A Los 46 DescubrÍ El Secreto Que CambiÓ Mi Vida

CAPÍTULO 30 LA MUJER QUE HABÍA ELEGIDO NUESTRO DESTINO

La nota seguía entre mis dedos.

La releí una vez.

Después otra.

Y otra.

Como si al repetir aquellas palabras pudiera conseguir que significaran algo diferente.

NO BUSQUES SI SON HERMANOS.

DESCUBRE PRIMERO QUIÉN DECIDIÓ QUE SE ENAMORARAN.

Y debajo…

MARINA.

El nombre de la mujer que había sido madre de Mateo.

La mujer que todos daban por muerta.

La mujer cuya historia había aparecido en nuestras vidas de manera fragmentada, como casi todo lo demás.

La mujer que, según los documentos que habíamos encontrado, había muerto intentando sacar a Mateo de las manos de Esteban.

La mujer que ahora parecía estar en el centro de nuestro encuentro.

Miré a Mateo.

Él no decía nada.

Tenía los ojos clavados en la nota.

—No puede ser —murmuró.

—¿Qué?

—Mi madre.

—¿Qué pasa con ella?

—Ella jamás habría hecho algo así.

—¿Algo como qué?

Mateo levantó la mirada.

—Elegir con quién debía enamorarme.

Sentí un nudo en el pecho.

—Quizá no lo hizo de esa manera.

—Entonces ¿por qué aparece su nombre?

No tuve respuesta.

Aura tomó la nota.

La observó detenidamente.

—La letra no es de Elvira.

—¿Cómo lo sabes? —pregunté.

—Porque vi documentos escritos por ella.

Mateo la miró.

—¿Entonces de quién es?

Aura negó.

—No lo sé.

Salvador permanecía junto a la ventana.

Parecía más preocupado que sorprendido.

—¿Tú sabes algo? —pregunté.

No respondió.

—Salvador.

Finalmente se volvió.

—Sí.

—¿Qué?

—Marina no murió.

Sentí que el corazón se detenía.

Mateo cerró los ojos.

—No.

—Sí.

—Yo estuve en su funeral.

—Lo sé.

—Vi el ataúd.

—No era ella.

Mateo dio un paso hacia él.

—¿Quién estaba dentro?

Salvador bajó la mirada.

—No lo sé.

—¡¿Cómo que no lo sabes?!

—Porque cuando llegué, ya habían cambiado el cuerpo.

Mateo permaneció inmóvil.

—¿Quién lo cambió?

—Esteban.

—¿Por qué?

Salvador respiró profundamente.

—Porque Marina había desaparecido.

Sentí que todo volvía a empezar.

Otra muerte falsa.

Otro cuerpo equivocado.

Otro nombre cambiado.

Otra persona escondida.

—¿Dónde está Marina? —pregunté.

Salvador me miró.

—Eso es precisamente lo que debemos descubrir.

Mateo se pasó las manos por el rostro.

—¿Cómo?

—Hay una persona que puede saberlo.

—¿Quién?

Salvador señaló la nota.

—Quien escribió esto.

—Pero no sabemos quién la escribió.

—Yo sí.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién?

Salvador respondió:

—Marina.

Mateo se quedó completamente inmóvil.

—¿Mi madre está viva?

—Sí.

—¿Y escribió esto?

—Probablemente.

—¿Dónde está?

Salvador guardó silencio.

—Dímelo.

—No puedo.

—¡Dímelo!

—Porque si te digo dónde está, pondré su vida en peligro.

Mateo se acercó.

—Después de cuarenta años de mentiras, ¿todavía quieres proteger secretos?

Salvador lo miró.

—No estoy protegiendo un secreto.

—¿Entonces qué?

—Estoy protegiendo a tu madre.

Aquella frase cambió el tono de la habitación.

Mateo se quedó en silencio.

Yo me acerqué a él.

—Tenemos que encontrarla.

Él me miró.

—Sí.

—Pero antes tenemos que saber por qué dejó esa nota.

—Y qué significa.

—Exactamente.

Aura señaló la mesa.

—El sobre.

Todos miramos.

La hoja del ADN había desaparecido.

Pero el sobre seguía allí.

Aura lo levantó.

—Hay algo dentro.

—¿Qué?

Lo abrió.

Sacó un pequeño papel.

Solo contenía números.

17 — 03 — 46 — 02 — 11

Mateo frunció el ceño.

—¿Una fecha?

—No.

Aura negó.

—Parece una combinación.

—¿Para qué?

Salvador se acercó.

Miró los números.

Su rostro cambió.

—No.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Es un código.

—¿Qué código?

—El código de Marina.

Mateo dio un paso.

—¿Qué significa?

Salvador respiró profundamente.

—Es una ruta.

—¿A dónde?

—A cinco lugares.

—¿Y el último?

Salvador me miró.

—El último es donde ella se escondió.

Pasamos la siguiente hora descifrando los números.

El primero correspondía a una dirección antigua.

El segundo, a una estación.

El tercero, a una fecha.

El cuarto, a una habitación.

El quinto…

No aparecía.

—Falta uno —dijo Mateo.

—No —respondió Salvador.

—¿Entonces?

—No es un número.

—¿Qué es?

Salvador señaló el espacio vacío.

—Es una persona.

—¿Quién?

—Tú.

Mateo quedó inmóvil.

—¿Yo?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque Marina siempre decía que la última puerta solo podía abrirla su hijo.

Mateo respiró profundamente.

—¿Qué puerta?

Salvador no respondió.

Aura tomó el papel.

—Tal vez no sea una puerta física.

La miré.

—¿Qué quieres decir?

—Quizá sea un recuerdo.

Sentí un escalofrío.

—Otra vez la memoria.

—Tu memoria y la de Mateo.

Mateo la miró.

—¿Yo también tengo recuerdos bloqueados?

Aura asintió.

—Todos los niños que estuvieron involucrados en el archivo fueron sometidos a algún tipo de manipulación.

—¿Quién la hizo?

—No lo sabemos.

Salvador intervino:

—Marina.

Mateo lo miró.

—¿Mi madre?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque quería que olvidaras algo.

—¿Qué?

Salvador respondió:

—A Elena.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué?

—Cuando eran niños, ustedes se conocían.

—Eso ya lo sabemos.

—No.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.