A Los 46 DescubrÍ El Secreto Que CambiÓ Mi Vida

CAPÍTULO 46 LA MUJER QUE RESPIRABA DETRÁS DE LA PARED

La voz dejó de hablar.

Pero yo seguí escuchándola.

No porque continuara pronunciando mi nombre, sino porque hay palabras que no necesitan repetirse para quedarse viviendo dentro de una persona. Algunas se instalan en el corazón como una astilla. Otras se hunden tan profundamente en la memoria que uno termina dudando si las ha oído de verdad o si siempre estuvieron allí, esperando el momento de despertar.

Aquella voz había dicho que era la niña que Julián dejó morir.

Y después había pronunciado la frase que me arrebató el sueño, la razón y cualquier posibilidad de fingir que todavía comprendía algo de mi vida.

«Amalia, si quieres salvar a tu hermana, mañana no vayas al cementerio».

Me quedé inmóvil frente a la pared.

Tenía una mano apoyada sobre el papel despegado y la otra aferrada al medallón que llevaba colgado del cuello. El pasillo estaba sumido en una oscuridad amarillenta, apenas interrumpida por la luz que escapaba de la habitación de Ariadna. Desde algún lugar de la casa llegaba el sonido de una tubería, un crujido antiguo, el viento rozando las ventanas.

Todo parecía normal.

Todo parecía muerto.

Sin embargo, detrás de aquella pared había alguien.

O algo.

No quería pensar en la posibilidad de que la voz hubiese sido una grabación. Tampoco quería aceptar que una mujer pudiera permanecer oculta durante años en un espacio que yo había recorrido decenas de veces sin advertir su presencia.

Apoyé la oreja contra el muro.

—¿Sigues ahí?

Silencio.

—Por favor, vuelve a hablarme.

Nada.

Golpeé suavemente la pared tres veces.

Esperé.

Después golpeé otras tres.

El mismo código.

El mismo patrón que había aparecido en los documentos de Damián, en las notas de Marina y en los registros que nadie había logrado interpretar por completo.

Tres golpes.

Una pausa.

Tres golpes.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Entonces, desde el otro lado, alguien respondió.

Tres golpes.

Una pausa.

Tres golpes.

Me aparté tan bruscamente que tropecé con una pequeña mesa. Un florero cayó al suelo y se hizo añicos. El ruido resonó por toda la casa.

—¡Amalia!

La voz de Ariadna llegó desde el dormitorio.

Corrí hacia ella.

La encontré sentada en la cama, con el rostro pálido y los ojos abiertos de par en par. Tenía una mano sobre el pecho y la otra aferrada a la sábana, como si acabara de despertar de una pesadilla.

Pero no parecía una mujer que hubiese despertado.

Parecía una mujer que había reconocido algo que llevaba años intentando olvidar.

—¿Qué ocurrió? —le pregunté.

Ariadna me miró.

Durante un instante vi en sus ojos una expresión que nunca antes había observado en ella: miedo, sí, pero también una extraña forma de reconocimiento.

—La escuché —susurró.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿A quién?

Ariadna tragó saliva.

—A la mujer.

No tuve que preguntarle qué mujer.

—¿También te habló?

Negó lentamente con la cabeza.

—No. Pero escuché los golpes.

Me senté a su lado y le tomé las manos.

Estaban heladas.

—Ariadna, necesito que me digas la verdad. ¿Sabes quién está detrás de esa pared?

Sus labios temblaron.

—No estoy segura.

—¿Qué significa eso?

Cerró los ojos.

—Significa que hay recuerdos que no sé si son míos.

Aquella respuesta me hizo sentir una tristeza tan profunda que tuve que apartar la mirada.

Mi hermana.

La mujer a la que había buscado entre fotografías, documentos, nombres falsos y testimonios contradictorios.

La mujer que podía ser mi hermana gemela, mi hermana de otra sangre o una persona a la que alguien había unido a mi destino mediante una mentira.

Ni siquiera eso estaba completamente resuelto.

Y, sin embargo, cuando la veía temblar, cuando reconocía en sus ojos el mismo terror que me acompañaba desde que descubrí que mi nombre podía no ser mío, no necesitaba un certificado para sentir que estaba unida a ella.

—¿Qué recuerdas? —pregunté con suavidad.

Ariadna tardó en responder.

—Una habitación blanca.

—¿Dónde?

—No lo sé.

—¿En el sanatorio?

Se llevó ambas manos a las sienes.

—Quizá. Recuerdo una lámpara redonda. Una mujer que lloraba. Alguien que repetía que no debíamos decir nuestros nombres en voz alta.

Sentí que la sangre se me enfriaba.

—¿Qué nombres?

Ariadna abrió los ojos.

—Elena.

Pronunció aquella palabra como si le quemara la lengua.

—Una mujer decía que había demasiadas Elenas. Que, si alguien pronunciaba ese nombre, todas las puertas se abrirían al mismo tiempo.

Me levanté y comencé a caminar por la habitación.

Tres Elenas.

La madre de Inés.

La hermana de Inés, Gabriela, vinculada a Alejandro y al incendio.

Y la niña que había recibido aquel nombre antes de que los adultos comenzaran a intercambiar identidades como si fueran prendas de vestir.

Pero ahora existía una cuarta posibilidad.

La Elena Salvatierra de la fotografía.

La mujer que supuestamente había muerto hacía cuarenta años.

La mujer que había dejado un mensaje para mí.

La mujer de la que la voz detrás de la pared me había advertido que no debía fiarme.

—Ariadna —dije, deteniéndome frente a ella—, necesito que recuerdes algo más. ¿Has oído alguna vez el nombre A-00?

Su rostro cambió.

Fue apenas un movimiento de los ojos, una contracción en la mandíbula, un gesto mínimo.

Pero lo vi.

—¿Por qué me preguntas eso?

—Porque aparece en un documento firmado por Damián. Dice que era una identidad no asignada. Que debía conservarse hasta que la niña pudiera reclamarla por sí misma.

Ariadna comenzó a negar con la cabeza.

—No.

—¿No qué?

—No me hagas esto.




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