La voz descendió desde el piso superior como una sentencia.
—Amalia, no le creas. La mujer que está abrazándote no es tu madre.
Sentí que el corazón se me detenía.
Todavía tenía los brazos alrededor de Elena, la mujer que había salido de detrás de la pared después de permanecer oculta durante quién sabía cuánto tiempo. Su cabello gris me rozaba la mejilla. Sus manos temblaban sobre mi espalda. Olía a humedad, a jabón antiguo y a algo que me resultaba insoportablemente familiar, aunque no habría podido explicar por qué.
Hacía unos segundos había creído encontrar, por fin, a la mujer que me había llevado en su vientre.
Ahora otra voz afirmaba que todo era mentira.
Y lo peor llegó después.
—Porque tu madre soy yo.
No me aparté de Elena de inmediato. Tampoco corrí hacia la escalera.
Me quedé inmóvil, atrapada entre dos voces, dos historias y dos mujeres que acababan de disputarse el derecho a llamarse mi madre.
Mateo fue el primero en reaccionar.
Se colocó delante de mí, sin soltarme la mano.
—¿Quién está ahí arriba?
No hubo respuesta.
—¡Te he hecho una pregunta! —gritó, alzando la mirada hacia el techo—. Si dices que eres su madre, baja y da la cara.
Escuchamos un ruido.
Un paso.
Después otro.
Luego, el sonido de una puerta que se cerraba despacio.
Clara palideció.
—No puede ser…
Me volví hacia ella.
—¿Qué cosa?
Clara miraba las escaleras como si acabara de ver regresar a alguien que llevaba décadas enterrado.
—Esa voz.
—¿La conoces?
No respondió.
La mujer que se hacía llamar Elena me apretó los brazos.
—No subas, Amalia.
La miré.
—¿Por qué?
—Porque ella es peligrosa.
—¿Quién es ella?
—Una mujer que ha pasado toda su vida esperando este momento.
—¿Esperando qué? ¿El momento de conocerme? ¿El de mentirme? ¿El de quitarte el lugar?
Sus labios comenzaron a temblar.
—El momento de terminar lo que empezó hace cuarenta años.
Sentí un frío que me recorrió desde la nuca hasta los talones.
—¿Qué empezó hace cuarenta años?
Elena bajó la mirada.
Y aquella fue su primera respuesta sincera.
No porque me dijera la verdad, sino porque comprendí que tenía miedo de hacerlo.
Mateo me apretó la mano.
—Amalia, tenemos que pensar. Ninguna de estas personas ha demostrado todavía quién es.
—Lo sé.
Pero ¿cómo podía pensar con claridad cuando una parte de mí, esa niña que había pasado cuarenta y seis años preguntándose por qué nadie parecía conocer su verdadera historia, quería correr escaleras arriba y abrazar a aquella voz?
Durante años había imaginado el rostro de mi madre.
La había imaginado joven, envejecida, enferma, feliz, desesperada. La había imaginado buscándome por todos los rincones del mundo. En mis fantasías más secretas, ella conservaba una fotografía mía y lloraba cada cumpleaños que no podía compartir conmigo.
Nunca imaginé que encontrarla significaría tener que elegir entre tres versiones de una misma mentira.
Porque, de pronto, comprendí algo aterrador.
Si una de aquellas mujeres decía la verdad, las otras dos podían haber construido sus vidas alrededor de una falsedad.
Y si ninguna decía la verdad, yo seguía estando sola.
—Voy a subir —anuncié.
Elena me sujetó con más fuerza.
—¡No!
Su grito retumbó en la habitación.
La miré fijamente.
—No vuelvas a sujetarme para impedirme conocer mi propia historia.
Algo cambió en sus ojos. Por un instante, vi dolor. Un dolor tan profundo que casi me hizo retroceder.
Pero ya no podía permitirme confundir el sufrimiento con la inocencia.
Me solté.
—Mateo, ven conmigo.
—No pienso dejarte sola.
Clara se interpuso entre nosotros y la escalera.
—Esperen.
—¿También tú vas a decirme que no suba? —pregunté, perdiendo la paciencia—. ¿Cuántas personas más van a decidir lo que puedo o no puedo saber?
—No. Voy a decirte que hay algo que necesitas conocer antes de abrir esa puerta.
Sacó del bolsillo de su abrigo una llave pequeña, ennegrecida por el tiempo.
La reconocí.
Era idéntica a la que habíamos encontrado en el sanatorio, junto a la pulsera de bebé que llevaba mi nombre.
—¿De dónde sacaste eso? —pregunté.
—Me la entregaron hace muchos años.
—¿Quién?
Clara tragó saliva.
—La mujer que vive arriba.
Elena soltó una carcajada amarga.
—¡Mientes!
Clara ni siquiera la miró.
—Me dijo que nunca debía abrir esa puerta mientras las dos estuvieran juntas.
Sentí que la habitación comenzaba a girar.
—¿Las dos?
Clara levantó los ojos hacia mí.
—Sí, Amalia. Las dos.
—¿Quieres decir que sabías que había otra mujer en esta casa?
—Sabía que había alguien. No sabía si seguía viva.
—¿Y desde cuándo?
Clara cerró los dedos alrededor de la llave.
—Desde antes de que tú llegaras.
El silencio que siguió fue tan espeso que pude escuchar mi propia respiración.
Mateo dio un paso hacia ella.
—¿Nos trajiste aquí sabiendo que esto podía ocurrir?
—Yo no los traje. Ustedes llegaron buscando respuestas.
—¡Y tú nos ocultaste información!
—Porque me amenazaron.
—¿Quién?
Clara me miró.
—Una mujer que me dijo que, si alguna vez revelaba lo que sabía, Amalia moriría antes de cumplir cuarenta y siete años.
Me quedé helada.
Mi cumpleaños número cuarenta y siete estaba a pocos días de distancia.
No sabía si aquella amenaza era real, si formaba parte de otra manipulación o si aquellas personas habían convertido mi edad en una pieza más de su juego.
Pero ya estaba harta de que mi vida estuviera gobernada por fechas escritas en documentos que nunca había visto, por nombres que cambiaban según quién los pronunciara y por personas que hablaban de mi muerte como si se tratara de una cita programada.