A Los 46 DescubrÍ El Secreto Que CambiÓ Mi Vida

CAPÍTULO 32 El padre que regresó de entre los muertos

—Porque yo fui quien ordenó que borraran tu memoria.

Durante unos segundos no entendí las palabras.

Las escuché.

Las vi salir de los labios de Gabriel.

Pero mi mente se negó a aceptarlas.

Era como si alguien hubiera hablado en un idioma que conocía perfectamente y, al mismo tiempo, no pudiera comprender.

Lo miré fijamente.

Aquel hombre que durante cuarenta años había existido solamente en fotografías, documentos, rumores y recuerdos incompletos estaba frente a mí.

Vivo.

Respirando.

Con los mismos ojos que aparecían en las fotografías.

Con la misma pequeña cicatriz sobre la ceja.

Con una expresión de tristeza que parecía llevar cuatro décadas esperando aquel momento.

Gabriel.

El padre de Mateo.

El hombre al que todos habíamos dado por muerto.

El hombre cuya existencia había sido negada.

Y ahora…

el hombre que acababa de confesar que había destruido una parte de mi memoria.

Sentí que mis piernas temblaban.

Mateo se colocó delante de mí.

—¿Qué dijiste?

Gabriel lo miró.

—Lo que escuchaste.

—¿Tú eres mi padre?

El rostro de Gabriel se quebró.

—Sí.

Mateo dio un paso hacia él.

—Entonces mírame.

Gabriel levantó los ojos.

—Mírame y dime que eres mi padre.

Gabriel respiró profundamente.

—Soy tu padre.

Mateo cerró los puños.

—¿Y estuviste vivo todo este tiempo?

Silencio.

—¿Mientras yo crecía creyendo que estabas muerto?

Gabriel no respondió.

—¿Mientras mi madre lloraba tu muerte?

Marina bajó la mirada.

—¿Mientras yo buscaba respuestas que nadie quiso darme?

Gabriel tragó saliva.

—Sí.

Mateo lo empujó.

No con violencia.

Pero sí con toda la rabia acumulada de una vida entera.

Gabriel retrocedió un paso.

—¿Por qué?

Su voz se quebró.

—¿Por qué hiciste esto?

Gabriel cerró los ojos.

—Porque era la única manera de mantenerlos vivos.

—¡No vuelvas a decir eso!

Mateo gritó.

—¡Toda mi vida me dijeron que era para protegerme!

Me miró.

—¡A ella también!

Señaló hacia mí.

—¡Y cada vez que encontramos una respuesta aparece otra mentira!

Gabriel bajó la cabeza.

—No todo fue mentira.

—Entonces dime una verdad.

Gabriel levantó lentamente la mirada.

—Tú eres mi hijo.

Mateo quedó inmóvil.

—Y ella…

Sus ojos se posaron en mí.

—Ella es Amalia.

Sentí un escalofrío.

—Eso ya lo sé.

Gabriel negó.

—No.

Su voz fue apenas un susurro.

—Todavía no sabes lo que significa ser Amalia.

Marina comenzó a llorar.

—Gabriel, no aquí.

Él se volvió hacia ella.

—Ya no podemos seguir ocultándolo.

—Todavía no.

—Han pasado cuarenta años.

—Precisamente por eso.

—Ya no son niños.

Marina negó.

—Eso no significa que estén preparados.

Me adelanté.

—No decidas por mí.

Gabriel me miró.

—Nunca debí hacerlo.

—Pero lo hiciste.

—Sí.

—Me quitaste recuerdos.

—Sí.

—Me quitaste mi identidad.

—Intenté protegerla.

—¡No!

Mi voz salió más fuerte de lo que esperaba.

—Intentaste decidir quién tenía derecho a ser yo.

Gabriel guardó silencio.

Sentí las lágrimas bajando por mis mejillas.

—¿Sabes qué se siente pasar cuarenta y seis años sin saber quién eres?

No respondió.

—¿Sabes qué se siente mirar fotografías de tu propia infancia y no reconocer a la niña que aparece en ellas?

Silencio.

—¿Sabes qué se siente amar a alguien y después descubrir que toda tu vida estuvo rodeada de secretos?

Miré a Mateo.

—¿Sabes lo que significa descubrir que hasta el amor que encontraste puede estar relacionado con una historia que alguien escribió antes de que tú pudieras decidir?

Gabriel cerró los ojos.

—Sí.

Me quedé sorprendida.

—¿Sí?

—Porque yo también perdí mi identidad.

Lo miré.

—¿Qué quieres decir?

Gabriel se tocó la sien.

—A mí también me borraron parte de la memoria.

Marina levantó la cabeza.

—Gabriel…

—No puedo recordar todo.

Mateo lo observó.

—Entonces ¿cómo sabes lo que hiciste?

Gabriel respiró profundamente.

—Porque alguien me dejó pruebas.

—¿Quién?

—Yo mismo.

Aquella respuesta me desconcertó.

—¿Cómo?

Gabriel señaló la fotografía que yo todavía tenía en la mano.

La del quinto niño.

—Antes de desaparecer, sabía que podían atraparme.

—¿Quiénes?

—Los mismos que llevan cuarenta años intentando controlar el archivo.

—¿Salvador?

Gabriel negó.

—Salvador fue culpable de muchas cosas.

—¿Y no de todo?

—No.

—Entonces ¿quién?

Gabriel me miró.

—Todavía no puedo decirte su nombre.

Mateo soltó una risa amarga.

—Claro.

—No es por esconderte la verdad.

—Entonces ¿por qué?

—Porque si digo ese nombre aquí, alguien morirá.

El silencio cayó sobre nosotros.

Marina palideció.

—¿Todavía?

Gabriel asintió.

—Todavía.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

Gabriel se acercó.

—Porque hay una persona dentro de nuestro círculo.

Miré a Mateo.

Después a Marina.

Finalmente a Gabriel.

—¿Uno de nosotros?

Gabriel negó.

—Alguien que lleva años fingiendo estar de nuestro lado.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Eso no tiene sentido.

—Sí lo tiene.

Gabriel señaló mi cabeza.

—Por eso borramos tus recuerdos.

Me quedé inmóvil.

—Explícate.

—Porque tú viste su rostro.

La frase me atravesó.

—¿Yo?

—Sí.

—¿Cuándo?

Gabriel miró la fotografía.

—La noche en que desapareció el archivo original.




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