A Los 46 DescubrÍ El Secreto Que CambiÓ Mi Vida

CAPÍTULO 16 LA MUJER QUE FUI SIN SABERLO

Durante varios segundos no pude respirar.

No porque estuviera llorando.

No porque tuviera miedo.

Sino porque las palabras de Alejandro habían conseguido algo que hasta ese momento ninguna de las revelaciones anteriores había logrado:

habían destruido la última certeza que me quedaba sobre mí misma.

—Llevas cuarenta y seis años viviendo con la identidad de otra mujer.

La frase seguía golpeándome por dentro.

Una vez.

Dos veces.

Miles de veces.

Otra mujer.

¿Quién era yo entonces?

Miré mis manos.

Las conocía desde siempre.

Había pequeñas manchas en el dorso que habían aparecido con los años. Una cicatriz diminuta junto al pulgar derecho que me había hecho a los nueve años cuando intenté abrir una lata con un cuchillo. Una marca casi invisible en la muñeca izquierda que mi madre siempre decía que era consecuencia de una caída cuando era niña.

Todo aquello había formado parte de mi historia.

De mi memoria.

De mi vida.

¿O también era mentira?

—No —susurré.

Alejandro bajó la mirada.

—Elena…

—No.

Retrocedí.

—No vuelvas a llamarme Elena como si eso demostrara quién soy.

Mateo se acercó inmediatamente.

—Elena…

Lo miré.

—¿Tú sabías algo de esto?

Su rostro cambió.

—No.

—¿Nada?

—Nada de esto.

—Pero tú conocías a mi familia. Conocías a Alejandro. Conocías a personas que llevaban años escondiéndome cosas.

—Sí.

—Entonces, ¿cómo puedo saber que no me estás mintiendo?

Mateo se quedó inmóvil.

Aquella pregunta le dolió.

Lo vi en sus ojos.

Y me dolió a mí también.

Porque una parte de mí quería correr hacia él.

Abrazarlo.

Decirle que no importaba nada.

Que solamente necesitaba saber que él era real.

Pero otra parte de mí acababa de despertar.

Una parte que ya no confiaba ni siquiera en los recuerdos de su propia infancia.

—No lo sé —respondió finalmente—. No puedo demostrarte lo que no sabía.

Alejandro cerró los ojos.

—Eso es precisamente lo que quería evitar.

Me volví hacia él.

—¿Evitar qué?

—Que llegáramos a este momento.

—Pues llegamos.

Silencio.

—Y ahora quiero saberlo todo.

Alejandro respiró profundamente.

Parecía agotado.

Pero por primera vez desde que lo había conocido, no parecía un hombre que estuviera escondiendo una mentira.

Parecía un hombre que llevaba cuarenta y seis años intentando sobrevivir a ella.

—Entonces tendrás que escucharme hasta el final —dijo.

—Habla.

Mateo permaneció a mi lado.

No me tocó.

Quizás comprendió que necesitaba espacio.

Alejandro comenzó a hablar.

—La noche del 17 de octubre de 1985 nacieron dos niñas.

Sentí un escalofrío.

—¿Dos?

—Sí.

—¿Yo y Lucía?

Negó lentamente.

—No exactamente.

Mi corazón volvió a acelerarse.

—Explícate.

Alejandro miró hacia la ventana.

—Aquella noche había demasiadas personas involucradas. Médicos, enfermeras, funcionarios, familiares… y otras personas que no deberían haber estado allí.

—¿Por qué?

—Porque había dinero.

—¿Dinero?

—Mucho.

Mateo apretó la mandíbula.

Alejandro continuó:

—En aquella época existía una red que se encargaba de cambiar identidades de recién nacidos. No todos los niños eran robados. Algunos eran entregados voluntariamente. Otros eran intercambiados. Y algunos simplemente desaparecían.

Sentí náuseas.

—¿Y yo?

Alejandro me miró.

—Tú naciste esa noche.

—Eso ya lo sé.

—No. No sabes lo que significa.

Se inclinó hacia adelante.

—Tú naciste a las 02:17 de la madrugada.

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo estaba allí.

—¿Viste nacerme?

Alejandro tardó en responder.

—Sí.

Una lágrima descendió por mi mejilla.

—Entonces soy tu hija.

—Sí.

—¿Y quién era mi madre?

Alejandro cerró los ojos.

—Isabel.

La palabra quedó suspendida en la habitación.

—Isabel…

Era el nombre de la mujer que aparecía en aquella fotografía.

La mujer embarazada.

La mujer que hasta ese momento había sido apenas una pieza más de un rompecabezas.

—¿Ella me dio a luz?

—Sí.

—Entonces Clara…

—Clara te amó.

—No te pregunté si me amó.

Mi voz se quebró.

—Te pregunté quién era mi madre.

Alejandro bajó la cabeza.

—Biológicamente, Isabel.

Sentí que algo dentro de mí se rompía.

No porque Isabel fuera una desconocida.

Sino porque, de repente, una mujer de una fotografía antigua se había convertido en mi madre.

Una madre a la que jamás había conocido.

Una madre que probablemente había muerto.

Una madre cuya historia alguien había intentado borrar.

—¿Dónde está Isabel?

Alejandro no respondió.

—¿Dónde está mi madre?

Silencio.

—Alejandro.

Nada.

—¡¿Dónde está?!

—No lo sé.

La respuesta me dejó helada.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Porque desapareció.

—¿Cuándo?

—La noche que naciste.

Mateo dio un paso hacia adelante.

—¿Desapareció después del parto?

Alejandro asintió.

—Sí.

—¿Y nunca la encontraron?

—Nunca.

Me llevé una mano a la boca.

—Entonces alguien se llevó a mi madre.

—No sabemos si se la llevaron.

—¿Qué otra posibilidad existe?

Alejandro me miró.

—Que ella misma haya desaparecido para protegerte.

Sentí un nudo en el pecho.

—¿De quién?

Alejandro no respondió.

No hizo falta.

Todos sabíamos la respuesta.

Esteban.

La organización.

Los hombres que habían movido los hilos durante décadas.

La familia Salvatierra.

Los nombres.

Las amenazas.

Los documentos.




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