió.

La mujer se arrodillaba frente a mí.

Me tomaba las manos.

—Tienes que olvidar.

—¿Qué?

—A él.

La imagen desapareció.

Abrí los ojos.

Mateo estaba frente a mí.

—¿Me dijo que me olvidara de ti?

Asentí.

—Sí.

Mateo se quedó pensativo.

—Entonces alguien sabía que nos uniríamos.

—O que ya estábamos unidos.

—¿Desde niños?

—Sí.

El hombre del laboratorio intervino:

—Eso cambia completamente el caso.

—¿Por qué?

—Porque si realmente intentaron borrar el vínculo entre ustedes desde la infancia, entonces la relación entre ustedes no fue accidental.

Mateo me miró.

—¿Crees que nos conocimos de adultos porque alguien lo planeó?

—No lo sé.

—Pero alguien pudo haber permitido que ocurriera.

La idea me produjo miedo.

—¿Y si todo esto fue preparado?

Mateo negó.

—No.

—¿Cómo puedes estar seguro?

—Porque nadie puede fabricar lo que siento por ti.

Lo miré.

—¿Y si nos manipularon?

—Entonces nuestros sentimientos seguirían siendo nuestros.

Sus palabras me tocaron profundamente.

Pero todavía había una pregunta que no podía ignorar.

—¿Y si somos hermanos?

Mateo respiró profundamente.

—Entonces necesitaremos una prueba.

El hombre del laboratorio asintió.

—Podemos hacerla.

—Hazla.

—Necesito muestras de ambos.

Mateo me miró.

—Ahora.

El hombre preparó el material.

Yo extendí la mano.

Durante unos segundos no pude evitar pensar que un pequeño fragmento de mi cuerpo podía destruir o salvar todo lo que quedaba de mi vida.

La muestra fue tomada.

Después la de Mateo.

El hombre desapareció detrás de una puerta.

Nos quedamos esperando.

Cinco minutos.

Diez.

Quince.

Parecía una eternidad.

Isabel se acercó a mí.

—Tengo algo que decirte.

La miré.

—¿Qué?

—No importa cuál sea el resultado.

—Para mí sí.

—No.

Ella negó.

—Lo que importa es que tú no eres una mentira.

Sentí lágrimas en los ojos.

—Toda mi vida lo ha sido.

—No.

—Me llamé Elena durante cuarenta y seis años.

—Sí.

—Y también fui Aura.

—Sí.

—No sé cuál de las dos soy.

Isabel me tomó el rostro.

—Eres mi hija.

Aquella frase me quebró.

La abracé.

No sabía cuánto tiempo llevaba esperando aquel abrazo.

Quizás cuarenta y seis años.

Quizás toda una vida que no recordaba.

—¿Por qué me abandonaste?

—Nunca te abandoné.

—Entonces ¿por qué no volviste?

Isabel lloró.

—Porque cada vez que intentaba acercarme, alguien moría.

Me aparté.

—¿Quién?

—Personas que me ayudaban.

—¿Julián?

—No.

—¿Alejandro?

—No.

—¿Quién?

Isabel bajó la mirada.

—Tu hermana.

Sentí un golpe en el pecho.

—¿Lucía?

Asintió.

—No murió.

—Entonces ¿qué pasó?

—La encontraron.

—¿Quiénes?

—Los hombres de Esteban.

—¿Dónde está?

Isabel respiró profundamente.

—No lo sé.

—Pero está viva.

—La última vez que la vi, sí.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Cuándo?

—Hace ocho años.

—¿Ocho?

—Sí.

—Entonces mi hermana estuvo viva todo este tiempo.

—Sí.

—¿Y por qué nunca me buscó?

Isabel dudó.

—Porque creía que tú habías muerto.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Le hicieron creer que la niña llamada Elena había muerto.

—Pero yo estaba viva.

—Sí.

—Entonces…

Isabel me miró.

—Ambas fueron víctimas de la misma mentira.

La frase me atravesó.




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