A Los 46 DescubrÍ El Secreto Que CambiÓ Mi Vida

CAPÍTULO 40 La mujer que llevaba mi rostro

La miré.

Ella me miraba a mí.

Durante unos segundos ninguna de las dos dijo una palabra.

Era como contemplarme frente a un espejo que hubiera decidido respirar.

Tenía mis ojos.

Mi nariz.

La misma forma de los labios.

La misma pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda.

Incluso la manera de inclinar ligeramente la cabeza cuando estaba intentando comprender algo…

era la mía.

O quizá yo era la que estaba copiando la suya.

Porque, de repente, ya no sabía cuál de las dos había aprendido primero aquellos gestos.

Mateo permanecía a mi lado.

Sentía su mano alrededor de la mía.

Pero incluso su contacto parecía lejano.

Como si yo estuviera observando mi propia vida desde fuera.

La mujer dio un paso.

—No tengas miedo.

Solté una risa nerviosa.

—¿Que no tenga miedo?

Ella asintió.

—Sé que parece imposible.

—Todo en mi vida parece imposible.

La mujer bajó la mirada.

—Lo sé.

Su voz.

Dios.

Su voz también se parecía a la mía.

No exactamente.

Pero tenía el mismo tono grave que había adquirido después de años de tristeza.

El mismo cansancio.

La misma manera de pronunciar las palabras cuando intentaba no llorar.

Mateo levantó el arma que Esteban le había dado.

—No te acerques.

La mujer lo miró.

—No quiero hacerles daño.

—¿Quién eres?

Ella respondió sin apartar los ojos de mí.

—La pregunta correcta es quién eres tú.

Sentí un vacío en el estómago.

—Ya estoy cansada de esa pregunta.

—Entonces quizá estés preparada para escuchar la respuesta.

—Habla.

La mujer respiró profundamente.

—Me llamo Elena.

Sentí que algo dentro de mí se quebraba.

El nombre.

Aquel nombre que había utilizado durante cuarenta y seis años.

El nombre que había escrito en documentos.

El nombre con el que había firmado.

El nombre que había escuchado cuando alguien quería llamarme.

El nombre con el que había amado.

Llorado.

Trabajado.

Envejecido.

Elena.

—No —susurré.

La mujer asintió.

—Sí.

—No puedes ser Elena.

—Lo soy.

—Yo soy Elena.

Ella sonrió tristemente.

—Eso es lo que nos hicieron creer a las dos.

Mateo dio un paso adelante.

—Explícate.

La mujer lo miró.

Y entonces dijo:

—Porque ninguna de las dos empezó siendo Elena.

Silencio.

Valeria comenzó a llorar.

—No debiste venir.

La mujer giró hacia ella.

—Tú sabías que algún día lo haría.

—No.

—Sí.

—Te protegí.

—Me escondiste.

—Era necesario.

—Para ti.

Valeria negó con la cabeza.

—Para ella.

La mujer volvió a mirarme.

—¿Ves?

—¿Qué?

—Siempre habla de ti.

Sentí una punzada.

—¿Por qué?

—Porque tú eras la que debía vivir.

La miré confundida.

—Pero acabas de decir que tú eres Elena.

—Sí.

—Y yo viví como Elena.

—Sí.

—Entonces ¿quién era yo?

La mujer respiró profundamente.

—Amalia.

Mi corazón dio un vuelco.

—Entonces soy Amalia.

—Sí.

—¿Y tú?

—Elena.

—¿Y Aura?

—Aura.

—¿Y Ariadna?

La mujer bajó la mirada.

—Ariadna.

—¿Todas existían?

—Sí.

—Entonces ¿por qué todas tenían mi rostro?

La mujer levantó los ojos.

—Porque algunas de nosotras fueron creadas para parecernos.

—¿Crearon personas?

—No.

—¿Entonces?

—Crearon identidades.

Elvira se acercó lentamente.

—Explícaselo.

La mujer la miró.

—Tú ya sabes.

—Ella necesita escucharlo.

La mujer asintió.

Y entonces comenzó a contarme una historia que parecía imposible.

—En 1985 no nacieron dos niñas.

Hizo una pausa.

—Nacieron tres.

Mi respiración se detuvo.

—¿Tres?

—Tres niñas.

—¿Quiénes?

—La primera fue Amalia.

Me señaló.

—La segunda fue Aura.

Después se señaló a sí misma.

—Y la tercera…

Miró hacia Valeria.

Valeria cerró los ojos.

—Ariadna.

Sentí un escalofrío.

—Entonces éramos trillizas.

—No exactamente.

—¿Qué significa eso?

—Amalia y Aura fueron hijas de la misma madre.

—¿Y Ariadna?

—Ariadna fue creada después.

—¿Creada?

—Su identidad.

—¿No nació?

—Nació una niña.

Mi corazón volvió a acelerarse.

—¿Qué niña?

La mujer no respondió inmediatamente.

—Una niña que no debía existir en los registros.

—¿Por qué?

—Porque nació durante el caos.

—¿Qué caos?

Valeria intervino:

—La noche del incendio.

La mujer asintió.

—Aquella noche había cinco niños.

—¿Cinco?

—Sí.

—¿Quiénes?

Ella comenzó a contar con los dedos.

—Amalia.

—Aura.

—Lucía.

—Samuel.

Y finalmente…

—La quinta.

Todos nos quedamos inmóviles.

—¿Quién era la quinta? —pregunté.

La mujer me miró.

—Esa es la persona que todos llevan cuarenta años intentando encontrar.

Mi piel se erizó.

—¿Y quién es?

—No lo sé.

Elvira soltó una risa amarga.

—Mentira.

La mujer la miró.

—No lo sé con certeza.

—Eso es diferente.

—Sí.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

La mujer respiró.

—Todo.

Me senté.

No podía seguir de pie.

Mateo se sentó junto a mí.

No me preguntó si necesitaba ayuda.

Simplemente estuvo allí.

Como siempre.

La mujer permaneció frente a nosotros.

—Después del incendio, alguien tomó una decisión.

—¿Quién?

—Damián.

Mi corazón se encogió al escuchar su nombre.

—Mi padre.

Ella asintió.

—Damián decidió que ninguna de las niñas debía conservar su identidad original.




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