A Los 46 DescubrÍ El Secreto Que CambiÓ Mi Vida

CAPÍTULO 3 NO CONFÍES COMPLETAMENTE EN ÉL

Durante varios segundos ninguno de los dos se movió.

La grabadora permanecía sobre el escritorio.

La última frase de mi madre seguía resonando dentro de mi cabeza.

«No confíes completamente en él.»

No había forma de interpretarla de otra manera.

No había sido una advertencia vaga.

No había sido una frase dicha al azar.

Mi madre había pronunciado el nombre de Mateo.

Y lo había hecho después de decirme que él no era necesariamente culpable.

Eso era, precisamente, lo que más miedo me daba.

Porque si Mateo fuera mi enemigo, todo sería sencillo.

Podría alejarme.

Podría cerrar la puerta.

Podría odiarlo.

Pero mi madre había dicho algo diferente.

“No porque sea culpable.”

Entonces…

¿por qué no debía confiar completamente en él?

Mateo seguía frente a mí.

Su rostro había perdido el color.

—¿La escuchaste? —preguntó.

No respondí.

—Elena.

—Sí.

—Yo tampoco sabía que iba a decir eso.

—¿Cómo puedo saberlo?

Mateo abrió la boca, pero no encontró palabras.

—No puedes.

Aquella respuesta me sorprendió.

—¿Qué?

—No puedes saber si estoy diciéndote la verdad.

Lo observé detenidamente.

—Al menos eres sincero.

—Estoy intentando serlo.

—¿Intentando?

Mateo apartó la mirada.

—Hay cosas que todavía no puedo contarte.

Sentí una presión en el pecho.

—Entonces mi madre tenía razón.

—No necesariamente.

—Acabas de admitir que me estás ocultando cosas.

—Sí.

—¿Y quieres que confíe en ti?

—No.

Levanté una ceja.

—¿No?

—Quiero que descubras la verdad por ti misma.

Aquella respuesta me desconcertó.

—¿Por qué?

—Porque si te cuento solamente lo que sé, podrías terminar creyendo mi versión.

—¿Y no es eso lo que estás haciendo?

—No.

Mateo dio un paso hacia mí.

—Quiero que veas los documentos. Quiero que leas las cartas. Quiero que conozcas a las personas que todavía pueden hablar. Quiero que hagas preguntas. Y después quiero que decidas si puedes confiar en mí.

Me quedé callada.

Era razonable.

Demasiado razonable.

Y eso me inquietaba.

Porque una persona que sabe manipular también puede decir exactamente lo que uno necesita escuchar.

—¿Quién era realmente tu abuelo? —pregunté.

Mateo respiró profundamente.

—Un hombre complicado.

—Eso no es una respuesta.

—Era poderoso.

—¿En qué sentido?

—Tenía dinero. Empresas. Contactos.

—¿Políticos?

—Algunos.

—¿Personas peligrosas?

Mateo tardó en responder.

—Algunas.

Sentí un escalofrío.

—¿Y qué negocios tenía?

—Oficialmente, empresas de transporte y exportación.

—¿Y extraoficialmente?

—No lo sé.

—Pero sospechas.

—Sí.

—¿De qué?

Mateo se pasó una mano por el rostro.

—Contrabando.

La palabra cayó entre nosotros como una piedra.

—¿Contrabando de qué?

—No lo sé.

—¿Y Alejandro descubrió algo?

—Eso creo.

—Entonces por eso desapareció.

—Probablemente.

—¿Probablemente?

—No tenemos pruebas.

Me acerqué al escritorio.

—¿Y tu abuela?

Mateo miró la fotografía.

—Mi abuela murió hace muchos años.

—¿Sabía quién era mi madre?

—Sí.

—¿Y sabía quién era yo?

—No estoy seguro.

—Pero aparece con Alejandro y un bebé.

—Sí.

—Entonces alguien debe saber quién es ese bebé.

Mateo tomó la fotografía.

La observó detenidamente.

—Hay algo que no entiendo.

—¿Qué?

—Mi abuela jamás habló de esta fotografía.

—¿Nunca?

—Nunca.

—¿Entonces cómo llegó a manos de mi madre?

—No lo sé.

Miré nuevamente la imagen.

—Quizá tu abuela se la dio.

—¿Por qué?

—Porque conocía a mi madre.

—Sí.

—Y conocía a Alejandro.

—Sí.

—Entonces seguramente sabía algo.

Mateo asintió.

—Eso significa que necesitamos encontrar sus cosas.

—¿Dónde están?

—En la antigua casa de mi familia.

—¿Está abandonada?

—No.

—¿Quién vive allí?

—Mi padre.

La respuesta me hizo tensarme.

—¿Tu padre?

—Sí.

—¿Y sabe quién soy?

Mateo guardó silencio.

—Mateo.

—No lo sé.

—Eso no me tranquiliza.

—A mí tampoco.

Regresé a casa cerca de la medianoche.

Mateo se ofreció a acompañarme.

Esta vez acepté.

No quería estar sola.

No después de todo lo que había descubierto.

Antes de entrar, me quedé unos segundos dentro del automóvil.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Lo que quieras.

—¿Por qué te acercaste a mí aquella primera vez?

Mateo sonrió ligeramente.

—Porque me llamaste la atención.

—Eso no es suficiente.

—Para mí sí.

—Soy mucho mayor que tú.

—Lo sé.

—Estoy divorciada.

—Lo sé.

—Tengo una vida complicada.

—Eso también lo sé.

—Entonces ¿por qué?

Mateo me miró.

—Porque cuando te vi por primera vez estabas riendo.

Fruncí el ceño.

—¿Y?

—Hacía mucho tiempo que no veía a alguien reír de esa manera.

—¿De qué manera?

—Como si durante unos segundos hubiera olvidado todos sus problemas.

No supe qué decir.

—Yo no recuerdo haber reído.

—Yo sí.

Bajé la mirada.

Aquella conversación era peligrosa.

No por lo que decía.

Sino por lo que me hacía sentir.

—Buenas noches, Mateo.

—Buenas noches, Elena.

Entré en mi casa.

Cerré la puerta.

Apoyé la espalda contra ella.

Y respiré.

Durante varios segundos me quedé allí.

Luego caminé hasta el dormitorio.

Me quité los zapatos.

Me senté en la cama.

Miré el teléfono.

Tenía un mensaje.

De Mateo.




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