A Los 46 DescubrÍ El Secreto Que CambiÓ Mi Vida

CAPÍTULO 27 EL SECRETO QUE MI MEMORIA SE NEGABA A REVELAR

Las mismas manos con las que había acariciado a Julián cuando era niña.

Las mismas manos con las que había sostenido las de Mateo durante nuestra primera noche juntos.

Las mismas manos que habían abierto cartas, fotografías, documentos y cajas buscando una verdad que, quizá, yo misma había decidido esconder.

Miré mis dedos.

Me parecieron desconocidos.

—¿En qué estás pensando? —preguntó Mateo.

—En que quizá toda mi vida he estado buscando a una mujer que fui yo misma.

Mateo no respondió inmediatamente.

—No quiero creerlo.

—Yo tampoco.

—Entonces no lo creamos todavía.

Lo miré.

—¿Cómo puedes decir eso después de todo lo que hemos descubierto?

—Porque hay una diferencia entre una revelación y una prueba.

Respiré profundamente.

—Isabel dice que soy la creadora de todo.

—Isabel también ha cambiado de identidad varias veces.

—Aura dice una cosa. Julián otra. Gabriela otra. Ricardo otra.

—Exactamente.

Mateo se sentó a mi lado.

—Y si algo he aprendido durante todo este tiempo es que cuando todos cuentan versiones diferentes de una misma historia, todavía falta la persona que estuvo presente en el momento exacto.

—¿Quién?

Me miró.

—Tú.

Sentí un escalofrío.

—Mi memoria.

—Tu memoria.

Bajé la mirada.

—¿Y si lo que recuerdo es falso?

—Entonces tendremos que descubrir quién te enseñó esos recuerdos.

—¿Y si no puedo?

Mateo tomó mi mano.

—Entonces te ayudaré.

—¿Por qué?

Me miró como si la respuesta fuera demasiado sencilla.

—Porque te amo.

Cerré los ojos.

Aquellas cuatro palabras habían conseguido atravesar más mentiras que todos los documentos encontrados durante meses.

Apoyé mi cabeza sobre su hombro.

—Tengo miedo.

—Lo sé.

—Tengo miedo de descubrir algo que no pueda perdonarme.

—Entonces no lo enfrentarás sola.

—¿Y si descubro que fui responsable de todo esto?

Mateo me abrazó.

—Entonces descubriremos por qué.

—¿Y si fui responsable de separar a personas?

—Descubriremos por qué.

—¿Y si hice daño?

—Lo enfrentaremos.

—¿Y si ya no puedes amarme después?

Mateo levantó mi rostro.

—Eso no lo decides tú por mí.

Y me besó.

Fue un beso breve.

Suave.

Pero en aquel momento significó más que cualquier promesa.

Porque por primera vez comprendí que amar a alguien no significaba conocer absolutamente todo de esa persona.

Quizá significaba quedarse mientras aparecían las partes desconocidas.

—Tenemos que volver adentro —dije.

Mateo asintió.

Entramos.

Julián seguía recostado.

Aura estaba junto a la ventana.

Isabel permanecía de pie, observando una vieja fotografía.

Cuando nos vio, dejó la fotografía sobre la mesa.

—Tenemos poco tiempo.

—Siempre dicen eso —respondí.

—Esta vez es verdad.

—¿Por qué?

Isabel miró a Julián.

—Porque ya saben que estamos aquí.

Mateo frunció el ceño.

—¿Quiénes?

—Los hombres que dispararon.

—¿Los hombres de Salvador?

Isabel negó.

—No.

—Entonces ¿de quién?

La mujer tardó unos segundos.

—De la persona que ocupa actualmente el lugar que alguna vez perteneció a Salvador.

Sentí un escalofrío.

—¿Actualmente?

—Sí.

—¿Salvador sigue vivo?

—No lo sé.

—¿Y tú dices que alguien ocupa su lugar?

—Sí.

—¿Quién?

Isabel me miró.

—Eso es lo que tu memoria debe decirnos.

Julián pidió que cerraran las cortinas.

Mateo obedeció.

La habitación quedó iluminada únicamente por una lámpara.

—Hay algo que nunca les conté —dijo Julián.

Aura se cruzó de brazos.

—Ya era hora.

Julián la miró.

—Cuando todo comenzó, Salvador no era el líder.

—¿Entonces quién?

—Una mujer.

Isabel permaneció inmóvil.

La miré.

—¿Quién?

Julián no respondió.

Isabel sí.

—Se llamaba Valeria.

El nombre cayó sobre nosotros como una piedra.

—¿Valeria quién?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Porque jamás utilizaba su apellido.

Mateo preguntó:

—¿Qué hacía?

—Controlaba los archivos.

—¿Los archivos de identidades?

—Sí.

—Entonces ella era la creadora.

Isabel negó.

—No.

—¿Por qué?

—Porque Valeria tampoco era su verdadero nombre.

Sentí una mezcla de frustración y cansancio.

—¿Hay alguien en esta historia que tenga un solo nombre?

Aura soltó una pequeña sonrisa.

—Probablemente no.

Yo no pude evitar reír.

Fue una risa nerviosa.

Pero después me puse seria.

—¿Qué relación tenía conmigo?

Isabel me miró.

—Era tu madre.

El mundo volvió a detenerse.

—No.

—Sí.

—Mi madre era Gabriela.

—No.

—Después era Clara.

—No.

—Después Isabel.

—Tampoco.

—Entonces dime de una vez quién fue mi madre.

Isabel se acercó.

—Valeria.

Sentí que las piernas me temblaban.

—¿Y dónde está?

Isabel no respondió.

—¿Dónde está mi madre?

Julián cerró los ojos.

Aura bajó la mirada.

Finalmente, Isabel dijo:

—Murió.

Sentí un vacío.

—¿Cuándo?

—Hace mucho tiempo.

—¿Cómo?

—No lo sabemos.

—¿Quién la mató?

Silencio.

—¡¿Quién?!

Julián respondió:

—Salvador.

Isabel negó inmediatamente.

—No.

Julián la miró.

—Sí.

—No fue Salvador.

—¿Entonces quién?

Isabel permaneció callada.

—¡Dilo!

Ella respiró profundamente.

—No sabemos si murió.

El silencio fue absoluto.

—¿Qué?

—Nunca encontraron el cuerpo.

Aquella frase se quedó conmigo durante horas.

Nunca encontraron el cuerpo.




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