A Los 46 DescubrÍ El Secreto Que CambiÓ Mi Vida

CAPÍTULO 12 LA NOCHE EN QUE TODO COMENZÓ

La fecha seguía brillando en mi mente.

17 — 10 — 1985.

No podía apartar los ojos del pequeño fragmento metálico que sostenía entre los dedos.

Era apenas una pieza.

Un objeto diminuto.

Una cosa que cualquier otra persona habría considerado insignificante.

Pero para mí acababa de convertirse en la llave de una vida que no sabía que había vivido.

Levanté la mirada.

Mateo seguía frente a mí.

Su expresión era distinta.

Ya no había sorpresa.

Había algo más profundo.

Miedo.

—¿Qué significa E. M.? —pregunté.

Mateo negó lentamente.

—No lo sé.

—¿Elena y Mateo?

—Podría ser.

—¿Entonces alguien escribió nuestros nombres antes de que nos conociéramos?

—Eso parece.

—¿Por qué?

No respondió.

Mi madre seguía junto a la tumba.

Parecía agotada.

—Mamá.

Ella levantó la mirada.

—¿Qué?

—Quiero que me cuentes qué pasó el 17 de octubre de 1985.

Mi madre cerró los ojos.

—No puedo.

—Sí puedes.

—Elena…

—No.

Me acerqué.

—Ya no voy a aceptar que me protejan con mentiras.

Mi madre bajó la cabeza.

—Era una noche de lluvia.

—¿Dónde estábamos?

—En la casa de Alejandro.

—¿Quiénes?

—Tú.

—Lucía.

—Alejandro.

—Julián.

—Yo.

Hizo una pausa.

—Y Esteban.

Sentí un escalofrío.

—¿Todos?

—Sí.

—¿Qué ocurrió?

Mi madre respiró profundamente.

—Alejandro había descubierto que alguien de la familia estaba falsificando documentos y utilizando identidades de personas que desaparecían.

—¿Qué clase de personas?

—Personas que nadie buscaría.

—¿Por qué?

—Porque eran niños.

Sentí que se me helaba la sangre.

—¿Niños?

Mi madre asintió.

—Niños cuyos padres habían muerto o habían desaparecido. Niños sin nadie que pudiera reclamar por ellos.

Mateo cerró los puños.

—¿Y qué hacían con ellos?

—Los trasladaban.

—¿Adónde?

—A diferentes lugares.

—¿Para qué?

Mi madre lo miró.

—Para convertirlos en otras personas.

El silencio fue absoluto.

—¿Identidades falsas? —pregunté.

—Sí.

—¿Lucía estaba involucrada?

—No.

—¿Entonces por qué desapareció?

Mi madre comenzó a llorar.

—Porque vio algo que no debía.

La imagen apareció nuevamente en mi memoria.

Una habitación.

Una lámpara.

Una niña.

Una puerta.

La voz de un hombre.

Y yo.

Pequeña.

Muy pequeña.

Sentí que me mareaba.

Mateo me sostuvo.

—Elena.

—Estoy bien.

—No estás bien.

—Estoy recordando.

Mi madre nos observó.

—No fuerces los recuerdos.

—¿Por qué?

—Porque algunos fueron enterrados por una razón.

—¿Quién los enterró?

—Julián.

Sentí un golpe en el pecho.

—¿Cómo?

—Te llevaron a un médico.

—¿Para qué?

—Para ayudarte a olvidar.

Mateo palideció.

—¿Le hicieron algo?

Mi madre negó.

—No.

—¿Entonces?

—Te hicieron creer que algunos recuerdos eran sueños.

Cerré los ojos.

Ahora entendía muchas cosas.

Aquellas imágenes que aparecían en mis sueños.

La niña.

El vestido.

La casa.

La voz.

Había pensado que eran recuerdos inventados.

No lo eran.

Eran fragmentos de mi infancia.

Fragmentos que alguien había intentado borrar.

Regresamos al automóvil.

Mateo condujo.

Mi madre permaneció en silencio.

Yo miraba por la ventana.

Después de unos minutos pregunté:

—¿Por qué Mateo aparece en mi historia?

Mi madre no respondió.

—Mamá.

—Porque su padre estaba involucrado.

—¿Eso es todo?

—No.

—Entonces dime la verdad.

Mi madre miró a Mateo a través del espejo.

—Su padre quería encontrar a Lucía.

Mateo frunció el ceño.

—¿Para qué?

—Porque Lucía tenía algo.

—¿Qué?

—Un recuerdo.

—¿De qué?

—De una habitación.

—¿Qué había allí?

Mi madre bajó la mirada.

—Una caja.

—¿Qué caja?

—Una caja con nombres.

—¿Nombres de quién?

—De todos los niños trasladados.

Mateo se quedó en silencio.

—¿Y esa caja?

—Desapareció.

—¿Quién la tenía?

Mi madre me miró.

—Julián.

Sentí un nudo en el estómago.

—Entonces Julián tenía pruebas.

—Sí.

—¿Y por qué no las entregó?

—Porque intentaba protegerte.

—Otra vez.

Mi madre cerró los ojos.

—Elena, Julián cometió errores.

—¿Cuáles?

—Demasiados.

—¿Qué hizo?

—Cambió identidades.

—¿La mía?

—Sí.

—¿La de Lucía?

—También.

—¿La de Mateo?

Mi madre tardó en responder.

—Sí.

Mateo frenó de golpe.

El automóvil quedó detenido en medio de la carretera.

—¿Qué dijiste?

Mi madre lo miró.

—Tu identidad también fue modificada.

—¿Por qué?

—Para que nadie supiera quién eras.

—¿Quién soy?

Mi madre negó.

—No puedo decírtelo.

Mateo golpeó suavemente el volante.

—¡Ya basta!

Su voz se quebró.

—¡Todos saben quién soy menos yo!

Mi madre comenzó a llorar.

—Lo siento.

—No quiero que lo sientas.

Mateo salió del automóvil.

Cerró la puerta.

Yo lo observé caminar unos metros.

Me bajé.

—Mateo.

No respondió.

—Mateo.

Se volvió.

—¿Sabes qué es lo peor?

—¿Qué?

—Toda mi vida sentí que había algo que no encajaba.

—Yo también.

—Nunca entendí por qué mi padre era tan frío conmigo.

—Quizá porque sabía la verdad.

—Nunca entendí por qué me cambiaron de escuela tantas veces.

—Tal vez para ocultarte.

—Nunca entendí por qué mi madre desaparecía durante semanas.




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