Durante los siguientes diez minutos conduje sin decir una palabra.
No sabía adónde iba.
O, mejor dicho, sabía perfectamente adónde debía ir, pero una parte de mí se resistía a aceptar que aquella casa pudiera convertirse nuevamente en el centro de mi vida.
La casa de mi madre.
La casa donde había crecido.
La casa donde había aprendido a caminar, a leer, a llorar a escondidas y a imaginar un futuro que, hasta hacía unas horas, creía conocer.
Ahora aquella casa parecía otra.
Como si detrás de cada pared hubiera una historia esperando ser descubierta.
Como si los muebles supieran algo que yo ignoraba.
Como si los cuadros familiares fueran testigos silenciosos de una mentira que había durado cuarenta y seis años.
Mateo permanecía sentado a mi lado.
Miraba por la ventana.
No hablaba.
Yo tampoco.
Pero había una pregunta que no podía dejar de repetir en mi cabeza.
¿Por qué él?
¿Por qué había aparecido precisamente ahora?
Y, sobre todo:
¿Qué relación tenía conmigo?
Finalmente rompí el silencio.
—¿Desde cuándo sabes que existo?
Mateo giró lentamente la cabeza.
—No lo sabía.
—No te creo.
—Es la verdad.
—Entonces explícame cómo sabías que mi madre era importante.
—Porque mi abuelo hablaba de ella.
—¿Qué decía?
—Muy poco.
—Eso no responde mi pregunta.
Mateo suspiró.
—Decía que había amado a una mujer que perdió por culpa de una mentira.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Y esa mujer era mi madre?
—Sí.
—¿Y la mentira?
Mateo guardó silencio.
—Mateo.
—Todavía no conozco toda la historia.
—Pero sabes más que yo.
—Sí.
—Entonces necesito que me cuentes todo lo que sabes.
—Te lo contaré.
—¿Cuándo?
—Cuando estemos seguros de que nadie nos está siguiendo.
Miré el espejo retrovisor.
El automóvil negro ya no estaba detrás de nosotros.
Pero eso no me tranquilizó.
—¿Crees que realmente nos siguen?
—No lo sé.
—¿Y si fue solamente una amenaza?
—Puede ser.
—No pareces convencido.
—Porque no lo estoy.
Apreté las manos sobre el volante.
—Mi vida era mucho más sencilla hace veinticuatro horas.
Mateo sonrió con tristeza.
—La mía también.
Lo miré de reojo.
—¿Te arrepientes de haberme hablado?
No respondió inmediatamente.
—No.
—¿Por qué?
—Porque creo que llevas demasiado tiempo viviendo dentro de una historia que alguien escribió por ti.
Sus palabras me golpearon.
Quizás porque eran ciertas.
Había pasado años siendo la esposa de alguien.
La hija de alguien.
La madre de alguien.
La mujer que todos esperaban que fuera.
Pero ¿quién era Elena?
Esa pregunta me había perseguido durante los últimos meses.
Desde que descubrí la infidelidad de mi esposo, había empezado a preguntarme qué quedaba de mí después de quitar todos los roles que había desempeñado.
Y ahora aparecía Mateo.
Con una fotografía.
Una carta.
Un secreto.
Y demasiadas preguntas.
Llegamos a la casa cerca de las nueve de la noche.
Apagué el motor.
Durante unos segundos ninguno se movió.
La fachada estaba iluminada por una lámpara antigua.
Las ventanas oscuras parecían ojos cerrados.
—¿Quieres que entre contigo? —preguntó Mateo.
Lo miré.
—No.
—Está bien.
—Pero quédate aquí.
—¿Por qué?
—Porque tengo miedo.
Lo dije sin vergüenza.
Por primera vez en mucho tiempo no intenté aparentar fortaleza.
Mateo asintió.
—Me quedaré.
Bajé del automóvil.
Abrí la puerta de la casa.
El olor me golpeó inmediatamente.
Madera vieja.
Lavanda.
Polvo.
Y algo más.
El perfume de mi madre.
Me quedé inmóvil en el recibidor.
Durante un instante tuve la sensación absurda de que ella aparecería desde la cocina y me preguntaría por qué había tardado tanto.
—¿Mamá?
La palabra salió de mis labios sin que pudiera evitarlo.
Silencio.
Cerré los ojos.
Una lágrima descendió por mi mejilla.
—Te extraño —susurré.
No esperaba respuesta.
Pero escuchar mi propia voz en aquella casa vacía me hizo sentir más sola que nunca.
Entré.
Dejé el bolso sobre una mesa.
Y entonces recordé algo.
La caja.
La caja donde había encontrado la carta.
Corrí hacia el dormitorio.
La puerta estaba entreabierta.
Entré.
Todo parecía igual.
El armario.
La cama.
La cómoda.
Las fotografías.
Me acerqué al lugar donde había encontrado la caja.
Nada.
Revisé debajo del armario.
Nada.
Abrí los cajones.
Nada.
Hasta que encontré algo extraño.
Uno de los cajones estaba ligeramente abierto.
Yo recordaba haberlo dejado cerrado.
Lo abrí.
Dentro había pañuelos antiguos.
Un rosario.
Una pequeña libreta.
Y una llave.
Una llave que no había visto antes.
La tomé.
Era antigua.
De metal oscuro.
Tenía grabada una letra.
A.
Alejandro.
Sentí un escalofrío.
Guardé la llave en mi bolsillo.
Después miré alrededor.
Había algo que no encajaba.
La habitación estaba demasiado ordenada.
Como si alguien hubiera buscado algo.
O como si alguien hubiera querido asegurarse de que yo no encontrara nada.
Salí al pasillo.
Entonces escuché un ruido.
Un golpe.
Me quedé congelada.
Venía de la planta baja.
—¿Mateo?
Nadie respondió.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Bajé lentamente las escaleras.
—¿Mateo?
Esta vez escuché su voz.
—Estoy aquí.
Lo encontré en el salón.