—No la dejes acercarse a Mateo. Porque ella fue quien lo entregó para que tú pudieras vivir.
La voz de mi madre adoptiva se quebró en aquella última palabra.
Vivir.
Una palabra tan pequeña, tan hermosa, tan necesaria, que jamás imaginé que pudiera convertirse en una condena.
El teléfono seguía reproduciendo la grabación, pero nadie se atrevía a moverse. La mujer que había aparecido en mi casa afirmando ser la hermana gemela de mi madre biológica permanecía frente a nosotros, inmóvil, con los ojos clavados en el aparato. Su rostro había perdido todo rastro de serenidad.
Mateo me sostenía la mano.
Yo no podía sentir sus dedos.
No porque hubiera dejado de apretarlos, sino porque mi cuerpo parecía haberse convertido en una casa vacía, recorrida por un viento helado que abría todas las puertas y derribaba todos los recuerdos.
Mi madre adoptiva había muerto hacía años.
O eso creía.
La mujer que me había criado, que me había enseñado a leer, que me había curado las rodillas cuando me caía, que me había abrazado durante mis primeras pesadillas y que había permanecido junto a mi cama cuando la fiebre me hacía delirar, acababa de hablarme desde el pasado.
Y no me había dicho que me amaba.
No me había pedido perdón.
Me había advertido que la mujer que tenía delante podía destruir a Mateo.
—Apágalo —susurró la desconocida.
Nadie obedeció.
—He dicho que lo apagues.
Su voz ya no sonaba maternal. Sonaba amenazante.
Y eso fue lo que me hizo reaccionar.
—No vuelvas a dar órdenes en mi casa.
La mujer me miró como si acabara de abofetearla.
—Amalia, no entiendes lo que estás haciendo.
—Tienes razón. No entiendo absolutamente nada. No sé quién eres, no sé quién soy, no sé por qué todos los que aparecen en mi vida aseguran haberme salvado mientras me esconden la verdad. No sé por qué mi madre me advierte que debo alejarte de Mateo. Y tampoco sé por qué tú lo llamaste Ariadna hace apenas unos minutos.
Me faltó el aire.
—Así que vas a empezar a responderme.
Ella bajó la mirada.
—No puedo.
Solté una risa amarga.
—Qué extraño. Todos pueden entrar en mi vida, cambiarme el nombre, modificar mis recuerdos, decidir quién merece amarme y quién debe morir, pero ninguno puede responder una pregunta sencilla.
—No es una pregunta sencilla.
—¡Para mí sí! —grité—. ¿Quién eres?
El silencio que siguió fue tan profundo que escuché el zumbido de la lámpara sobre nuestras cabezas.
La desconocida me observó durante varios segundos. Después levantó la barbilla.
—Me llamo Elena Salvatierra.
—Eso ya lo dijiste.
—Y no fue mentira.
—Tampoco fue toda la verdad.
Sus labios temblaron.
—No.
Aquella respuesta me golpeó más que cualquier confesión.
Por primera vez, no intentó convencerme de que estaba equivocada.
No se defendió.
No culpó a Salvador, ni a Alejandro, ni a Valeria, ni a los hombres que habían utilizado el nombre Julián como una máscara.
Simplemente aceptó que había mentido.
—¿Qué parte de tu historia es cierta? —pregunté.
Elena miró a Mateo.
Y entonces comprendí que la advertencia de mi madre adoptiva no había terminado con aquella frase.
Apenas comenzaba.
—Yo estuve allí la noche del incendio —respondió—. Conocí a tu madre. Vi a los niños. Vi cómo se llevaban a algunos y cómo otros desaparecían de los registros. También sé lo que hicieron con Mateo.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Qué hicieron con él?
Elena cerró los ojos.
—Lo entregué.
Mateo soltó mi mano.
No fue un movimiento brusco. No me rechazó. Simplemente dejó de tocarme, como si necesitara recuperar el control de su propio cuerpo antes de escuchar lo que venía.
—¿A quién? —preguntó.
Elena no respondió.
—Te he hecho una pregunta.
—A una mujer que prometió mantenerlo con vida.
—¿A mi madre? —preguntó Mateo.
Elena negó lentamente.
—No.
—¿A Marina?
Su expresión cambió.
Fue apenas un segundo, una grieta en aquella máscara que había sostenido durante tantos años, pero la vi.
Y Mateo también.
—Conoces a Marina —dijo él.
—Sí.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¡No me mientas!
Elena retrocedió.
—No sé dónde está ahora.
—¿Y dónde estaba cuando me entregaste?
La mujer se llevó una mano al pecho.
—No era una decisión que pudiera tomar libremente.
Mateo soltó una carcajada sin alegría.
—Siempre hay una excusa, ¿verdad? Todos tenían una razón. Todos actuaron por amor, por miedo, por protección. Todos hicieron lo necesario para salvarnos. Y, sin embargo, aquí estamos, intentando descubrir por qué nadie nos permitió vivir una vida normal.
Se volvió hacia mí.
Sus ojos estaban llenos de un dolor que reconocí de inmediato, porque era el mismo que yo había llevado durante años sin saber nombrarlo.
—Amalia, necesito saber algo.
—Pregúntame.
—Si todo lo que hemos descubierto es cierto, si nuestras identidades fueron cambiadas y nuestros recuerdos manipulados, si alguien decidió que debíamos encontrarnos… ¿cómo sabemos que lo que sentimos es nuestro?
La pregunta me atravesó.
No porque dudara de mi amor por él.
Sino porque comprendía el terror que había detrás de aquellas palabras.
Durante meses habíamos luchado contra documentos, testimonios, grabaciones y personas que afirmaban conocer nuestro pasado mejor que nosotros mismos. Habíamos defendido nuestro derecho a amarnos mientras el mundo entero parecía empeñado en convertir ese amor en un error.
Y ahora alguien acababa de decirnos que la vida de Mateo había sido entregada como precio para que yo sobreviviera.
Me acerqué a él.
—Mírame.
Lo hizo con dificultad.
—Yo no puedo demostrarte quién eras cuando naciste. No puedo reconstruir todos los días que te robaron. No puedo prometerte que mañana no aparecerá alguien con otra fotografía, otro nombre o una nueva versión de nuestra historia.