Durante varios minutos permanecí sentada sobre la cama sin moverme.
El teléfono seguía en mi mano.
La pantalla se había apagado, pero las palabras de Mateo continuaban allí, grabadas en mi cabeza.
«Sé quién es Lucía.»
Y después:
«La mujer de la fotografía no es quien tú crees.»
Sentí una mezcla de rabia, miedo y desesperación.
Había llegado demasiado lejos para detenerme.
Pero también había llegado demasiado lejos para seguir confiando ciegamente.
Me levanté y caminé hasta la ventana.
La ciudad estaba cubierta por la oscuridad.
Pensé en mi madre.
En la carta.
En Alejandro.
En aquella niña que había desaparecido hacía cuarenta y cinco años.
En Clara.
En Ricardo.
En Mateo.
Todos parecían tener una pieza del rompecabezas.
Todos menos yo.
Y estaba cansada de ser la última persona en enterarse de su propia historia.
Volví a mirar el teléfono.
Tenía tres opciones.
Podía ignorar a Mateo.
Podía llamarlo.
O podía ir directamente a la dirección de Lucía.
Mi primera reacción fue elegir la tercera.
Pero entonces recordé las palabras de Clara.
«Elige por ti misma.»
Por primera vez, no quería reaccionar impulsivamente.
Quería pensar.
Me senté nuevamente.
Respiré profundamente.
Y escribí:
«Ven.»
La respuesta llegó casi inmediatamente.
«¿Dónde estás?»
No se lo dije.
Escribí:
«No te lo diré hasta que vengas solo.»
Pasaron unos segundos.
«Está bien.»
Después:
«Dame veinte minutos.»
Apagué el teléfono.
Veinte minutos.
Tenía exactamente veinte minutos para decidir cuánto estaba dispuesta a creer.
Mateo llegó dieciocho minutos después.
Escuché tres golpes suaves en la puerta.
No abrí inmediatamente.
Miré por la mirilla.
Estaba solo.
Vestía una camisa oscura y un abrigo.
Parecía cansado.
Muy cansado.
Abrí.
No dijo nada.
Entró.
Cerré la puerta.
Durante unos segundos permanecimos frente a frente.
Él fue el primero en hablar.
—Estás enojada.
—Estoy cansada.
—Lo entiendo.
—No creo que entiendas nada.
Mateo bajó la mirada.
—Probablemente no.
—Dijiste que sabías quién era Lucía.
—Sí.
—Entonces dime quién es.
—Antes necesito explicarte algo.
—No.
—Elena…
—No quiero otra explicación a medias.
Mi voz temblaba.
—Quiero la verdad.
Mateo me miró.
—Yo también.
—Entonces empieza.
Se sentó en una silla.
Yo permanecí de pie.
—La mujer de la fotografía se llama Lucía Rivas.
—Eso ya lo sé.
—Pero ese no es su verdadero nombre.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—Después de desaparecer, alguien cambió su identidad.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Entonces cómo sabes que es ella?
Mateo sacó un sobre de su bolsillo.
—Porque encontré esto.
Lo dejó sobre la mesa.
No lo toqué.
—¿Qué es?
—Una copia de un expediente antiguo.
—¿De quién?
—De una niña desaparecida.
—Lucía.
Asintió.
—Sí.
Abrí el sobre.
Había varias hojas.
Una fotografía.
Y un documento con una fecha.
1981.
Leí el encabezado.
“Menor desaparecida.”
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Dónde encontraste esto?
—En la casa de mi padre.
Levanté la mirada.
—¿Entraste allí?
—Sí.
—¿Sin que él lo supiera?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque después de lo que ocurrió con Clara, entendí que ya no podía seguir esperando respuestas.
Pasé una hoja.
Había una descripción de una niña.
Edad: dos años.
Cabello oscuro.
Ojos claros.
Una pequeña marca junto a la ceja.
Mi respiración se detuvo.
Era la misma característica de la mujer de la fotografía.
—Es ella.
—Sí.
—Entonces está viva.
—Eso creo.
—¿Dónde está?
Mateo negó.
—Todavía no lo sé.
—Pero tienes una dirección.
—La dirección pertenece a una mujer llamada Lucía Rivas.
—Entonces iremos.
—No.
Lo miré con incredulidad.
—¿Cómo que no?
—Porque esa dirección es una trampa.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo también recibí el mismo mensaje.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué mensaje?
Mateo sacó su teléfono.
Me mostró una fotografía.
Era la misma que yo había encontrado.
La mujer.
El medallón.
La mirada.
—Me enviaron esto hace tres días.
—¿Quién?
—Número desconocido.
—¿Y qué decía?
—“Tu pasado está más cerca de lo que imaginas.”
Me quedé mirando la pantalla.
—¿Y no fuiste?
—No.
—¿Por qué?
—Porque investigué primero.
—¿Qué encontraste?
Mateo respiró profundamente.
—La mujer de la fotografía existe.
—¿Quién es?
—Se llama Lucía Rivas.
—Entonces es ella.
—No necesariamente.
—¿Por qué?
—Porque hay algo que no coincide.
—¿Qué?
—Su edad.
Fruncí el ceño.
—¿Qué pasa con su edad?
—La mujer de la fotografía tiene cuarenta y cinco años.
—Sí.
—Lucía desapareció cuando tenía dos.
—Sí.
—Pero la mujer que aparece en esa fotografía tiene documentos que indican que nació dos años antes de la desaparición.
Sentí que mi cabeza daba vueltas.
—Entonces…
—Alguien está utilizando el nombre de Lucía.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Y la mujer?
—Puede ser ella.
—¿O puede no serlo?
—Exactamente.
Me senté.
La historia volvía a complicarse.
—Entonces ¿qué sabemos realmente?