Durante varios segundos no pude respirar.
Miré el papel.
Después miré a Gabriel.
Volví a mirar el papel.
La frase seguía allí.
No había cambiado.
No era una ilusión.
No era una de esas imágenes fragmentadas que aparecían en mi mente cuando intentaba recuperar un recuerdo.
Era tinta.
Tinta real.
Sobre un papel real.
Y la letra…
era mía.
La reconocía.
Aunque pareciera imposible.
La forma de hacer la “A”.
La pequeña inclinación hacia la derecha.
La manera en que las letras parecían unirse unas con otras.
Era la letra de una niña.
Mi letra.
Y decía:
“Si alguna vez descubres que eres Ariadna, no confíes en Gabriel.”
Levanté lentamente la mirada.
Gabriel me observaba.
No parecía sorprendido.
Eso fue lo que más miedo me dio.
—Tú sabías que esto existía.
No respondió.
—¿Verdad?
Silencio.
—Gabriel.
Mateo se interpuso entre nosotros.
—Contéstale.
Gabriel respiró profundamente.
—Sí.
Sentí un vacío en el pecho.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace mucho tiempo.
—¿Cuánto?
—Cuarenta años.
Me quedé helada.
—Entonces sabías que yo era Ariadna.
—Sí.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—No.
—¿Por qué?
Gabriel bajó la mirada.
—Porque aquella niña me pidió que no lo hiciera.
Me quedé inmóvil.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Yo te pedí que ocultaras mi nombre?
Gabriel asintió.
—Tú misma.
Solté una risa nerviosa.
—Eso es imposible.
—No.
—Yo tenía seis años.
—Precisamente.
—¿Cómo podía una niña de seis años entender todo esto?
Gabriel me miró.
—Porque no eras una niña común.
Sentí rabia.
—No vuelvas a decir eso.
—Amalia…
—¡No!
Levanté el papel.
—¡No quiero que nadie vuelva a convertir mi infancia en una explicación para todo lo que me hicieron!
Gabriel guardó silencio.
—No quiero ser un experimento.
—Nunca fuiste un experimento para mí.
—Pero sí lo fui para ustedes.
Gabriel cerró los ojos.
—Sí.
La sinceridad de aquella respuesta me dolió más que una mentira.
Mateo se acercó.
—Entonces dinos todo.
Gabriel negó.
—No puedo.
—¡Otra vez!
Mateo golpeó la palma de su mano contra la lápida.
—¡Siempre es lo mismo!
—Mateo…
—No.
Se volvió hacia su padre.
—Durante toda mi vida escuché que estabas muerto.
Gabriel bajó la mirada.
—Lo sé.
—Después descubrí que estabas vivo.
—Sí.
—Descubrí que eras mi padre.
—Sí.
—Y ahora resulta que conocías a Amalia desde que era niña.
—Sí.
—Y sabías que ella tenía otro nombre.
—Sí.
Mateo dio un paso más.
—¿Qué más sabes?
Gabriel no respondió.
—¿Qué más nos estás ocultando?
Entonces Lucía habló.
—Que él no fue el único.
Todos la miramos.
—¿Qué quieres decir?
Lucía señaló el papel.
—Amalia escribió esa frase porque sabía que Gabriel podía convertirse en su enemigo.
Gabriel la miró.
—No digas eso.
—¿Por qué no?
—Porque no es verdad.
Lucía negó.
—Ella lo escribió.
—Sí.
—Entonces tenía una razón.
Gabriel se quedó en silencio.
Sentí que algo comenzaba a encajar.
—Lucía.
Ella me miró.
—¿Qué?
—¿Tú sabes por qué escribí esto?
Lucía bajó la mirada.
—Sí.
—Dímelo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque no recuerdo todo.
—Pero recuerdas algo.
—Sí.
—¿Qué?
Lucía respiró profundamente.
—Recuerdo que esa noche tú llorabas.
—¿Por qué?
—Porque Gabriel te había pedido que eligieras.
—¿Elegir qué?
Lucía me miró directamente.
—Entre tu memoria y tu vida.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
Lucía se sentó.
—No lo sé completamente.
—Inténtalo.
—Había una habitación.
—¿La misma?
—Sí.
—¿La de las camas?
—Sí.
—¿Quién estaba allí?
—Nosotros.
—¿Todos?
—Tú, yo, Aura, Mateo…
Hizo una pausa.
—Y otra persona.
—¿Quién?
Lucía cerró los ojos.
—No recuerdo su rostro.
—¿Pero recuerdas que estaba allí?
—Sí.
—¿Era un niño?
—No.
—¿Una mujer?
—Sí.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
—¿Valeria?
Lucía negó.
—No.
—¿Marina?
—No.
—¿Elvira?
—No.
Lucía abrió los ojos.
—Era alguien que tú amabas.
Me quedé inmóvil.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Quién?
Lucía negó con la cabeza.
—No puedo recordarlo.
—¿Por qué?
—Porque me hicieron olvidar su rostro.
Gabriel intervino.
—Basta.
Lucía se volvió hacia él.
—No.
—Ya es suficiente.
—No, Gabriel.
Su voz tembló.
—Ya no puedes decidir cuánto deben saber.
Gabriel guardó silencio.
Lucía continuó:
—Ella tiene derecho a recuperar su historia.
—Y si recuperar esa historia la mata?
Todos quedamos en silencio.
Lo miré.
—¿Qué quieres decir?
Gabriel se pasó una mano por el rostro.
—Que esa noche no terminó como ustedes creen.
—¿Qué ocurrió?
—Hubo un incendio.
—¿Dónde?
—En el lugar donde estaba el archivo.
—¿Murió alguien?
Gabriel tardó en responder.
—Sí.
—¿Quién?
—No lo sabemos.
—¿Cómo que no lo saben?
—Porque encontramos cuerpos.
Sentí náuseas.
—¿Cuántos?
—Cinco.
Miré a Lucía.
Ella lloraba.
—¿Cinco cuerpos?
Gabriel asintió.
—Cinco cuerpos que no pudieron identificar.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—¿Y uno de ellos…?
—No sabemos quién era.
—¿Y ustedes creyeron que podía ser yo?