A Los 46 DescubrÍ El Secreto Que CambiÓ Mi Vida

CAPÍTULO 38 El hombre que me había llamado hija sin que yo lo supiera

—Soy tu padre.

La llamada terminó.

Pero aquellas tres palabras continuaron sonando dentro de mi cabeza.

Una y otra vez.

Soy tu padre.

Miré la pantalla del teléfono.

Número desconocido.

Sin nombre.

Sin registro.

Nada.

Solo una llamada que había durado menos de un minuto y que acababa de destruir cuarenta y seis años de certezas.

—Amalia…

La voz de Mateo me llegó desde algún lugar lejano.

Yo seguía mirando el teléfono.

—¿Quién era?

No respondí.

—Amalia.

Levanté la mirada.

Todos estaban observándome.

Valeria.

Gabriel.

Marina.

Lucía.

Salvador.

Alejandro.

Esteban.

Todos.

Y en sus rostros había algo que me preocupó más que cualquier respuesta.

Miedo.

—Dijo que era mi padre.

Valeria cerró los ojos.

Gabriel apretó los puños.

Marina comenzó a llorar.

Alejandro bajó la cabeza.

Esteban se quedó completamente inmóvil.

Mateo se acercó a mí.

—¿Quién?

Negué.

—No lo sé.

—¿No dijo su nombre?

—No.

—¿Entonces cómo sabía quién eras?

Lo miré.

—Dijo que me conocía mejor que nadie.

Mateo frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—También dijo algo más.

—¿Qué?

Tragué saliva.

—Que Julián era solo un nombre que él había creado.

El rostro de Esteban cambió.

—No.

Todos lo miramos.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Esteban se acercó.

—Eso no puede ser.

—¿Por qué?

—Porque Julián…

Se detuvo.

—¿Qué?

—Julián era real.

—¿Entonces?

Esteban miró a Valeria.

—¿Quién fue el primero en usar ese nombre?

Valeria no respondió.

Esteban insistió:

—Valeria.

Ella finalmente levantó la mirada.

—Él.

—¿Quién?

Valeria respiró profundamente.

—El hombre que llamó.

Sentí que el aire desaparecía.

—Entonces…

Miré a todos.

—¿Julián nunca existió?

Valeria negó.

—Sí existió.

—Pero dijiste que el nombre lo creó mi padre.

—El nombre existía.

—Entonces ¿qué significa eso?

Valeria me miró.

—Que alguien tomó el nombre de un hombre real y lo utilizó para esconder otra identidad.

Me senté sobre una piedra.

Sentía que mi cabeza no podía procesar más información.

—¿Cuántas personas pueden llamarse Julián?

Nadie respondió.

—¿Cuántas?

Esteban contestó:

—Tres.

Lo miré.

—¿Tres?

—Tres hombres utilizaron ese nombre dentro del sistema.

—¿Y el que me crió?

—Fue uno de ellos.

—¿Cuál?

—El segundo.

—¿Y el primero?

Esteban guardó silencio.

—¿Quién fue?

—Tu padre.

Mi corazón volvió a acelerarse.

—Entonces el hombre que me llamó…

—Sí.

—¿Es el primer Julián?

—Sí.

Sentí un escalofrío.

—¿Y qué pasó con él?

Esteban respondió:

—Desapareció antes de que nacieras.

—¿Murió?

—No.

—¿Entonces?

—Se convirtió en Nadie.

Aquella palabra volvió a aparecer.

Nadie.

El nombre sin nombre.

La identidad sin cuerpo.

El hombre que podía convertirse en cualquiera.

—¿Qué significa realmente “Nadie”?

Esteban miró el humo de la casa destruida.

—Nadie no es una persona.

—¿Entonces?

—Es una identidad.

—Eso ya lo sé.

—No.

Esteban negó.

—No lo entiendes.

Se acercó.

—Nadie es una identidad que puede ser utilizada por diferentes personas sin dejar huella.

—¿Cómo?

—Documentos falsos.

—Eso ya existía.

—No solamente documentos.

—¿Qué más?

—Recuerdos.

Sentí un escalofrío.

—¿Podían hacer que alguien recordara ser otra persona?

—Sí.

—Entonces…

—Nadie podía existir en varias personas al mismo tiempo.

—Eso es imposible.

—No para ellos.

—¿Quiénes?

Esteban me miró.

—Los arquitectos.

—¿Qué arquitectos?

—Los que construyeron el sistema antes de que Valeria lo conociera.

—¿Y mi padre era uno de ellos?

—Era el principal.

Sentí que las lágrimas aparecieron.

—Entonces mi padre fue el creador.

Esteban negó.

—Fue uno de los creadores.

—¿Cuántos?

—Siete.

El número volvió a aparecer.

Siete.

Los cinco niños.

El sexto.

El séptimo.

Como si nuestra historia hubiera estado construida alrededor de aquel número desde el principio.

—¿Quiénes eran los siete?

Esteban respondió:

—No lo sé.

—¿Cómo puedes no saberlo?

—Porque cada uno tenía una identidad distinta.

—¿Y tú?

—Yo fui uno de los siete durante un tiempo.

—¿Tú?

—Sí.

Me levanté.

—Entonces Julián…

—No era Julián.

—¿Cómo se llamaba realmente?

Esteban miró hacia Valeria.

Ella negó con la cabeza.

—No lo hagas.

—Ya no podemos seguir ocultándolo.

Valeria se acercó.

—Si dices ese nombre…

—Lo sé.

—Nos encontrará.

—Ya nos encontró.

Valeria se quedó en silencio.

Tenía razón.

Ya no había dónde esconderse.

Esteban respiró profundamente.

—El verdadero nombre del hombre que te llamó es…

Se detuvo.

Miró hacia el bosque.

—No.

Todos nos giramos.

Había alguien allí.

Una figura.

Un hombre.

Parado entre los árboles.

No se movía.

No hablaba.

Solo observaba.

Esteban levantó el arma.

—¡Sal!

La figura dio un paso.

Luego otro.

Y entonces pude verlo.

Mi corazón se detuvo.

Era Julián.

Pero no el Julián que conocía.

Era otro.

Más joven.

Más fuerte.

Sin las arrugas.

Sin la debilidad.

Era como verlo en una fotografía de hacía cuarenta años.




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