A Los 46 DescubrÍ El Secreto Que CambiÓ Mi Vida

CAPÍTULO 19 LA MENTIRA QUE PODÍA DESTRUIR NUESTRO AMOR

—Porque ustedes dos no se conocieron por casualidad.

La voz detrás de la puerta hizo una pausa.

Y entonces pronunció las palabras que todavía hoy puedo recordar como si hubieran sido grabadas a fuego dentro de mi cabeza:

—Fueron separados porque eran hermanos.

No escuché nada después.

O quizás sí.

Quizás escuché los pasos.

La respiración de Mateo.

El llanto de Teresa.

El murmullo de Isabel.

El golpe de alguna puerta.

Pero mi mente había decidido quedarse atrapada en una sola palabra.

Hermanos.

Miré a Mateo.

Él me miraba a mí.

Su rostro había perdido todo color.

—No —dije.

No sabía si se lo decía a él, a la voz detrás de la puerta o a mí misma.

—No.

Mateo dio un paso hacia mí.

—Elena…

—No me toques.

Se detuvo.

Vi el dolor en sus ojos.

Y aquello me dolió todavía más.

Porque hasta hacía unos minutos yo había sentido que podía enfrentar cualquier verdad mientras él estuviera conmigo.

Ahora esa misma presencia se había convertido en una pregunta insoportable.

¿Y si todo lo que habíamos sentido estaba construido sobre una mentira?

¿Y si nuestros recuerdos de infancia tenían otro significado?

¿Y si aquel amor que había aparecido cuando ambos éramos adultos era algo que jamás debió existir?

Me alejé.

—No.

Mateo negó con la cabeza.

—Yo tampoco lo sabía.

—Pero podrías ser mi hermano.

—No.

—No puedes saberlo.

—Tú tampoco.

La voz detrás de la puerta volvió a hablar.

—Los dos nacieron de la misma sangre.

Alejandro se levantó de la silla.

—¡Mientes!

La voz soltó una risa baja.

—Tú sabes que no.

—No.

—Tú mismo firmaste el documento.

Alejandro se quedó inmóvil.

Yo lo miré.

—¿Qué documento?

No respondió.

—Alejandro.

Silencio.

—¿Qué documento?

Finalmente bajó la cabeza.

—Uno que nunca debí firmar.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Qué decía?

—Que ustedes tenían el mismo padre.

Mateo apretó los puños.

—¿Quién?

Alejandro no respondió.

—¡¿Quién?!

—Ricardo.

El mundo volvió a detenerse.

Miré a Mateo.

—Ricardo…

Mateo parecía tan confundido como yo.

—Mi padre.

Alejandro asintió.

—Sí.

—¿Y él es mi padre también?

Alejandro cerró los ojos.

—Eso decía el documento.

—¿Pero es verdad?

No respondió.

Entonces comprendí.

—No lo sabes.

Alejandro levantó la mirada.

—No.

Por primera vez desde que había comenzado aquella pesadilla, sentí una pequeña chispa de esperanza.

—Entonces todavía no sabemos si somos hermanos.

Mateo me miró.

—No.

La voz detrás de la puerta volvió a intervenir.

—Pero pronto lo sabrán.

Escuchamos un golpe.

Después otro.

La puerta metálica comenzó a doblarse.

Teresa gritó:

—¡Tenemos que salir!

Isabel señaló una pequeña abertura al fondo.

—Por allí.

—¿Adónde lleva?

—A la antigua clínica.

Mateo miró a Alejandro.

—¿Hay otra salida?

—Sí.

—¿Y por qué nunca la usamos?

Alejandro respondió:

—Porque creíamos que estaba sellada.

Isabel negó.

—Nunca estuvo sellada.

Abrió la puerta.

—Solo querían que creyéramos que lo estaba.

Corrimos.

No sabía cuánto tiempo llevábamos avanzando.

El túnel era estrecho y oscuro.

Mis manos estaban llenas de polvo.

Mi vestido se había enganchado varias veces con las paredes.

Pero no me importaba.

Solo quería alejarme.

Alejarme de aquella voz.

De aquel documento.

De aquella posibilidad.

De la palabra “hermanos”.

Llegamos finalmente a una escalera.

Subimos.

Una puerta oxidada apareció frente a nosotros.

Isabel la abrió.

La luz del exterior me cegó.

Salimos detrás de un edificio abandonado.

Me quedé quieta.

Miré alrededor.

—¿Dónde estamos?

Alejandro respiró con dificultad.

—En la antigua clínica Santa Elena.

La observé.

No quedaba casi nada.

Ventanas rotas.

Paredes descascaradas.

Hierbas creciendo entre las grietas.

Pero algo dentro de mí reaccionó.

Sentí una presión en el pecho.

Un recuerdo.

Una sensación.

Un olor.

Desinfectante.

Flores.

Lluvia.

Y una canción.

Una canción de cuna.

Me llevé la mano a la cabeza.

—¿Qué pasa? —preguntó Mateo.

—Yo conozco este lugar.

Isabel se acercó.

—Claro que lo conoces.

—¿Cómo?

—Aquí naciste.

Miré el edificio.

—No recuerdo haber estado aquí.

—Tu memoria fue bloqueada por el trauma.

—¿Bloqueada?

—Algunas cosas desaparecen de la memoria consciente, pero permanecen en el cuerpo.

Cerré los ojos.

Y entonces lo vi.

Una habitación.

Una mujer.

Mi madre.

Un hombre.

Un bebé.

Y una segunda cuna.

Dos bebés.

Dos pequeñas pulseras.

Dos destinos.

Abrí los ojos.

—Había dos cunas.

Isabel palideció.

—Sí.

—Una estaba junto a la otra.

—Sí.

—Una tenía una manta blanca.

—Sí.

—Y la otra una manta azul.

Isabel comenzó a llorar.

—Lo recuerdas.

—Había alguien que lloraba.

—Sí.

—¿Quién?

—Tú.

Sentí un escalofrío.

—No.

—Sí.

—Yo no estaba llorando.

Isabel me miró.

—La otra niña sí.

Me quedé inmóvil.

—Entonces…

No terminé la frase.

Isabel lo hizo por mí.

—La otra niña era Elena.

Mi corazón se aceleró.

—¿La niña que murió?

—Sí.

—¿Y yo la vi?

—Sí.

—¿La conocí?

—Durante unos minutos.

Me llevé una mano al pecho.




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