«Fue alguien que tú conoces.»
Las palabras de Clara seguían repitiéndose dentro de mi cabeza.
Una y otra vez.
Como una canción que no podía detener.
Alguien que tú conoces.
Miré a Mateo.
Él seguía contemplando la pantalla apagada del teléfono.
No hablaba.
Yo tampoco.
La casa de Clara parecía haberse quedado sin aire.
Hasta unos minutos antes, creía que buscábamos a una persona desconocida.
Ahora sabía que el responsable podía formar parte de mi propia vida.
Y esa posibilidad era mucho más aterradora que cualquier amenaza anónima.
—¿A quién se refería? —preguntó Mateo finalmente.
Negué con la cabeza.
—No lo sé.
—Dijo que era alguien que conoces.
—Lo sé.
—¿Tu madre?
La pregunta me golpeó.
—No.
—¿Julián?
Miré la fotografía.
—No quiero creerlo.
—Pero podría ser.
—Sí.
Mateo permaneció en silencio.
—También podría ser otra persona —dije.
—¿Quién?
Pensé.
Familiares.
Amigos.
Personas que habían estado cerca de mi madre.
Personas que conocían mi historia.
Pero no encontraba ningún nombre.
Hasta que recordé algo.
Una frase de la carta de Alejandro.
«La persona que tomó esa decisión fue alguien a quien ambos amábamos y en quien confiábamos.»
Alguien a quien mi madre y Alejandro amaban.
Alguien en quien confiaban.
¿Quién podía ser?
Miré nuevamente la fotografía.
—Tenemos que irnos.
Mateo asintió.
—¿A dónde?
—A tu casa.
—¿Estás segura?
—No.
Sonreí con tristeza.
—Pero ya aprendí algo.
—¿Qué?
—Esperar a sentirme segura significa no hacer nunca nada.
Mateo me miró durante unos segundos.
—Entonces vamos.
El viaje hasta la casa familiar de Mateo transcurrió en silencio.
Esta vez él conducía.
Yo permanecía en el asiento del acompañante con el álbum de fotografías sobre las piernas.
No podía dejar de observar una imagen.
Yo.
Lucía.
Mi madre.
Y, detrás de nosotros, el padre de Mateo.
La fotografía había sido tomada en 1985.
Yo tenía cinco años.
Lucía también.
Dos niñas.
Dos hermanas.
Dos vidas que habían comenzado juntas y que alguien había separado.
Me preguntaba cuántos recuerdos había perdido.
Cuántas tardes habíamos jugado.
Cuántas veces habíamos reído.
Cuántas promesas infantiles habíamos hecho.
Y, sobre todo, quién había decidido que yo debía olvidar.
—¿En qué piensas? —preguntó Mateo.
—En ella.
—¿Lucía?
Asentí.
—No puedo dejar de preguntarme qué clase de mujer sería hoy.
Mateo sonrió.
—Quizá algún día puedas preguntárselo.
Lo miré.
—¿Crees que está viva?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque alguien se tomó muchas molestias para ocultarla.
—Eso no significa que esté viva.
—No.
Mateo hizo una pausa.
—Pero significa que alguien necesitaba que no supiéramos dónde estaba.
Miré por la ventana.
—Quiero encontrarla.
—La encontraremos.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque ahora sabemos que existe.
—Eso no basta.
—Para mí sí.
Lo miré.
—¿Por qué?
Mateo mantuvo la vista en la carretera.
—Porque cuando todo parece perdido, tener una dirección hacia donde caminar ya es un comienzo.
Aquellas palabras me hicieron sonreír.
—A veces dices cosas bonitas.
—A veces.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Volví a mirar por la ventana.
Sentí calor en las mejillas.
Era extraño.
En medio de una historia llena de mentiras, amenazas y secretos, Mateo conseguía hacerme sentir algo que creía perdido.
Paz.
No siempre.
No completamente.
Pero algunos segundos.
Y quizás eso era suficiente.
La casa apareció al final de un camino rodeado de árboles.
Era enorme.
Mucho más de lo que había imaginado.
Una construcción antigua de piedra gris, con grandes ventanas y un jardín perfectamente cuidado.
—¿Tu familia vive aquí desde siempre?
—Desde hace casi cien años.
—¿Y tu padre está aquí?
—No.
—¿Dónde está?
—En una clínica.
Lo miré.
—¿Está internado?
—Sí.
—Entonces la casa está vacía.
Mateo negó.
—No completamente.
—¿Quién está?
—Personal de seguridad.
—¿Seguridad?
—Mi padre siempre tuvo gente vigilando la propiedad.
—Eso no me tranquiliza.
—A mí tampoco.
Estacionamos.
Antes de bajar, Mateo tomó mi mano.
—Si algo sucede, corres.
—No.
—Elena.
—No pienso dejarte solo.
—No estoy pidiendo que me dejes solo.
—Entonces no me pidas que huya.
Mateo me miró.
Finalmente sonrió.
—Eres imposible.
—Eso me han dicho.
—Me gusta.
—No deberías.
—También me han dicho eso.
Bajamos.
La puerta principal se abrió antes de que llegáramos.
Un hombre de traje nos esperaba.
—Señor Mateo.
—¿Quién es?
—Ramiro. Trabajo para su padre.
Sus ojos se posaron sobre mí.
—¿Ella es Elena?
Sentí un escalofrío.
—Sí.
Ramiro hizo una pausa.
—Su padre esperaba conocerla algún día.
—¿Por qué?
—No lo sé.
Mateo lo interrumpió.
—Necesitamos entrar.
Ramiro dudó.
Después se apartó.
—Por supuesto.
Entramos.
El interior de la casa era impresionante.
Pero había algo frío en ella.
No parecía un hogar.
Parecía un museo.
Grandes cuadros.
Muebles antiguos.
Retratos familiares.
Generaciones enteras observándonos desde las paredes.
Me detuve frente a uno.
Había varios hombres.
El más joven era el padre de Mateo.