Durante varios segundos no pude apartar los ojos de aquella fotografía.
Mateo estaba a mi lado.
Yo también aparecía en ella.
Y detrás de nosotros…
un hombre.
Un hombre que parecía estar observándonos.
No sonreía.
No parecía feliz.
No parecía amenazante.
Simplemente estaba allí.
Como si hubiera esperado toda una vida para ser descubierto.
Volví a leer la frase escrita detrás.
“Cuando recuerdes quién soy, descubrirás por qué te dejé creer que Julián era tu padre.”
Sentí un frío recorrerme la espalda.
—¿Quién es? —preguntó Mateo.
No respondí.
—Amalia.
—No lo sé.
—¿Lo has visto antes?
—Sí.
Mateo frunció el ceño.
—¿Dónde?
Miré nuevamente la fotografía.
—En mis recuerdos.
Valeria se acercó.
—Déjame verla.
Le entregué la fotografía.
La observó durante unos segundos.
Y entonces ocurrió algo que jamás había visto en ella.
Miedo.
Verdadero miedo.
—No.
—¿Quién es?
Valeria no respondió.
—¡Valeria!
Ella levantó la mirada.
—No puede ser.
Gabriel se acercó.
—¿Qué pasa?
Valeria le mostró la fotografía.
Gabriel quedó inmóvil.
Su rostro perdió color.
—¿Dónde encontraste esto?
—Estaba dentro del sobre.
—¿Quién te lo dio?
—No lo sé.
Gabriel miró hacia la puerta.
—Tenemos que irnos.
—¿Por qué?
—Porque él sabe que despertaste.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
Gabriel me miró.
—El hombre de la fotografía.
Mateo tomó la imagen.
—Dime quién es.
Gabriel negó.
—No aquí.
—¡Dímelo!
—No puedo.
Mateo golpeó la mesa.
—¡Estoy cansado de escuchar eso!
Gabriel lo miró.
—Si pronuncio su nombre, sabrá que estamos aquí.
—¿Cómo puede saberlo?
—Porque nos está escuchando.
Todos quedamos en silencio.
Miré alrededor.
La casa.
Las paredes.
Las ventanas.
El techo.
—¿Nos escucha?
Gabriel asintió.
—Desde hace mucho tiempo.
—¿Tiene micrófonos?
—No exactamente.
—Entonces ¿cómo?
Gabriel señaló mi cabeza.
—A través de ella.
Sentí que el estómago se me revolvía.
—¿Mi memoria?
—Sí.
—¿Puede entrar en mis recuerdos?
—Puede saber cuándo recuperas alguno.
—¿Cómo?
—Porque tu memoria fue diseñada como una señal.
Me quedé inmóvil.
—¿Diseñada?
—Sí.
Valeria intervino:
—No exactamente diseñada.
Gabriel la miró.
—¿Entonces?
—Programada.
—¿Para qué?
Valeria me miró.
—Para avisar cuando Amalia comenzara a recordar.
Sentí un escalofrío.
—Entonces…
—Sí —dijo Valeria—.
Él sabe que recuerdas.
Un ruido llegó desde el exterior.
Un automóvil.
Después otro.
Gabriel se acercó a la ventana.
—Nos encontraron.
Mateo se puso de pie.
—¿Quiénes?
—No lo sé.
Salvador apareció detrás de nosotros.
—Yo sí.
Todos nos giramos.
—¿Quién?
Salvador respondió:
—Los hombres de Julián.
Mi corazón se detuvo.
—¿Julián tiene hombres?
Salvador asintió.
—Siempre los tuvo.
—Pero él…
—No era simplemente el hombre que te crió.
—¿Qué era?
Salvador me miró.
—Era el custodio.
—¿Custodio de qué?
—De ti.
Sentí una mezcla de rabia y confusión.
—¿Me vigilaba?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que eras niña.
—¿Por qué?
—Porque Valeria se lo pidió.
Miré a Valeria.
—¿Es verdad?
Ella bajó la mirada.
—Sí.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
—¿Por qué?
—Porque tenía miedo de que te encontraran.
—¿Y Julián?
—Aceptó protegerte.
—¿Entonces por qué cambió mi identidad?
Valeria respiró profundamente.
—Porque la primera identidad que te dieron no era suficiente.
—¿Cuál era?
—Ariadna.
—¿Y después?
—Amalia.
—¿Y después Elena?
Valeria asintió.
—Sí.
—¿Cuántas veces cambiaron mi nombre?
—Tres.
—¿Por qué?
—Cada identidad correspondía a una etapa de tu protección.
—¿Y Julián?
—Fue tu padre durante la última.
Sentí lágrimas en los ojos.
—Pero yo lo amaba.
Valeria me miró.
—Él también te amaba.
—¿Entonces por qué me mintió?
—Porque creía que decirte la verdad te mataría.
—¿Y ahora?
Valeria miró hacia la puerta.
—Ahora la verdad puede salvarte.
Otro automóvil se detuvo afuera.
Esta vez escuchamos puertas abrirse.
Pasos.
Muchos.
Mateo tomó mi mano.
—No voy a separarme de ti.
—No quiero que lo hagas.
Gabriel se acercó a una pared.
Tocó una pequeña placa.
Una sección se abrió.
—Hay una salida.
Salvador sonrió.
—Siempre tienes una salida.
Gabriel lo miró.
—Aprendí de ti.
—No.
Salvador negó.
—Aprendiste de tu miedo.
Gabriel no respondió.
Nos dirigimos hacia el pasadizo.
Pero antes de entrar, escuchamos un golpe en la puerta principal.
¡PUM!
Después otro.
¡PUM!
Y una voz.
—¡Amalia!
Me quedé inmóvil.
Reconocí la voz.
Era imposible.
No.
No podía ser.
—¿Quién es? —preguntó Mateo.
Sentí que las lágrimas comenzaban a caer.
—Julián.
La puerta se abrió.
Y allí estaba.
Julián.
Mi padre.
El hombre que había creído muerto.
El hombre que había desaparecido.
El hombre que había cambiado mi nombre.
El hombre que había mentido durante toda mi vida.
Pero estaba diferente.
Más viejo.
Más cansado.
Y tenía una expresión que jamás había visto en él.
Miedo.
—Amalia.