I. La voz detrás de la pared
—Y soy la hija de la madre que tú mataste.
Durante unos segundos, el mundo dejó de existir.
No escuché el viento que golpeaba las ventanas. No escuché los pasos de Mateo acercándose a mí. No escuché a Clara pronunciar mi nombre ni el ruido lejano de un automóvil que pasaba frente a la casa.
Solo escuché aquella frase.
Una y otra vez.
La madre que tú mataste.
Miré la pared como si pudiera atravesarla con los ojos. La pequeña placa metálica continuaba cerrada. El hueco por el que había aparecido aquella mano había desaparecido bajo una superficie lisa, como si nunca hubiera existido.
Pero yo había sentido sus dedos.
Había sentido su piel fría.
Había escuchado su respiración.
Y, sobre todo, había escuchado aquel nombre.
Elena.
No la Elena de las fotografías.
No la Elena que aparecía en los registros antiguos.
No la Elena Salvatierra cuya tumba llevaba cuarenta años recibiendo flores de personas que quizá nunca habían conocido a la verdadera mujer enterrada allí.
Aquella Elena estaba detrás de mi pared.
Y acababa de acusarme de matar a nuestra madre.
—Amalia…
Mateo intentó tocarme el hombro.
Me aparté instintivamente.
No porque tuviera miedo de él, sino porque cualquier contacto humano me parecía insoportable. Sentía que mi cuerpo se había convertido en una casa llena de habitaciones abiertas, y detrás de cada puerta había una verdad que amenazaba con destruir lo poco que todavía podía reconocer como mío.
—No me toques —susurré.
Mateo retiró la mano inmediatamente.
Su rostro se llenó de dolor, pero no discutió.
—Está bien.
Esa respuesta me hizo llorar.
Porque no intentó obligarme a aceptar su consuelo.
Porque no me pidió que fuera fuerte.
Porque no me recordó que habíamos sobrevivido a cosas peores.
Simplemente respetó mi necesidad de apartarme, y en medio de aquel caos descubrí que todavía existían personas capaces de quererme sin intentar decidir por mí.
Me apoyé contra la pared opuesta.
—¿Qué quiso decir? —pregunté.
Nadie respondió.
Miré a Clara.
—Tú conocías esta habitación. Sabías que había algo detrás de la pared. ¿Sabías que había una mujer allí?
Clara estaba pálida.
—No.
—¿Conocías a Elena?
—Conocía ese nombre.
—¡No te pregunté eso! Te pregunté si conocías a la mujer que acaba de hablar conmigo.
Clara bajó la mirada.
—No sabía que seguía viva.
Sentí una punzada de rabia.
—¿Otra vez? ¿Otra persona que conoce una parte de mi historia y decide ocultármela?
—Amalia, por favor…
—No. Esta vez no. No voy a escuchar otra explicación que empiece con «lo hice para protegerte». Estoy cansada de que todos decidan qué verdades puedo soportar.
Clara se cubrió el rostro.
—Tienes razón.
—Entonces habla.
Respiró profundamente.
—Hace muchos años encontré una habitación sellada detrás de este muro. Había documentos, dibujos infantiles y una grabadora. También encontré una nota escrita por Gabriela. Decía que, si alguna vez escuchábamos tres golpes, una pausa y otros tres golpes, debíamos abandonar la casa y no responder.
Miré la pared.
—Pero yo respondí.
—Sí.
—Y alguien me contestó.
Clara asintió.
—Eso significa que la persona que está detrás del muro conoce el código original.
—¿Qué código?
—El código que utilizaban las niñas para reconocerse sin pronunciar sus nombres.
Me quedé inmóvil.
Tres golpes.
Una pausa.
Tres golpes.
La señal que me había perseguido desde que comenzó aquella pesadilla.
—¿Por qué nunca me lo contaste?
Clara comenzó a llorar.
—Porque creía que las niñas habían muerto.
—¿Todas?
—Todas las que aparecían en los registros.
Miré la pared otra vez.
—Entonces, ¿quién es ella?
Clara tardó en responder.
—No lo sé.
—¿Y por qué me acusa de haber matado a nuestra madre?
Clara levantó la cabeza.
—Porque quizá eso fue lo que le dijeron.
La frase me atravesó.
Quizá aquella mujer no estaba acusándome por algo que yo hubiera hecho.
Quizá estaba repitiendo una historia que alguien había construido para que me odiara.
Pero ¿quién podía haberle dicho que yo había matado a nuestra madre?
¿Y quién era nuestra madre?
La mujer que me había dado a luz.
La mujer que había muerto antes de mi nacimiento.
La mujer que había cambiado su nombre para protegerme.
O la mujer cuyo cuerpo jamás había sido identificado.
Me llevé ambas manos al rostro.
—Quiero verla.
Mateo dio un paso hacia mí.
—La encontraremos.
Negué con la cabeza.
—No. Quiero verla ahora.
Me acerqué a la pared.
Apoyé las dos manos sobre la superficie fría.
—Elena, escúchame. No sé quién eres. No sé por qué crees que maté a nuestra madre. No sé si ese nombre es tuyo o si alguien te lo dio para esconderte. Pero necesito que me escuches.
Esperé.
Nada.
—No voy a fingir que recuerdo algo que no recuerdo. No voy a decirte que te conozco si no puedo reconocerte. Pero si de verdad eres mi hermana, si de verdad compartimos una madre, te prometo que no voy a abandonarte.
El silencio se prolongó.
Después llegaron los golpes.
Tres.
Una pausa.
Tres.
Y la voz de Elena respondió:
—Eso mismo le prometiste a ella antes de cerrar la puerta.
Sentí que las piernas me fallaban.
Mateo me sostuvo por la cintura antes de que cayera.
Y, por primera vez, comprendí que la acusación podía no ser una mentira.
Quizá existía un recuerdo que yo había perdido.
Quizá había estado presente en el momento de la muerte de nuestra madre.
Quizá, en algún lugar de mi memoria, había una niña que había cerrado una puerta y había condenado a otra mujer.