A Los 46 DescubrÍ El Secreto Que CambiÓ Mi Vida

Capítulo 59: El día en que dejé de ser Amalia

La voz de Mateo seguía resonando en mi cabeza.

«Busca a la mujer que te está acompañando. Ella sabe que Amalia murió. Y cuando recuerde quién era antes de morir, tú serás el primero al que intentará matar».

No había nada en el callejón que pudiera protegernos de aquellas palabras.

Ni las paredes húmedas.

Ni la oscuridad.

Ni el ruido distante de los automóviles que circulaban por una avenida cercana.

Ni siquiera la mano de Mateo, que todavía sujetaba la mía como si soltarla significara aceptar que acabábamos de convertirnos en enemigos.

Lo miré.

Él me miró a mí.

Y por primera vez desde que nuestras vidas se habían cruzado, sentí miedo de que sus ojos estuvieran buscando a una desconocida detrás de mi rostro.

—Apaga el teléfono —le pedí.

Mateo no reaccionó.

—Mateo, por favor.

Finalmente, la pantalla se oscureció.

Pero el silencio que quedó fue todavía peor.

—¿Crees que es mi voz? —preguntó.

No intenté mentirle.

—Sí.

Cerró los ojos.

—Yo también.

Su respuesta me dolió más de lo que habría podido dolerme una negación.

Se apoyó contra la pared y se pasó ambas manos por el cabello.

—No recuerdo haber grabado ese mensaje.

—Puede ser una falsificación.

—Tiene mi voz, Amalia.

—Lo sé.

—Y dice que tú estás muerta.

—Lo sé.

—Dice que vas a intentar matarme.

No respondí.

Mateo abrió los ojos.

—Necesito que me digas algo. Y necesito que seas completamente sincera conmigo.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—Pregúntame.

Me observó durante varios segundos.

—¿Hay algo dentro de ti que no me hayas contado? ¿Algún recuerdo, alguna sensación, algún momento en el que hayas sentido que no eras tú?

Quise responder inmediatamente.

Quise decirle que no, que seguía siendo la mujer que había conocido, la que se había enamorado de él y la que estaba dispuesta a enfrentarse al mundo para protegerlo.

Pero, justo cuando abrí la boca, ocurrió algo.

Una imagen.

Breve.

Violenta.

Un pasillo blanco.

Una luz roja.

Un hombre tendido en el suelo.

Y mis manos cubiertas de sangre.

Cerré los ojos con fuerza.

—Amalia.

La voz de Mateo llegó desde muy lejos.

—¿Qué te pasa?

Me llevé las manos a la cabeza.

—No lo sé.

Pero estaba mintiendo.

No porque supiera qué significaba aquella imagen, sino porque, durante una fracción de segundo, había sentido algo que jamás había experimentado.

No había visto la escena como un recuerdo.

La había visto como una certeza.

Yo estaba allí.

Yo conocía aquel lugar.

Y el hombre que yacía en el suelo había pronunciado mi nombre antes de morir.

Pero no me había llamado Amalia.

Me había llamado por otro nombre.

Un nombre que, al intentar recordarlo, se deshacía dentro de mi cabeza como una palabra escrita sobre el agua.

Mateo me tomó suavemente de los hombros.

—Mírame.

Lo hice.

—No importa lo que diga esa grabación —me aseguró—. No voy a decidir quién eres por una voz que no recuerdo haber grabado.

Sus palabras me hicieron llorar.

—¿Y si tiene razón?

Mateo apretó los labios.

—Entonces tendremos que descubrir por qué.

—¿Y si realmente morí?

Me miró como si aquella posibilidad le hubiera atravesado el pecho.

—Estás aquí.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Es la única respuesta que tengo.

Me aparté un poco.

—¿Y si la mujer que conociste no soy yo? ¿Y si todos esos recuerdos que compartimos pertenecen a alguien más?

Mateo tardó en responder.

—Entonces tendré que conocer a la mujer que está delante de mí.

Sentí que las lágrimas me resbalaban por las mejillas.

—¿Y si no te gusta lo que encuentras?

Él me sostuvo la mirada.

—Tendré miedo. Me enfadaré. Quizá necesitaré alejarme para comprenderlo. Pero no voy a condenarte por algo que todavía no sabemos.

Se detuvo.

—Eso sí, Amalia. Si descubrimos que me has hecho daño y que lo has ocultado deliberadamente, tendré que enfrentarme a esa verdad también.

Asentí.

Era justo.

El amor no podía significar que debíamos creer ciegamente el uno en el otro, incluso cuando las pruebas parecían contradecirnos.

El amor, si todavía significaba algo en medio de aquel caos, debía permitirnos buscar la verdad sin destruirnos antes de encontrarla.

—Hay algo que no te he contado —confesé.

Mateo se puso rígido.

—¿Qué?

Tragué saliva.

—Cuando escuché la grabación, recordé un pasillo. Un hombre en el suelo. Sangre en mis manos.

Su rostro perdió el color.

—¿Reconociste al hombre?

Negué lentamente.

—No.

—¿Y recuerdas qué ocurrió?

—No.

Me temblaba la voz.

—Pero recuerdo que alguien me decía que no mirara hacia atrás.

Mateo cerró los ojos.

—¿Quién?

—No lo sé.

Permanecimos en silencio.

Después, él hizo una pregunta que me obligó a enfrentar el verdadero terror de aquella noche.

—¿Y recuerdas si el hombre estaba vivo cuando llegaste?

Miré mis manos.

Durante un instante, volví a verlas cubiertas de sangre.

—No —susurré—. No lo recuerdo.

Mateo soltó mis hombros.

No se alejó.

Pero tampoco volvió a tocarme.

Y comprendí que, a partir de ese momento, ya no bastaría con descubrir quién había mentido sobre nuestro pasado.

Tendríamos que descubrir si alguno de nosotros había hecho algo imperdonable sin recordarlo.

El expediente de una mujer muerta

Regresamos a la casa de Julián poco después de la medianoche.

Nadie había dormido.

Julián estaba sentado en el comedor, rodeado de documentos. Isabel había extendido sobre la mesa las fotografías que habíamos encontrado en el edificio M-04.




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